03 marzo 2007

Madrid, años 50

“Cruzó los brazos para no matarla. Cerró los ojos para no llorar. Temió ser débil y perdonarla. Y abrió la puerta de par en par (…) Cuando se marchaba no intentó mirarla. Ni lanzó un quejido. Ni le dijo adiós. Entorno la puerta y para no llamarla se clavó las uñas en el corazón”

Ricardo Valverde, de 89 años, murió la semana pasada. Fue en su piso de Madrid, uno de esos en cuyo portal todavía puede verse un escudo con el yugo y las flechas, en pleno Moratalaz. La muerte le sobrevino de noche, cuando estaba viendo las noticias. No hubo nadie que le acariciara la mejilla.

Su mujer, Rosaura Guillén, había fallecido tres años antes. Un tumor cerebral la consumió en apenas nueve meses. Fueron 283 días de agonía. Dulce unas veces, cuando se empeñaba en bailar en mitad del salón como si estuvieran en la romería. Amarga otras, cuando le asustaban las rudas manos de cristalero de Ricardo, las mismas que le ayudaban a levantarse del sofá.

Su cuerpo lo descubrió la vecina. Tres días después. Preocupada por no tener noticias del hombre y ver su buzón lleno de publicidad, preguntó en la panadería y en el café de la esquina. Nadie supo decirle y, entonces, llamó a la puerta. No hubo respuesta. Dentro el teléfono sonaba. Pero nadie lo cogió. Recordó que tenía una llave en algún cajón de la cocina y fue a buscarla.

‘Si se hubiera ido, habría dicho algo’, se decía la mujer. ‘Y si estuviera malo, habría llamado’, repetía nerviosa mientras revolvía la gaveta. ‘Como otras veces’. Como cuando cayó en cama por la gripe el invierno anterior. ‘Ay, virgencita de la Almudena. ¿Y si se cayó?’, suspiraba. Al final la encontró. Asida a un llavero de metal. ‘Recuerdo de Covadonga’.

Cuando abrió la puerta oyó el televisor. “¿Ricardo?”. No hubo respuesta. “Ricardo. Soy yo. Milagros”. Tampoco contestó. La puerta de la sala, frente a la de entrada, estaba entreabierta. Milagros se aproximó y desde el dintel vio al hombre sentado en el butacón verde. “¡¡Ricardo!!”. Corrió hacia él. “¡Ay, Dios mío, que se me ha muerto!”, gritó. Le agarró el rostro: frío, rígido y macilento. Tenía, curiosamente, los ojos cerrados. No así la boca, que parecía exhalar un suspiro.

“¡¡Antonio. Antonio. Que se murió. Antonio. Llama a una ambulancia!!”. El marido de Milagros acudió corriendo. Bueno, intentándolo al menos. Sus piernas ya no estaban para bromas. Al ver la escena, se volvió y agarró el teléfono. El número de emergencias estaba pegado encima del teclado. El 112 respondió de inmediato.

Los sanitarios tardaron quince minutos en llegar. Tampoco había prisa. Durante ese tiempo, Milagros no se separó de Ricardo. Lloró a sus pies. En silencio. Como le había amado todo este tiempo. Desde que se conocieran de recién casada, cuando se fue a vivir con Antonio justo al piso de al lado. Nunca le dijo nada a nadie.

Envidiaba a Rosaura, siempre tan pizpireta y tan bien puesta. Tan lozana y entrada en carnes. Con un marido tan buen mozo y tan correcto. Tenía hasta la ropa interior bonita: combinaciones de encaje, camisones de raso, sostenes con apliques de ganchillo... La veía cuando la colgaba en el patio.

Por algo trabajaba en una corsetería del barrio de Salamanca, se decía. Ella, en cambio, remendaba hasta los sostenes. Y jamás vio muestras de afecto en su Antonio como las del vecino con su mujer… Como el día en que Rosaura volvió del sanatorio, tras perder al hijo que esperaba. Al abrir la puerta, un ramo de rosas rojas le nubló la vista.

Por eso, cuando Ricardo le contó que tenía un cáncer “y de los malos” se le encogió algo en el pecho. Se lo había dicho casi sin voz. No quería que ella lo supiera. No la iban ni a operar y él quería hacerla feliz los últimos meses. Le pidió a Milagros que lo ayudara. Y la buena mujer aceptó. Por él, que se había entregado a su mujer, aunque ésta le hubiera engañado durante años con Germán, el dueño de la corsetería.

El día en que Rosaura murió, Ricardo ya se lo espera desde hacía semanas. Apenas podía hablar y Milagros tenía que inyectarle la morfina. Se le fue de tarde. A eso de las siete. Se quedó dormida entre sus brazos, mientras él le recordaba cómo se conocieron. Ella se rió al escuchar otra vez la historia, cómo él casi se cae por la escalera con un cristal que subía al séptimo por no dejar de mirarle los andares. No lloró. La acomodó en la cama y llamó a Milagros para que le echara una mano con la mortaja.

La mujer acudió al instante, apurada. El hombre, que atusaba un traje de cheviot, le señaló una caja y ella la abrió: había una combinación blanca de seda y encaje, envuelta en papel cebolla, con la etiqueta todavía puesta. “No sé si le valdrá… Era de las que usaba antes”, dijo él. Cuando trabajaba en Salamanca. Milagros la desplegó y se cayó una nota manuscrita. Al ir a recogerla, Ricardo le avisó: “Es de Germán. Habrá que llamarlo por si quiere verla”.

15 comentarios:

Gloria Canet dijo...

Otro día te lo hackeo. ;-)

Sansara dijo...

Muy bueno. Muy muy muy bueno.

Gonzalo dijo...

Me ha gustado. La banda sonora de éste sería...

Almasy dijo...

almodovariano

Para, creo que voy a vomitar dijo...

Impresionante final para una historia que podría perfectamente poblar alguna casa de nuestra ciudad.

Llega dentro. Enhorabuena.

carlos martinez dijo...

Si es buena la historia si. Y ademas se presta a continuar con lo que pudo haber sido y no fué. Esas dudas que se acumulan durante toda la vida por una decisión, que nunca se sabrá si se tomo acertada ó no.

chopitosmum dijo...

He llegado aquí a través del blog Demencia Febril.
Y sólo puedo decir, gracias!!!
Besotes.
Me permito la osadía de volver.

mc clellan dijo...

Gloria, será un honor. Mmmm estoy por publicar otras cosilla. Se llama Bola de sebo.

Sansara, gracias. Mi ego se revuelve con tanto muy. Y eso que andaba medio en coma.

Gonzalo, humm, dame tiempo: espero no tardar tanto como Erice en hacer sus películas.

Almasy, pero ¿del bueno o del malo? Creo que Penélope no podría ser la protagonista. Mejor me ayudas en el casting, que tienes mejor ojo.

Para, creo que voy a vomitar, un honor leerte por aquí. Vaya, me alegra saber que llega dentro. Reconozco que era una de las cosas que quería. Y estoy segura de que algún lugar de este país Milagros aún sigue de luto por Ricardo.

Carlos, la realidad siempre es cruel. Soy muy de Sartre, que diría aquél. Hagamos lo que hagamos siempre habrá algo que no hacemos... y que nos torturará pensando ¿y si...? Benditos condicionales.

Chopitusmum, bienvenida, osa todo lo que quieras (yo haré lo mismo, que soy un poco kamikaze), siempre hay una taza para café disponible. Pero.. ¿gracias? ¿por qué?

Dorian G. dijo...

Joder mc clellan, cada vez que paso por aquí me despiertas una lagrimita... Me encanta como escribes, como describes y sobre todo como trasmites, simplemente me encanta...
Es triste el tema a tratar la verdad, la cantidad de pesonas que se van sin esa última caricia, sin esa última persona donde reposar su corazón, donde dejar servido una última muestra de amor. Esa caricia, ese guiño del adiós, ese me voy tranquilo por favor, a mi gente transmiteselo...
En fin, en nosotros está el cambio, y en el cambio está la evolución [chambao], no dejemos que a quienes debemos cada momento de buen humor, caiga abandonado a la suerte del adiós.

Bambu dijo...

muy buena! ;-)

Melpómene dijo...

Me has dejado un ratito en silencio... El tiempo, la edad, la experiencia, los desengaños ayudan a relativizar algunas cosas, sí.

yein dijo...

Me ha encantado. Quién sabe cual será nuestra historía cuando lleguemos a esa edad.

Besos.

hack de man dijo...

Plas, plas, plas!!!!! Muy bueno!!!

... nada quería poner algo más, pero solo se me ocurre escribir otra vez: muy bueno!!!

mc clellan dijo...

Vaya, veo que esta historia ha gustado. Humm... La próxima vez que escriba algo voy a tener que dejarme las yemas de los dedos. ¡Qué presión!

Dorian g.: así es, muchas veces dejamos que nuestra gente se vaya sin hacer ciertas cosas de las que luego nos arrepentiremos. Con lo sencillo que es dar un abrazo. U ofrecer una simple caricia en el brazo. Pero tú (o chambao) lo has dicho: en nosotros está el cambio. ¿Lo conseguiremos?

Bambú: gracias por dejarte caer por aquí. Seguiremos viéndonos.

Melpómene: ¿en serio te has quedado un ratito en silencio? Te lo confieso: escribí la historia de un tirón y en un rato, desde entonces no se ha despegado de mí.

Yein: a mi, si llego a esa edad, me gustaría tener a alguien a quien contarle batallitas. Y morir en paz, como Ricardo.

Hack de man: teniendo en cuenta que estás en un periodo minimalista en lo que a escribir se refiere (una penas, porque tus historias son la leche), es un verdadero honor que me dediques unas líneas ;) Muchas gracias,

anso dijo...

... ush ...una historia más allá del amor ...donde somos capaces de aceptar lo inaceptable y disfrazarlo del color en el que se camuflan las penas ...
preciosa historia. ;o)

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