Puerta: gente que escribe bonito
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24 enero 2016

Lleno de libros

Esto tenía que haberse publicado hace dos semanas. Qué cosas pasan por escribir a horas intempestivas, te olvidas de darle al botón y...

Acabo de terminar el primer libro de este año y me siento muy orgullosa. Me encanta leer desde chica. Podía tirarme las horas muertas tirada en el salón con un libro en las manos. Los devoraba. No me acuerdo de los que he leído, aunque sí de las sagas que me atraparon durante horas: los de Flanagan, los de construye tu propia aventura, los de Los Cinco (eran mis supermegapreferidos)... Esa afición siempre me ha acompañado, hasta la universidad, donde el ritmo de lectura bajo, y el trabajo. Pero en 2015 parece que he vuelto a necesitar agarrarme a mis mejores amigos... Y lo he hecho sin darme cuenta. 
Durante mis vacaciones en Lanzarote me hice un listado de los libros que había terminado y me di cuenta de que había leído ¡más de un libro por mes! De hecho, habrán sido unos quince, y el 90% por placer y no por trabajo. No voy a hacer ningún listado con ellos, pero sí voy a decir cinco cosas (llamadlo recomendaciones, si queréis) sobre este asunto. 
- Ha sido el año en que descubrí a Murakami. Fue con '¿De qué hablamos cuando hablamos de correr?'. Y me gustó. Creo que este año caerá el segundo...
- Necesito que Márkaris escriba ya otro sobre Kostas Jaritos. He termiando con todos los que hay publicados: empecé con la trilogía de la crisis a finales de 2014 y acabé en diciembre... Me en-can-tan y se leen en un pispás porque el estilo es claro, directo y sencillo. Que va al grano, vaya. Además, tienen una vigencia absoluta cuando se ponen un poco analíticos.
- David Trueba tiene un algo muy especial en todo lo que hace, pero cuando escribe, se supera. 'Blitz' lo acabé en seis horas, una mañana en Huesca. Y 'Cuatro amigos' es maravilloso... Tengo pendiente otra novela (¿o son dos?) de él.
- Wallander me tiene enganchada y no me suelta desde diciembre. Me he leído tres novelas más (ya había leído antes otras tres) y estoy con la cuarta empezada. Que tengo diez minutos en el metro, pues me pongo aunque solo pueda avanzar tres páginas... Si es que hasta leo mientras voy caminando por la calle. Algún compañero de la oficina ya me ha pillado de esta guisa y ha flipado.
- Laurent Fignon ya no es el tipo antipático que yo creía. Fue leer su autobiografía y ver las luces y las sombras. Vaya anécdotas ciclistas que cuenta, por cierto. Muy curioso todo.
Este año, por cierto, va a ser el del cambio. Los Reyes me han traído un Kindle y voy a abandonar a mi amado papel. No me caben más en casa. Y me tengo que deshacer del 80% de los que hay por cuestiones de espacio. No sé cómo voy a hacerlo: solo de pensarlo, me pinza el alma, pero hay que dejarse de romanticismos. A lo que no estoy dispuesta es a piratear. No me duele rascarme el bolsillo. Por el pan pago, ¿no? Además, quiero poder seguir leyendo libros, buenos libros, toda la vida.

A los Reyes se les ha caído esto como anticipo de esta noche... #kindle #christmas #regalos #lascosasquemegustan

Por cierto, sigo pensando lo mismo y no, no he terminado ningún libro nuevo. También se admiten sugerencias y recomendaciones que abran nuevos horizontes.

16 febrero 2015

Tresviso, 26 días entre la nieve

El temporal nos ha dejado imágenes para el recuerdo e historias que contar durante meses... y tal vez años. También el temporal ha llevado a los medios el nombre de un pueblo que yo conozco desde cría porque no anda muy lejos del mío. Tresviso. Con s, sí. Lleva casi un mes (concretamente hoy se cumplen 26 días) con la carretera bloqueada por la nieve. Allí no llega nadie en coche. Ni siquiera el panadero. Este sencillo manjar les cae del cielo gracias al helicóptero del 112. Ni siquiera el recio mozo que subió el pan a Caloca en un trineo atado a su cintura se aventura carretera arriba hasta este pueblo, situado a casi 900 metros de altura, en un hoyo, al abrigo de las esculpidas peñas de la zona. Dicen que su nombre, que proviene del latín, significa algo así como tras el collado o, más dramático, tras el abismo.

Treviso, de Alberto Aja @dmontanes
Imagen de Alberto Aja vía @dmontanes
Hasta hace no demasiados años, a Tresviso no había carretera -asfaltada, se entiende-. Se subía por una senda 'pindia' como las paredes de los Mallos de Riglos. Desde el cielo se ven las zetas cinceladas por las pisadas de los caminantes en la caliza. Hoy tiene una, la CM 88/01, que discurre en parte por Asturias... Aunque Tresviso sea Cantabria. Esa vía hoy es invisible desde el cielo. Se oculta bajo toneladas de nieve que todavía no han podido ser retiradas. Ni las quitanieves, ni las máquinas fresadoras han sido capaces de despejarla (en mitad del temporal, su alcalde salió con dos vecinos para intentar que no se cerrara y se quedó una noche atrapado hasta que llegó por su propio pie a la taberna del pueblo cuando a punto estaba el GREIM de rescatarlo, otra historia...). Los aludes, comunes estos días en que las temperaturas han subido y la lluvia ha comenzado a empaparlo todo, tampoco lo ponen fácil. 

Los 21 vecinos que viven en 16 casas no se impacientan. Pese a que hoy son noticia hasta en los noticieros nacionales, en Tresviso la nieve es frecuente y más de un invierno han quedado aislados por tierra. Hace años, en noviembre ya tenían las despensas llenas en espera de la nevada que les cortara las comunicaciones con el resto del mundo durante semanas. En la actualidad, su aislamiento dura menos... y tienen más ayuda. Los móviles y los helicópteros hacen mucho. Nadie se ha quedado sin sus medicinas y hasta el ganado salvaje recibe forraje por vía aérea si es necesario para que no muera de hambre. 

Este domingo, El Diario Montañés, el periódico de más tirada en Cantabria, le ha dedicado un reportaje digno de mención a la situación de Tresviso, un lugar al que algunos solo conocerán por la fama de su queso picón. Un periodista y un fotógrafo, ropa térmica y plumífero cerrado hasta la barbilla, bastones en mano y raquetas en los pies, subieron hasta la aldea para hablar con los vecinos. Chapeau. Por la intención, aunque puedo imaginarme la cara de los del pueblo al ver acercarse a los foráneos de semejante traza cuando ellos van en pantalones de franela, jersey de lana, chaquetón abrigado eso sí y botas de goma, de las que siempre se han usado para ir a la cuadra a ordeñar y 'esbarriar' el estiércol con el 'roeru'. Y por el resultado, fino, elegante, sencillo, sin alardes, sin fuegos artificiales... En definitiva, directo, honesto y, sobre todo, bien contado. 

Treviso, de Alberto Aja vía @dmontanes
Imagen de Alberto Aja vía @dmontanes
Si les ha picado la curiosidad, aquí les dejo el enlace. No tardarán más de diez minutos en dar cuenta del texto (de José Ahumada) y de las fotos (de Alberto Aja), algunas ya se las he adelantado en este post. Verdad verdadera. Periodismo honrado, porque sí, también existe, aunque es caro y requiere tiempo, dos lujos en los tiempos que corren. 

02 febrero 2015

Reencuentros virtuales

Cuando yo empecé con este blog, allá por la prehistoria, seguía unos cuantos. Casi todos eran personales y sus dueños escribían lo que les pasaba por la cabeza en aquellos momentos. No hablo de cómo les había ido el curro (que también), sino de textos que les rondaban, historias que habían descubierto (o se inventaban), películas que no te podías perder, música imprescindible (y nueva).

Algunos andan dando tumbos por aquí, como éste, con más o menos fortuna. La mayoría de ellos se han reciclado y se han transformado como lo han hecho quienes están detrás de ellos. Otros, sin embargo, han desparecido. Uno de ellos fue Palabras desde un noviembre azul. Era de Javi Marlon. Me entristeció mucho cuando lo cerró porque él solía poner allí sus textos, que destilaban una sensibilidad extraordinaria.

Hace unos días recibí en mi correo una buena noticia. Marlon ha vuelto. No hay blog, pero hay una cuenta de Twitter que seguir.



Ahora, como si de un homenaje al dinosaurio de Augusto Monterroso se tratara, deja sus píldoras en 140 caracteres. Un gusto. Aunque esto me hace preguntarme una cosa: ¿han muerto los textos largos en internet? ¿o quizá lo han muerto los textos largos, a secas? Yo, pese a todo, creo que seguiré pasándome de líneas. Aunque solo sea un acto de rebeldía.

Yo le compro la letra

19 mayo 2011

Las revoluciones son un asunto propio

Hace unos días, Marlon ponía en marcha una cadena: compartir algún poema emocionante, en su amplio sentido. Hoy inauguro la sección 'gente que escribe bonito', igual que la etiqueta que usó él, con una pieza de uno de mis poetas favoritos: Luis García Montero. Se llama 'Las revoluciones son un asunto propio' y pertenece a su último libro, 'Un invierno propio' (Ed. Visor Poesía. Madrid, 2010. Pags. 176. 20 euros). Y lo traigo aquí porque me gusta y porque no puede estar más de actualidad (#democraciarealya).

Las revoluciones son un asunto propio

No conozco un dolor
que no merezca ser compadecido.
Ningún silencio reina
sin temer el momento de romperse.
No hay poderes injustos
que no sepan controlar la rebeldía
tejida por sus sombras.
Salgo a la calle,  leo los periódicos,
navego el mar de leva que mueve las noticias,
observo las coronas, las órdenes exactas,
los palcos de la fiesta,
lejanamente oigo
la voz de los discursos.
Después de las llamadas de teléfono.
de los barcos hundidos,
del pescado sin sal
y de los comentarios
son estas las razones de que siga en política.
El mundo es triste y duele
y no existe un dolor
que no merezca ser compadecido.
El reino del silencio
a veces se ha llenado de música en dos ojos,
en una libertad provisional
o en una historia que nos cuentan.
Y la sombra alargada del poder
esconde limoneros de dignidad,
documentos alegres que resisten
y  lagrimas de menta para la despedida.
Por eso sé que las revoluciones
son un asunto propio
como ropa que duerme a los pies de la cama.

09 abril 2007

Una batalla

8 de abril de 2003

Tenía 37 años y dos hijos. Cuando hablaba de su mujer decía "mi chica". Se llevaba perfectamente bien con su compañero Jon. Y cuando nos reuníamos cada noche los 20 ó 30 periodistas hispano-luso-italianos en la "cantina mexicana" (nuestra habitación) o en la "taberna española" (la habitación de Antena 3) él siempre llegaba con alguna botellita bajo el brazo y con la mejor de las sonrisas me palmeaba o me daba un beso y me decía "¡Qué dices, argentino!". Nos hacía felices. Lo despedimos al caer la tarde. A alguien se le ocurrió y los 300 periodistas nos reunimos en el jardín del hotel desde donde transmiten en vivo las cadenas internacionales de televisión. Fuimos con velas y, en el medio de un mutismo absoluto, las prendimos y guardamos varios minutos de silencio. Después, las pusimos arriba de una tabla y las dejamos ahí hasta que el viento las fue apagando. Ni una bomba, ni un avión, ni un ruido. José se había ido y Bagdad lo despedía con una tregua.

Gustavo Sierra, diario Clarín

15 octubre 2006

Mujeres sin nombre

(Al matrimonio Hamlin,
Magazine de La Vanguardia, 15 de octubre de 2006)

Hasta que él apareció, era una mujer sin nombre. Una mujer gris con miedo a mirarse a los ojos. Vivía en un lugar donde sólo había mujeres, más mayores y más jóvenes, en una choza hecha con adobe, piedra y maderas. Por el tejado se colaba el sol y la lluvia a partes iguales. En su cama no había descanso.
Se sorprendió de que alguien se atreviera a abrir la puerta de su casa. Le miró con cara de susto. Detrás de él había otra mujer. Recordaba su rostro. Ella también había vivido allí. Fue su vecina durante un par de años, pero hacía mucho que no la veía. Las otras mujeres habían dicho que una noche vinieron a buscarla y se la llevaron. Lloró. Era su amiga.
Le preguntó cuánto tiempo llevaba allí. No supo contestar. Cuando llegó, los cafeteros estaban recién plantados… Y la de este año sería la séptima u octava cosecha. Se sentía avergonzada. Intentó taparse con la manta hasta la barbilla y ocultar, también, el sucio jergón. “No te preocupes. Entiende”, le dijo su amiga. Pero agarró la manta con más fuerza.
Alguna vez había oído hablar de él. De gente como él, que visitaba poblados como el suyo. Le habían contado que eran buenos. Que te hablaban. Te daban la mano. Y no ponían caras raras cuando te levantabas de la cama. Decían que podían ayudarte, que aquello no era un castigo, sino una enfermedad… ¡con cura! Siempre se los imaginó vestidos con ropas blancas.
Sin embargo, él usaba pantalones azules y camisa de cuadros. Y sus pies estaban ocultos en unas gruesas botas marrones. “Vengo a ayudarte”, le dijo. Y le tendió la mano. Su amiga sonrió. Nunca le había visto aquellos dientes tan blancos. “¡Qué bonitos!”, pensó. Y entonces le miró su vestido: era de muchos colores. También le acercó su mano.
Estaba temblando. Su amiga se aproximó y le tocó la cara. “No tengas miedo. Me ayudó a mí y ahora viene a por ti”, susurró. Era verdad lo que contaban, entonces. Él dio un paso. Y luego otros dos. Y dos más hasta que llegó al colchón. Se sentó y le acarició el pelo. Ella sacó su mano y le cogió el brazo. Entonces, él le agarró de los hombros y la ayudó a levantarse.
Fuera les esperaba un coche. Tardarían unas horas en llegar a la capital. La arroparon con una manta limpia y se durmió en el hombro de su amiga. Cuando volvió a abrir sus enormes ojos negros, estaba en la cama de un hospital, sobre sábanas que olían bien y rodeada de gente vestida de blanco. Como los había visto en sueños tantas veces.
Dos semanas después de aquello, el hombre que la vino a buscar le dio un paquete. “Ábrelo”, le pidió. Ella obedeció. Sus manos desdoblaron rápidamente el papel brillante, con las ganas con que lo hace un niño el día de su cumpleaños. Al fin y al cabo, ella no era tan grande. Tenía 23 años. Era un vestido amarillo mostaza. “¡Que suave”, se pasó la tela por la cara. Olía bien, a perfume. Lo desdobló lentamente, con miedo a que se pudiera romper.
Cuando salió del hospital, llevaba puesto el traje. Ya nadie la miraría mal, como le pasó después del parto. Se pasó casi diez días con dolores y el bebé murió entre sus piernas. Días más tarde, descubrió que todas las mañanas se levantaba mojada. Su marido la devolvió a su familia. Y su hermano la llevó al poblado donde conoció a su amiga, la única que había tenido y que la esperaba a la puerta con una pequeño espejo como regalo.

23 enero 2006

Nochenueva

(A Doro y María Jesús,
El País Domingo, 22 de enero de 2006)

-¡Ay, bonita! Teníamos que haber madrugado más. Hoy ya no nos va a dar tiempo a querernos todo lo que deberíamos.

Las manos de Antonio cogen las de Matilde y las acercan a sus labios. Les da un beso suave y se las guarda bajo la manta con que envuelve sus piernas. El gesto se repite cada mañana, después del desayuno, desde hace catorce años. Y sin embargo, para Matilde siempre es algo nuevo, una dulce sorpresa que la hace sonreír y fijar la mirada durante un minuto en el rostro de él. Sin sombras.

Le hace feliz. Se hacen felices. Aunque queden lejos las tardes de cuando eran novios. Aunque ya no den paseos por el parque, ni vayan al café los domingos. Aunque sus cuerpos ya no sean los mismos, sino sacos que pesan como si los años estuvieran físicamente dentro, engarzados en los huesos, ahora más frágiles y quejumbrosos. Lo que no cambian son las caricias. Ésas son iguales que entonces, cuando se querían con el rubor siempre acechando en las mejillas.

Antonio es valiente. Mira a la vida cara a cara. Igual que cuando vio a Matilde por primera vez. Caminaba por la calle resuelta. Con la vista en el horizonte y sin pararse en nada. Sus pasos eran firmes y sus gestos decididos. Derrochaba energía y el vuelo de su falda se resentía. Sin embargo, había algo en todo ello que denotaba una profunda dulzura. Quizá fuera su mirada, parda e inocente, igual que la de un niño.

Todas las mañanas Antonio la veía pasar desde su taller y todas las mañanas se decía lo mismo. ‘Algún día le pediré que se case conmigo’. Y un día se decidió. Era San Esteban. Y no, claro que no le pidió matrimonio. Sólo levantó su boina de cuadros para saludarla. Matilde correspondió al saludo, un poco azorada. A Antonio se le subieron los colores y ella sonrió. Se guiñaron un ojo.

Los sábados había baile a unas calles del taller de Antonio. Desde el local podía oírse la música y verse el desfile de damas y caballeros con los trajes de gala. Él, en cambio, no era un habitual de la fiesta. Había ido sólo un par de veces, tal vez tres, pero no sabía bailar. Ni siquiera el pasodoble. Sin embargo, aquella tarde decidió acercarse. Era el último baile del año y, aunque no confiaba en ello, tal vez estuviera Matilde. Dio varias vueltas con Manuel, su amigo desde que coincidieran en el tren camino de Madrid en busca de trabajo.

Había perdido la esperanza de verla cuando, de repente, un grupo de chicas rieron a su espalda. Al volverse, la encontró, envuelta en un abrigo de lana color tabaco. La invitó a bailar, con más miedo que vergüenza, sin ni siquiera saber cómo agarrarla. Ella, franca y natural le colocó las manos y le guió hasta que fue capaz de aprenderse los pasos. Y así fue como Matilde y Antonio comenzaron su historia, casi a la vez que terminaba el año. Por eso, siempre se rieron de que a la Nochevieja se le llamara así. Porque para ellos siempre será la Nochenueva.

Matilde ya no se acuerda de eso. Pero a Antonio no le hace daño, le da igual. A él le basta con ese minuto en que le mira todas las mañanas, después de haberle dado el desayuno, como queriendo recordar quién es el que le coge las manos descarado y se las besa de un modo tan tierno. Nunca un bálsamo para las heridas se elaboró y actuó tan rápido. En ese lapso de tiempo, Antonio también olvida. Olvida, por ejemplo, el Alzheimer de Matilde.
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