23 julio 2007

Sweet home, Alabama

Dio un portazo y arrancó. Las llaves estaban puestas, como de costumbre en el coche de su tío. Un ruido bronco salió del motor y aceleró. Los neumáticos chirriaron de placer. Al salir, el Chevrolet golpeó el buzón. Pero Jessie estaba demasiado enfadada como para darse cuenta. Y tal vez un poco borracha. Había bebido un par de cervezas.

La comida se había vuelto un infierno. La gente no paraba de hablar con la boca llena de pastel de calabaza. Sus tíos discutían porque no estaban de acuerdo si eran mejores los San Antonio Spurs o los Utah Jazz. Su madre reprendía a su nueva pareja por no ayudarle ni a recoger la mesa. Y su hermana estaba colgada del teléfono hablando con Charlie, su novio, que acaba de comprarse un Mustang viejo que sonaba como una carraca.

Mientras tanto, la abuela se había sentado delante del televisor y había subido el volumen. Se levantó de la mesa y fue hasta el recibidor. Se lo pensó dos segundos y abrió la puerta. Tal vez un poco de aire le vendría bien. Había una temperatura agradable. Se oía a los vecinos reír mientras jugaban al Monopoly. Habían comido en el jardín.

Salió de la urbanización bastante deprisa, pero no llamó la atención a nadie. La mayoría de las familias estaban amodorradas en sus salones o dormidos al sol. En cuanto pudo, tomó el desvío a la autopista. Nadie se dio cuenta de su marcha. Hasta que pasó por delante de una patrulla de policía, apostada en el arcén de la carretera.

Había sido una mañana aburrida para el agente Coller, 50 años y más de 30 años de experiencia: Ninguna multa por exceso de velocidad ni ningún accidente. Tan sólo había asistido a un par de pinchazos y había dado el alto a una mujer que conducía con un intermitente trasero roto. La amonestación y el parte se lo había dejado a su nuevo compañero: Stoner, un chaval alto, rubio, de apenas veinte años, que acababa de salir de la academia.

Apuntaba maneras. Era disciplinado y obediente. Pero también, algo seco. Le faltaba el descaro que da la experiencia y le sobraba timidez. Se había criado en la granja familiar, entre cerdos y gallinas, en un pueblo de apenas treinta habitantes. La ciudad le quedaba todavía un poco grande. Como el uniforme: sus compañeros de la comisaría le habían dado el cambiazo y los pantalones le hacían bolsas por todos lados.

Coller rumiaba regaliz parA no fumar. Y en esas andaba cuando un Chevrolet Monte Carlo color aceituna pasó como un Sputnik. «¿Has visto eso?», le dijo a Stoner. El chico asintió y Coller encendió el motor y las sirenas. Iba a más de 80 millas, cuando el límite estaba en 65. Pisó el acelerador para alcanzar al Chevy. Pero el conductor no parecía darse por aludido. El joven hacía cualquier tipo de señas para que aparcara en el arcén, pero el vehículo no aminoraba la marcha.

Coller pisó aún más hasta pegarse casi a la trasera del Monte Carlo. Apenas veían una cabellera rubia por encima del asiento. «El conductor... debe ser muy bajito», susurró Stoner. Y de pronto, el Chevrolet hizo un extraño. Coller frenó de golpe y miró rápidamente por el retrovisor. No venía nadie detrás. Se oyó un fuerte golpe: su perseguido había chocado contra un poste de teléfono apenas a un kilómetro. Arrancó violentamente hasta llegar al coche aceituna. Aparcó detrás. No había tráfico.

Salieron despacio. Stoner tenía una mano sobre el arma. Coller se dio cuenta y le ordenó ponerse detrás. El conductor del Chevrolet no se movía. Pensaron que podía estar herido. Cuando apenas estaban a medio metro de la puerta, se dieron cuenta de quien era. Apenas medía metro cincuenta.

«¡Dios mío, es una niña!», exclamó Stoner. Jessie estaba algo aturdida. Por el golpe y por las cervezas. Cuando los agentes abrieron la puerta no supo qué decir. Sólo les miró. Su rostro, congestionado y algo pálido, daba cuenta de su edad: apenas doce años. «En todos los años que llevo de servicio no había visto nada igual», masculló Coller. Jessie levantó la mano a modo de saludo y simplemente dijo: «Me enseñó mi padre. Ahora está en la cárcel».

Más aquí.

8 comentarios:

Gonzalo dijo...

La realidad siempre supera a la ficción. Y sé por qué lo digo.

chopitosmum dijo...

Todos necesitamos una vía de escape.
Hasta con 12 años...
Besotes.

C.C.Buxter dijo...

Muy original forma de ver la noticia, me ha gustado. La mayoría de las veces nos quedamos con el suceso y no tenemos en cuenta que quien lo hace tiene una vida que quizá ayudaría a comprender el por qué lo hace.

PD: San Antonio Spurs son mejores, aunque cueste reconocerlo.

martina dijo...

A mi me gustaría saber... ¿De que huía la niña?

Dorian G. dijo...

Es increible lo tremenda que fue la noticia y lo tierno de la forma de contarlo, lo descriptivo...
enhorabuena farandwell, una vez más, gracias.

Gonzalo dijo...

¿Por qué relacionamos correr con huir?

mc clellan dijo...

Yo creo que es porque a menudo quien huye sale lo más aprisa que puede. Aunque no creo que correr sea el indicador infalible de una huida. Lo mismo que cuando se dice que correr es de cobardes: si se cae tu casa ¿vas a salir andando?

Crapúscula dijo...

Otro post que admirar. Me gusta cómo escribes. Vale de halagos. El enlace no va, coño. :-)

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