25 junio 2007

Bizcocho quemado

Aquel sábado de marzo sonrió al despedirse en el autobús agitando su mano con energía mientras el resto de los viajeros simplemente le hacíamos una mueca farfullando un hasta luego como si nos cobraran por hablar. Sonrió como pocas veces lo había hecho en su vida y, por eso, tal vez fue la primera y única ocasión que yo la vi. Y la última, porque una esquela con su nombre en el periódico del día siguiente me privaría de verla más.

Berta cumplía 57 años aquel sábado tibio, de invierno agónico, cuando el golpe en la sien la mató en su cocina mientras se le quemaba el bizcocho en el horno. No tenía amigas en el pueblo, ni siquiera vecinos que la auxiliaran. Vivía demasiado antes de que el pueblo fuese exactamente eso: un pueblo con gente y hogares.

Su historia era como la de tantas otras mujeres sin hijos y con un marido que bebía para pasar el rato porque el rato hacía años que pasaba de él. Berta no había trabajado nunca fuera de casa, aprendió a coser y a tejer sola, leyendo alguna revista y deshaciendo su propia ropa. Con ello y algunos libros también aprendió a olvidarse de esa soledad en la casa y en la cama.

La relación de Berta con su marido se había deteriorado con el paso de los años y, sobre todo, de las verdades. Pero hubo un tiempo donde ella y Antonio se quisieron mucho. Un tiempo donde el café era un lujo solamente al alcance de los estraperlistas y de los ricos, donde el sexo era pecado y la sombra de ojos atributo de las putas.

Esto lo supo bien pronto Berta porque su madre era justamente eso, la puta del pueblo, la que se pintaba los ojos porque decía que eran demasiado chicos para que los hombres los vieran. Pero ni ganas que tenían ellos, si al fin y al cabo lo que buscaban en la pobre Cecilia era un buen polvo.

Berta y Antonio no se conocieron en un momento preciso. Berta y Antonio eran, simplemente, vecinos de un pueblo demasiado pequeño como para no conocerse. El mismo pueblo que les empujó a marcharse cuando Don Isidro, el cura, les casó un día de mayo a las 8 de la mañana. La ceremonia duró unos veinte minutos, lo imprescindible para que Dios les diera su bendición.

Después, pasó el autobús y se fueron mientras Cecilia se hacía demasiado vieja para ser puta en cualquier parte del mundo menos allí donde no había competencia reconocida. Cuando murió, de vieja porque el corazón ya no le dio más de sí, Berta y Antonio regresaron al pueblo. El sepelio fue corto y sencillo. Todos los vecinos, y sobre todo las vecinas, acompañaron el féretro hasta el cementerio.

Lo enterraron en el mismo lugar donde reposaban los restos de sus padres. Y colocaron encima la cruz de mármol que la propia Cecilia pagó con el sudor de su cuerpo y rosas rojas, como las que siempre soñó que algún amante le enviaba una de aquellas tardes de verano en las que el calor casi imposibilitaba salir de casa y animaba a echarse una siesta de verdad.

Berta acabaría en esa misma tumba. Todavía no lo sabía. Aún quería a Antonio y éste no le había puesto la mano encima. Todavía no había cerrado la empresa en la que trabajaba ni su capataz le había reprendido, primero por viejo y luego por borracho. Jamás se atrevió a echarle de casa. Ni tuvo intenciones de huir. Soportó con dignidad, toda la que se puede en estos casos, los gritos, los insultos y los puñetazos.

Lo hizo hasta que un bofetón la tiró al suelo y se golpeó la sien con la esquina del cajón de los cubiertos. Lo había abierto para coger un cuchillo. No para defenderse de Antonio. No. Sino para pelarle una manzana que, al parecer, según el hombre, estaba demasiado verde y demasiado dura para su dentadura, postiza y recién puesta. Ni siquiera cuando cayó y luego no pudo levantarse, Antonio no se agachó para ver qué le pasaba.

La llamó. Al no recibir respuesta, se dio media vuelta, y fue hacia el teléfono. "Creo que he matado a mi mujer. Vengan pronto". No dijo más. Colgó y abrió la nevera. Cogió otra manzana y un cuchillo, y se dirigió al salón. Se sentó en el sofá, encendió el televisor y esperó a que llamaran a la puerta mientras se comía la fruta cortada en cachitos pequeños.

10 comentarios:

Malbec Merlot de Chardonnay dijo...

Cada vez que vuelvo a este blog me encuentro con algo mejor que lo anterior. No sé exactamente por qué, pero me encanta cómo escribes. Quizás porque la historia está bien organizada, aunque quizás exija más atención que la que permite una pantalla de portátil a las once de la noche.

alakazaam! dijo...

sublime.

sin palabras

martina dijo...

Buen relato!!!

mc clellan dijo...

Gracias por las buenas palabras... Se agradecen siempre y más en días grises como hoy. Malbec, me alegro de que te parezca bien organizada, está escrita en dos veces, separadas por cuatro años de diferencia... Alakazaam! Eso es más de lo que podía esperar: dejarte sin palabras no entraba dentro de mis planes (no te calles, por dios, que da gusto leerte :P). Martina, gracias, sobre todo por tus tres exclamaciones.

Dorian G. dijo...

joder farandwell, no se si alguna vez te he dicho lo malhumorado que me pones a veces... haces que vea la historia, que sienta cada golpe y que procure cada desprecio...
Escribes realmente bien, me encanta, muchas gracias por escribir así, de veras...
la pena es que esta historia no nos sea ajena, que cada día veamos una versión mas o menos extendida en las noticias, en verisón original y subtitulada de esta realidad que, no se bien a cuento de que, golpea a sus cimientos...
Descansen en paz todas ellas, ya que no tuvieron dicha paz en vida.

Gonzalo dijo...

Es sorprendente que un texto escrito hace cuatro años todavía sobreviva mejor que bien. A mí eso no me sucede, me temo.

mc clellan dijo...

Vaya, dorian... Me alegra haberte removido. En parte, ése es uno de los objetivos de algunos textos. Por cierto, que no todos los textos de hace cuatro años sobreviven bien... De hecho, los hay de hace cinco días que deberían ir directos a la papelera.

Gonzalo dijo...

Creo que era García Márquez el que decía que la calidad de un escritor se mide por la de los textos que hay en su papelera. En cualquier caso, viene al tanto.

mc clellan dijo...

¿Y que pasa si hay muchos en ella?

Gonzalo dijo...

No es cuestión de cantidad, sino de calidad, mc clellan...

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