María tenía un problema. Le encantaba el café y disfrutarlo en una cafetería. Pero odiaba los locales ruidosos, es decir, el 99% de ellos. Los odiaba porque no le dejaban ejercitar una de sus insanas, pero placenteras malas costumbres: escuchar conversaciones ajenas. Una práctica que le había servido para obtener el código secreto de esta bebida y manejarse como pez en el agua en sus viajes. Había descubierto que le gustaba el sonido del mundo acolchado en la espuma del ‘capuccino’ y los besos con sabor a nicotina y cortado. La noche en blanco reflejada en la brillante piel del expreso y los desayunos goloseando entre la abundancia del con leche claro. Era un cotilla. Lo sabía, pero ya no tenía remedio. Y si la curiosidad realmente mató al gato, ella estaba dispuesta a morir también. Eso sí, como con el felino, habrían de intentarlo seis veces antes de conseguirlo.
Para encontrar un establecimiento de su gusto, tenía que recorrer un número ingente de ellos. Pero no le importaba en absoluto. De este modo, crecía su galería de personajes a un ritmo trepidante y podía vivir tantas vidas en un solo instante que le daba vértigo asomarse a la ventana que se abría en cada mesa, entre dos tazas juntas. Las continuas mudanzas de ciudad le suponían un doble reto: por un lado el lógico y normal, no perderse; y, por otro, el particular y curioso, buscar ‘sus’ bares. Por fortuna y por desgracia, su trabajo le exigía movilidad y ésta le permitía conocer muchos lugares. Era la cazatalentos de una galería de arte y profesora de Dibujo allí donde la requiriesen. Su dominio lingüístico, además, atraía numerosas llamadas.
De padre alemán y madre francesa, María había nacido en Bilbao y vivía en Barcelona desde los doce años. De un solo movimiento, esta pieza del tablero conocía el código de cinco casillas. Algo que también le requirió el pago de un peculiar peaje. Hasta los tres años no fue capaz de hacerse entender entre sus compañeros de guardería y las cuidadoras pensaban que tenía algún problema de logopedia. Luego, en el último año de carrera, decidió que era el momento de encontrarse con los clásicos y se fue a Roma, donde un novio fugaz contribuyó a que practicase la lengua.
En una libreta, tenía por costumbre apuntar las características de cada cafetería que visitaba. Una extravagancia que le ayudaba a identificar rápidamente donde acudir cuando volvía a algún sitio ya conocido, pero que bien le había valido las bromas de sus amigos y su apelativo cariñoso y a la vez irónico de ‘La exquisita’. Aquella semana, su trabajo la llevó a Bilbao, una ciudad que hacía demasiados años que no veía. Echó un vistazo rápido al cuadernito al recibir la llamada de un viejo compañero de clase para participar en un seminario que organizaba su departamento en la facultad de Bellas Artes, pero no decía gran cosa. Cuando leyó, minutos más tarde, un correo con el horario de sus talleres, se dio cuenta de que iba a tener el tiempo necesario para redescubrir la metrópoli.
Para encontrar un establecimiento de su gusto, tenía que recorrer un número ingente de ellos. Pero no le importaba en absoluto. De este modo, crecía su galería de personajes a un ritmo trepidante y podía vivir tantas vidas en un solo instante que le daba vértigo asomarse a la ventana que se abría en cada mesa, entre dos tazas juntas. Las continuas mudanzas de ciudad le suponían un doble reto: por un lado el lógico y normal, no perderse; y, por otro, el particular y curioso, buscar ‘sus’ bares. Por fortuna y por desgracia, su trabajo le exigía movilidad y ésta le permitía conocer muchos lugares. Era la cazatalentos de una galería de arte y profesora de Dibujo allí donde la requiriesen. Su dominio lingüístico, además, atraía numerosas llamadas.
De padre alemán y madre francesa, María había nacido en Bilbao y vivía en Barcelona desde los doce años. De un solo movimiento, esta pieza del tablero conocía el código de cinco casillas. Algo que también le requirió el pago de un peculiar peaje. Hasta los tres años no fue capaz de hacerse entender entre sus compañeros de guardería y las cuidadoras pensaban que tenía algún problema de logopedia. Luego, en el último año de carrera, decidió que era el momento de encontrarse con los clásicos y se fue a Roma, donde un novio fugaz contribuyó a que practicase la lengua.
En una libreta, tenía por costumbre apuntar las características de cada cafetería que visitaba. Una extravagancia que le ayudaba a identificar rápidamente donde acudir cuando volvía a algún sitio ya conocido, pero que bien le había valido las bromas de sus amigos y su apelativo cariñoso y a la vez irónico de ‘La exquisita’. Aquella semana, su trabajo la llevó a Bilbao, una ciudad que hacía demasiados años que no veía. Echó un vistazo rápido al cuadernito al recibir la llamada de un viejo compañero de clase para participar en un seminario que organizaba su departamento en la facultad de Bellas Artes, pero no decía gran cosa. Cuando leyó, minutos más tarde, un correo con el horario de sus talleres, se dio cuenta de que iba a tener el tiempo necesario para redescubrir la metrópoli.
(to be continued)


