08 junio 2011

En Noruega I

Hoy ha tenido lugar el ataque a Cabo Norte, un momento especial en este viaje. La aventura empezó a las nueve de la mañana y con 21 grados en Finlandia y acabó a las seis de la tarde y con 9 grados en el camping de Skipsfjord. Ha sido un día completo, intenso y cargado de anécdotas. Por la mañana, al hacer el check-out la empleada del hotel nos despidió avisándonos de que habíamos tenido mucha suerte con el tiempo, sólo unos días antes había estado allí por debajo de los diez grados. Me parecía increíble lo que decía habida cuenta de que me hubiera puesto en pantalones cortos y tirantes en vez de mi robusto traje de motorista.

Finlandia siguió deparándonos toboganes en las carreteras y calor, además de sus mil y un lagos. El paisaje es precioso, la verdad, pero según avanzas al norte la vegetación comienza a cambiar: los bosques son menos bosques, los árboles son más ralos y el color cambia ligeramente de verde tostado a verde intenso. Una cosa curiosa que llamó mi atención fueron las paradas de autobús. Casi todas son como una pequeña casita de madera con tres paredes y tejado. Supongo que en invierno cuanto más protegido estés del frío, mejor.

Lago de la carretera 92
Lago en la carretera de los toboganes del rally de Finlandia

Al cruzar la frontera el paisaje cambia ligeramente. Es de un verde más fuerte. A nosotros también nos cambió el tiempo: el cielo se nubló y bajaron las temperaturas a unos valores más normales para la zona en la que estamos. Además, nos encontramos con el primer grupo de moteros que iba a Nordkapp. Eran tres: dos chicas y un chico alemán. Uno de ellas iba en una Suzuki GS... Raro, porque los germanos suelen tener vehículos potentes y relativamente más caros. 

Apenas unos kilómetros más allá comienza la costa. Noruega es el país de los fiordos y su costa es muy recortada, así que es fácil imaginar que sus paisajes son impresionantes. La luz, más azul y suave, le daba un volumen espectacular. Buscando una gasolinera para repostar también nos encontramos con dos moteros... españoles. Juan Carlos, extremeño, y Carlos, residente en Cádiz, amigos del foro de BMW, emprendieron la aventura juntos por casualidad. La verdad es que reconforta encontrar gente tan simpática y abierta. En cuanto nos vieron, se acercaron y no dudaron en ofrecernos café. Y no cualquiera, café recién hecho en su hornillo. Charlamos un rato y nos despedimos hasta Cabo Norte...

Mar de Barents
El mar de Barents

Lo mejor del itinerario no llegó hasta Lavslev. A partir de este punto la carretera bordea fiordos y va pegadita al mar de Barents. Por un lado, esto hace el itinerario precioso, por otro, helador. Las corrientes de aire en este punto son frías y, además, empezó a llover no de forma torrencial, pero sí contínua. Pese a ello, no podíamos dejar de sorprendernos con la belleza salvaje del sitio. Los pueblos salpicaban la carretera a uno y otro lado, y en la línea de costa, junto al agua, abundaban algo hasta ahora poco o nada visto: las casas de pescadores, las barcas y las estructuras de madera para secar el pescado. Al principio estaban vacías, luego empezamos a encontrarlas llenas. Es un sistema curioso: en algunos hay sólo cabezas y en otros el pez entero. También comenzamos a ver los primeros negocios donde vendían bacalao ahumado.

Carretera 69
Carretera 69, camino de Cabo Norte

Nodkapp
Cabo Norte

Cuando doblamos a la carretera E-69, la mítica, la que lleva a Cabo Norte, la lluvia cesó, pero se intensificó el frío. A ello ayudaban los dos túneles que hay que cruzar para llegar a la isla de Mageroy. Son como cuevas y la temperatura baja considerablemente. En el primero que nos encontramos esto provocó que al entrar notáramos el silbido aterrador del viento. Increíble. Para llegar al segundo hay que pagar un peaje de 70 coronas noruegas si eres el conductor de la moto, y 47 si eres el acompañante. No está mal porque el segundo túnel es el que une la isla con tierra firme. Si no existiera, habría que tomar el ferry que aún sigue funcionando. Por cierto, aquí nos volvimos a encontrar con nuestros colegas españoles. Ellos circulaban más deprisa que nosotros. Tampoco sería la última vez que nos viésemos

Mageroy es un sitio mágico. Además de ser el norte del norte europeo. No suele hacer buen tiempo casi nunca, pero las mejores horas son las del mediodía. La temperatura oscila siempre en unos valores, no hay gran amplitud térmica. Nosotros, por ejemplo, andábamos entre los 9 y los 12 grados. Eso sí, si ha llovido, hay niebla o viento, la sensación es de un frío más intenso. Nosotros decidimos atacar Cabo Norte pese al mal tiempo. Esperábamos ver algo en la cumbre. 

Hay que decir que Nodkapp está en un acantilado al que hay que subir por una bonita carretera de esplendorosas vistas. Desde el camping, o sea, desde Skipsfjord, a dos kilómetro máximo de Honningsvad -la capital de la zona y donde se encuentra el famoso bar de hielo regentado por españoles- hay 20 kilómetros. Cuando empezamos a ascender vimos que probablemente no veríamos mucho. La niebla estaba apenas a unas dos o tres curvas. Aún así, continuamos. Fue un momento difícil para mí porque apenas veía nada y el casco se me empañaba. Para conducir no me gusta la niebla. 

Pese a ello, íbamos seguros a nuestro destino. En un tramo, además, se despejó y pudimos intuir lo que nos estábamos perdiendo. Eso sí, después de tomar el último desvío, la situación volvió a empeorar. Pagamos la entrada a Cabo Norte (es lo que hay, pero al menos te da derecho a bastantes cosas), aparcamos en la zona trail (la única que hay) y nos dirigimos a la bola del mundo que hay que la zona. El frío era intenso: cuatro grados. Yo desistí de llegar hasta la escultura de hierro y me quedé en una que hay antes. Luego, me acerqué al complejo a tomar algo que me calentara las manos.

No soy tan valiente, lo siento. El frío me puede. Eso sí, trabé 'amistad' con el camarero del bar Aurora Boreal. Creo que le asustó tanto mi inglés que se puso a hablar en castellanos conmigo. Lo hablaba estupendamente, por cierto, y tenía los dientes más blancos que he visto a una persona real en mi vida. En fín, será de la rasca que hace allí. Después de calentarnos y curiosear la tienda y demás instalaciones decidimos que mañana volveríamos a subir a ver si encontrábamos mejor tiempo.

Al bajar al camping donde habíamos reservado habitación nos encontramos con una sorpresa. Juan Carlos y Carlos nos daban la bienvenida. Ellos se quedaban en el mismo edificio que nosotros.

Nota mental:  Hace calor, de Kiko Veneno

2 comentarios:

Virginia dijo...

Mi pareja y yo somos moteros y este viaje es uno de nuestros sueños. Algún día lo haremos. De momento me conformo con leer y envidiar tu experiencia.

mc clellan dijo...

Nosotros lo planeamos un año atrás y fuimos ahorrando para cuando llegara el día.. porque no nos vamos a engañar, que por muy tiradillo que vayas, comer se come todos los días ;) Creo que no podré olvidar lo que vivimos nunca. Aún cuando recuerdo cosas me da un subidón...

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