Puerta: cabo norte
Mostrando entradas con la etiqueta cabo norte. Mostrar todas las entradas

08 junio 2011

En Noruega I

Hoy ha tenido lugar el ataque a Cabo Norte, un momento especial en este viaje. La aventura empezó a las nueve de la mañana y con 21 grados en Finlandia y acabó a las seis de la tarde y con 9 grados en el camping de Skipsfjord. Ha sido un día completo, intenso y cargado de anécdotas. Por la mañana, al hacer el check-out la empleada del hotel nos despidió avisándonos de que habíamos tenido mucha suerte con el tiempo, sólo unos días antes había estado allí por debajo de los diez grados. Me parecía increíble lo que decía habida cuenta de que me hubiera puesto en pantalones cortos y tirantes en vez de mi robusto traje de motorista.

Finlandia siguió deparándonos toboganes en las carreteras y calor, además de sus mil y un lagos. El paisaje es precioso, la verdad, pero según avanzas al norte la vegetación comienza a cambiar: los bosques son menos bosques, los árboles son más ralos y el color cambia ligeramente de verde tostado a verde intenso. Una cosa curiosa que llamó mi atención fueron las paradas de autobús. Casi todas son como una pequeña casita de madera con tres paredes y tejado. Supongo que en invierno cuanto más protegido estés del frío, mejor.

Lago de la carretera 92
Lago en la carretera de los toboganes del rally de Finlandia

Al cruzar la frontera el paisaje cambia ligeramente. Es de un verde más fuerte. A nosotros también nos cambió el tiempo: el cielo se nubló y bajaron las temperaturas a unos valores más normales para la zona en la que estamos. Además, nos encontramos con el primer grupo de moteros que iba a Nordkapp. Eran tres: dos chicas y un chico alemán. Uno de ellas iba en una Suzuki GS... Raro, porque los germanos suelen tener vehículos potentes y relativamente más caros. 

Apenas unos kilómetros más allá comienza la costa. Noruega es el país de los fiordos y su costa es muy recortada, así que es fácil imaginar que sus paisajes son impresionantes. La luz, más azul y suave, le daba un volumen espectacular. Buscando una gasolinera para repostar también nos encontramos con dos moteros... españoles. Juan Carlos, extremeño, y Carlos, residente en Cádiz, amigos del foro de BMW, emprendieron la aventura juntos por casualidad. La verdad es que reconforta encontrar gente tan simpática y abierta. En cuanto nos vieron, se acercaron y no dudaron en ofrecernos café. Y no cualquiera, café recién hecho en su hornillo. Charlamos un rato y nos despedimos hasta Cabo Norte...

Mar de Barents
El mar de Barents

Lo mejor del itinerario no llegó hasta Lavslev. A partir de este punto la carretera bordea fiordos y va pegadita al mar de Barents. Por un lado, esto hace el itinerario precioso, por otro, helador. Las corrientes de aire en este punto son frías y, además, empezó a llover no de forma torrencial, pero sí contínua. Pese a ello, no podíamos dejar de sorprendernos con la belleza salvaje del sitio. Los pueblos salpicaban la carretera a uno y otro lado, y en la línea de costa, junto al agua, abundaban algo hasta ahora poco o nada visto: las casas de pescadores, las barcas y las estructuras de madera para secar el pescado. Al principio estaban vacías, luego empezamos a encontrarlas llenas. Es un sistema curioso: en algunos hay sólo cabezas y en otros el pez entero. También comenzamos a ver los primeros negocios donde vendían bacalao ahumado.

Carretera 69
Carretera 69, camino de Cabo Norte

Nodkapp
Cabo Norte

Cuando doblamos a la carretera E-69, la mítica, la que lleva a Cabo Norte, la lluvia cesó, pero se intensificó el frío. A ello ayudaban los dos túneles que hay que cruzar para llegar a la isla de Mageroy. Son como cuevas y la temperatura baja considerablemente. En el primero que nos encontramos esto provocó que al entrar notáramos el silbido aterrador del viento. Increíble. Para llegar al segundo hay que pagar un peaje de 70 coronas noruegas si eres el conductor de la moto, y 47 si eres el acompañante. No está mal porque el segundo túnel es el que une la isla con tierra firme. Si no existiera, habría que tomar el ferry que aún sigue funcionando. Por cierto, aquí nos volvimos a encontrar con nuestros colegas españoles. Ellos circulaban más deprisa que nosotros. Tampoco sería la última vez que nos viésemos

Mageroy es un sitio mágico. Además de ser el norte del norte europeo. No suele hacer buen tiempo casi nunca, pero las mejores horas son las del mediodía. La temperatura oscila siempre en unos valores, no hay gran amplitud térmica. Nosotros, por ejemplo, andábamos entre los 9 y los 12 grados. Eso sí, si ha llovido, hay niebla o viento, la sensación es de un frío más intenso. Nosotros decidimos atacar Cabo Norte pese al mal tiempo. Esperábamos ver algo en la cumbre. 

Hay que decir que Nodkapp está en un acantilado al que hay que subir por una bonita carretera de esplendorosas vistas. Desde el camping, o sea, desde Skipsfjord, a dos kilómetro máximo de Honningsvad -la capital de la zona y donde se encuentra el famoso bar de hielo regentado por españoles- hay 20 kilómetros. Cuando empezamos a ascender vimos que probablemente no veríamos mucho. La niebla estaba apenas a unas dos o tres curvas. Aún así, continuamos. Fue un momento difícil para mí porque apenas veía nada y el casco se me empañaba. Para conducir no me gusta la niebla. 

Pese a ello, íbamos seguros a nuestro destino. En un tramo, además, se despejó y pudimos intuir lo que nos estábamos perdiendo. Eso sí, después de tomar el último desvío, la situación volvió a empeorar. Pagamos la entrada a Cabo Norte (es lo que hay, pero al menos te da derecho a bastantes cosas), aparcamos en la zona trail (la única que hay) y nos dirigimos a la bola del mundo que hay que la zona. El frío era intenso: cuatro grados. Yo desistí de llegar hasta la escultura de hierro y me quedé en una que hay antes. Luego, me acerqué al complejo a tomar algo que me calentara las manos.

No soy tan valiente, lo siento. El frío me puede. Eso sí, trabé 'amistad' con el camarero del bar Aurora Boreal. Creo que le asustó tanto mi inglés que se puso a hablar en castellanos conmigo. Lo hablaba estupendamente, por cierto, y tenía los dientes más blancos que he visto a una persona real en mi vida. En fín, será de la rasca que hace allí. Después de calentarnos y curiosear la tienda y demás instalaciones decidimos que mañana volveríamos a subir a ver si encontrábamos mejor tiempo.

Al bajar al camping donde habíamos reservado habitación nos encontramos con una sorpresa. Juan Carlos y Carlos nos daban la bienvenida. Ellos se quedaban en el mismo edificio que nosotros.

Nota mental:  Hace calor, de Kiko Veneno

07 junio 2011

Rumbo a Noruega VII

Escribo desde el hotel de una estación de esquí y después de haber disfrutado de mi primera sauna nacional... porque estoy en el lugar donde se creó esta práctica: Finlandia. He cambiado de país y también de hora. Aquí es una hora más que en España. Y pese a dormir bien entrado el Círculo Polar Ártico -en Saariselka, a los pies del parque natural Urho Kekkonen- hace calor. Nadie diría que aquí se pasan nevados ocho meses al año o más.

Aquí tienen 190.000 lagos, según Wikipedia. Y me lo creo fácilmente ya que desde la frontera hasta donde me encuentro habré visto decenas. Y no eran más de 300 kilómetros de carretera. La luz es espectacular. Es casi medianoche y aqui parecen las siete de la tarde. No veo el sol porque se ha nublado (mañana creo que nos vamos a mojar... iba tocando), pero durante unas semanas no va a ponerse por estas latitudes. Y eso que todavía falta para la noche más corta del año.

Puede decirse que ha sido una jornada de transición. 500 kilómetros más o menos. Aunque eso no significa que no hayamos visto lugares alucinantes, la mayoría despoblados. Ayudaba mucho la luz de la tarde, que le daba al paisaje un volumen increíble. Desde la moto he hecho muchas fotos. Desde tierra, apenas. La transición también consistía en no parar nada más que lo justo y necesario: tomar un café, consultar el mapa -y comprar uno nuevo de Finlandia-, despertarse con Pepsi (aquí la prefieren a la Coca Cola, qué le vamos a hacer), y comer. 

Hoy el picnic lo hemos hecho en un lugar donde siempre es navidad: la casa de Santa Claus. Pero no lo recomiendo, la verdad. Es una especie de parque temático que en verano y a 27 grados pierde un poco... Pese a ello, había un montón de turistas. Nosotros queríamos hacernos la típica foto con la línea que marca la entrada al Círculo Polar Ártico... pero en verdad se entra mucho antes, justo a las puertas de Rovaniemi. Aunque ya se sabe: la Navidad es mágica y Nordkapp está muy cerquita.


La bici de Michel Fontaine
La bici de Michel Fontaine
Esto último se nota en los ciclistas. Sí, siempre hay alguien más friki (y dicho desde el respeto y el cariño más profundo) que tú. Hoy conocimos en una gasolinera a Michel Fontaine, un francés de la Bretaña que tenía intención de llegar a Cabo Norte y las islas Lofoten en bici (con remolque y todo). En su blog lo cuenta todo. Sin duda, admirable. Yo lo seguiré con atención porque me temo que a él le quedan aún algún día más que a mí para estar al norte del norte. Mañana más... Y mejor.

Nota mental: Be OK, en acústico, de Ingrid Michaelson (y no, esto no lo patrocina Movistar)

Rumbo a Noruega VI

Este post debería tener fecha de ayer, pero preferí descansar mi espalda para no arrastrar cansancio. Aún queda mucho viaje por delante. Ayer salí de Sundsvall para llegar aún más al norte de Suecia, a Lulea. La etapa fueron 500 kilómetros más o menos, y unas siete horas de viaje sin parar. Salimos por la E4, una carretera/autopista con la que ya hemos intimado. Se trata de la vía más larga de Suecia, que nace en el Sur y llega hasta la frontera con Finlandia, unos 1.500 kilómetros en total. Enseguida nos encontramos con la costa. Ha sido la primera vez que hemos tenido la sensación de ir paralela a ella porque aunque en realidad la carretera bordea el mar, entre mar y asfalto hay línea de tierra, a menudo salpicada de bosques y pueblos de pescadores.

Unos kilómetros más arriba de Sundsvall comienza la Costa Alta sueca, o Hoga Kusten, como la llaman aquí. La zona es Patrimonio de la Unesco, aunque más que por su belleza, que también, por su interés geológico. En pocas palabras, es un lugar idóneo para estudiar la isostasia, un fenómeno que describe el levantamiento de la tierra gracias a la desaparición del casquete de hielo que la cubre. Por intentar describirla de forma familiar, esta zona costera se parecería más a Galicia, por ejemplo, aunque aquí no hay montañas tan cerca del mar... Bueno, casi no hay montañas.

Otra cosa a tener en cuenta en este tramo del viaje son las gasolineras. Como a partir de Estocolmo, la población se dispersa, los núcleos grandes y con servicios también. Eso quiere decir que hay gasolineras más distantes entre sí. Por lo tanto, si entras en reserva al salir de un municipio con gasolinera, da la vuelta y reposta. Nosotros no lo hicimos y vimos la luz cuando un cartel nos decía que había una en un kilómetro. Al llenar el depósito constatamos que estábamos más secos que la mojama. Entraron más de 17 litros y según el manual de la moto, sólo caben 16... En fin.

Si nos paramos a pensar de qué vive toda esta gente que tiene casa en estos pueblos y ciudades pequeñas la agricultura y la ganadería se nos quedaría corta. La costa norte de Suecia es también una zona industrial. Y por ello, a la entrada de estas localidades se pueden encontrar grandes industrias (además de oler, porque sí, esto también pasa aquí, en el país del reciclaje y la bicicleta como medio de transporte).

Por cierto, ayer era el Día de la Bandera, fiesta nacional, y en cada barrio había al menos una casa con un estandarte. E incluso había coches que la llevaban también en el lateral. Los suecos están orgullosos de serlo y para ellos, la bandera también es sinónimo de fiesta, alegría, algo que celebrar... Por eso, por ejemplo, en un cumpleaños se puede decorar las mesas con pequeños banderines con total impunidad. Quizá esto sea la explicación de lo que nos encontramos ayer por las carreteras: tráfico de coches clásicos... y muchos de ellos americanos. Aún no me creo haber visto a un Chevrolet, por ejemplo, aparcado a la puerta de la iglesia de Grunsunda, a donde nos desviamos siguiendo el símbolo de sitio de interés y que valió la pena.

Como también era el día de las excursiones, ayer visitamos dos lugares curiosos. El primero es Norrfjarden, el lugar de embarque para visitar las islas Hollon, un paraíso que no llegamos a ver y de donde viene mucho pescado a la mesa. Para llegar a este puerto hay que tomar un desvío de 15 kilómetros por una carretera de un carril por sentido y con apenas curvas. La más pronunciada es otro desvío que lleva al embarcadero. Mirado con perspectiva, me parecía estar en una aventura de Los Cinco... No sabría explicarlo con palabras, pero es así.

De ahí tomamos de nuevo la carretera, llamémosla secundaria, y buscando la autopista nos encontramos con un desvío que nos mandaba a la E4 o a Ratan, un sitio pintoresco. No teníamos ni idea de qué era aquéllo, pero pensamos que podría ser un buen lugar para comer. Acertamos. Era un pueblo pesquero a 30 kilómetros de la costa finlandesa y que pertenece a la reserva natural de Rataskar. Nos sentamos en un merendero junto al pequeño puerto y disfrutamos de cada bocado de nuestro picnic. Después, agotamos las baterías de las cámaras haciendo fotos. Este punto lo ampliaré más adelante, cuando revele las imágenes.

Frente a las islas Kravken
Ratan, frente a las islas Kravken
A partir de aquí, recuperamos la autopista/carretera y pusimos rumbo a Lulea, la pequeña ciudad industrial donde haríamos noche, que está situada en una especie de fiordo y cuya planta en los mapas es preciosa. Sin embargo, por lo que vimos, no hay grandes cosas que ver, más alla del poblado de Gammelstad, un barrio con las casas de madera antiguas mejor preservadas de la zona, que no visitamos ante la necesidad de programar los dos días siguientes y de encontrar un sitio para cenar porque, no lo olvidemos, era un día festivo. 

Acabamos en un Max, el McDonald's sueco. Y sí, pedimos hamburguesas suecas en un sitio sueco. Yo creo que nos ganamos la nacionalidad. Por cierto, la mía era de pollo y pepino. Deliciosa y provocativa.

Nota mental: Don't feel like dancing, de Scissor Sisters

05 junio 2011

Rumbo a Noruega V

Estoy a 62.39º Norte, 17.31 Este. Esto es, en Sundsvall, una ciudad costera del centro de Suecia. Desde la ventana del hotel veo en este momento su puerto natural y las luces de la calle que poco a poco se van encendiendo, pese a que aún no es de noche. Y tardará en serlo, por la latitud y la época del año. Se trata de un sitio curioso: industrial y de piedra. Lo primero no requiere explicación. Lo segundo sí: es la primera ciudad enteramente de piedra de toda Suecia. En 1888 fue devastada por un incendio y su recontrucción se hizo siguiendo la moda de la época. Por eso su centro histórico es relativamente moderno y recuerda más a Viena que a cualquier localidad sueca. Aquí lo normal es contruir en madera.

Sundsvall
Sundsvall, centro histórico

Hoy ha sido un día tranquilo. Habremos hecho unos 500 kilómetros, pero no hemos acabado tan cansados como ayer. Supongo que la temperatura ha influido en ello. Nos despertamos a menos de 15 grados y no hemos subido de esa cifra en todo el día. Ha habido momentos en que hemos estado incluso a diez. El tiempo sigue siendo muy bueno, pero hoy sí he pasado un poco de frío. A lo mejor es lo normal... o simplemente una corriente de aire. Mañana se prevé una temperatura algo más alta, pero apenas dos grados, y menos amplitud térmica... Pese a que subiremos más al norte.

La palabra de día ha sido lago. Suecia tiene muchos y variados... Algunos de tamaño reseñable; otros casi privados. Pero los cuidan mucho: habremos pasado por cuatro o cinco reservas de agua protegidas. Y hemos comido en un parque fluvial donde los suecos practican uno de sus deportes favoritos: la pesca. El sitio era estupendo, el tiempo, agradable si hacía sol y no pegaba el viento helador. Y el menú... muy sueco: panes suecos, embutido sueco y fanta sueca con sabor a frutas tropicales. Como reyes... suecos nos hemos quedado.

Picnic con vistas
Picnic con vistas

También hemos visto el mar antes de llegar al hotel. En un pequeño pueblecito pintoresco llamado Langvind donde apenas vivirán veinte familias. Realmente parecía estar alejado de la civilización, era un lugar propio para el retiro espiritual... aunque seguramente de esos abundan en este gran país (en sentido literal). Pero incluso ahí no faltaban las banderas suecas, símbolo de fiesta y alegría. Al parecer, mañana es día nacional y eso es un orgullo para todos los oriundos de este lugar. 

Embarcadero de Langvid

Por la noche hemos descubierto que lo que dicen en las guias de viajes se cumple. Aqui es muy normal tomar café (más suave que en España, eso sí). De hecho, muchos suecos llevan en sus coches un lugar para poner la taza mientras conducen y he podido ver que lo usan de veras. Así que después de cenar, la camarera nos ofreció la posibilidad de tomar uno. La respuesta fue rápido: Yes, please!! Pues no fue uno, fueron dos, porque la tradición es que el primer café que te tomas en un sitio es a precio habitual, pero después o bien son gratis, o a un precio testimonial. Estoy por hermanarme con este país pero ya...

Nota mental: Ya no, de La bien querida

04 junio 2011

Rumbo a Noruega IV

Suecia es un país extenso y llano. Ésta es la conclusión a la que he llegado hoy después de 500 kilómetros por llanuras usadas para cultivo de hortalizas, praderas o bosques de coníferas. Y sus carreteras son rectas interminables salpicadas con áreas de descanso peculiares... e incluso con vistas a lagos que aquí consideran 'normalitos'. Hoy también he visto mi primer reno.Y sí, son tan feos como en las fotos. Al pricipio pensé que era una piedra en la cuneta, hasta que de pronto levantó la cabeza. Menos mal que era un recodo lejano de la autopista y a él no parecía impresionarle el tráfico.

De Lund hemos cruzado por el lago Vanern, uno de los más grandes y hemos acabado en Katrineholm, una pequeña ciudad industrial de paseo agradable. Y por primera vez en todo el viaje me ha sobrado ropa... Porque hacía casi 30 grados en algunas zonas. El hotel en el que estoy es un lugar curioso. Por un lado está muy cuidado, pero por otro, tiene 30 años y apenas ha cambiado. Bueno, tiene wi-fi y demás adelantos técnicos, peor la decoración es auténtica. Hay un piano hecho en Orebro precioso, y las lámparas son piezas vintage. 


Hotel Gillet, en Katrineholm
Hotell Gillet, en Katrineholm
La mujer que lo regenta es todo amabilidad y nos ha dejado guardar la moto en un garaje privado, junto a su Citroën DS, otra pieza vintage de ésas que todavia circulan y que abundan en este país. Hemos cenado en una terraza local donde todo el menú estaba en sueco y el camarero ha traducido amablemete: cerdo, pollo o vaca al grill. Sólo puedo decir una cosa: delicioso junto a su acompañamiento de bearnesa, y patata y verduras asadas. Sencillo pero eficaz. Por cierto, me estoy pensando en hacerme sueca sólo por los panes que tienen. Qué delicia. Estoy por abrir el petate de la comida y coger los bollos que no hemos utilizado al mediodía.

Mañana creo que toca ver la costa de más al norte. Parece imposible, pero todavía quedan kilómetros hasta llegar al Círculo Polar Ártico y ver el sol de medianoche. Aunque a juzgar por la hora en la que sale y en la que se pone, no parece tan lejano.

Nota mental: Quiet Town, de Josh Rouse.

Rumbo a Noruega III

Anoche no pude escribir porque estaba fundida y lo primordial era buscar el hotel para hoy. Fue un día curioso. No malo, en absoluto, pero sí repleto de 'aventuras'. Empezamos pronto. Nos levantamos a las siete y media (creo), desayunamos, unas fotitos de rigor en el hotel y a levantar el campamento. Tocaba ir de Munich a Puttgarden para coger un ferry hacia Dinamarca, y luego cruzar a Malmö por el 'superpuente' de Öresund. Se trata de una megaestructura que salva 18 kilometros y por la que circulan coches y trenes. Es espectacular porque en la parte danesa empieza como un túnel subacuático para dejar pasar a los barcos y luego se circula en superficie por un puente atirantado sobre el mar.

Nuestra parada final estaba a 16 kilómetros de Malmö, en Lund, una bonita ciudad universitaria de las que recomiendan no perderse. Lo teníamos bien calculado para llegar a media tarde, descansar y pasear. Además, habíamos cogido una habitación - estudio en un aparthotel céntrico. Sin embargo, al final acabamos llegando a las diez de la noche, que en estos países es como la una de la madrugada, y usando la recepción telemática. ¿Por qué? Cosas del directo.

De Munich a Puttgarden la autopista tenía algunos tramos en obras. Estaba todo muy organizado, pero en esas zonas el tráfico era denso y más lento, claro. Aunque se compensaba porque por la parte libre, pues eso, pasaban los alemanes a 150 tranquilamente, y si te ponías en el carril del centro e ibas más despacio, hacías trenecito. Nos encontramos un par de atascos: uno cerca de Bremen por las obras, que fuimos sorteando gracias a ir en moto y a que los alemanes te dejan paso sin problema.

El otro fue cerca de Hamburgo por un accidente (sin consecuencias, sólo chapa) pero en un tramo en obras. Este sí que era un señor atasco, también lo sorteamos, pero con calma, muucha calma. Luego, paramos a comprar pan para comer... ejem, panecillos, porque no había baguettes y acto seguido nos fuimos a un área de descanso de la autopista de esas con árbolitos encantadora para pasar un rato, aunque mejor a la sombra porque el buen tiempo nos acompaña.

Reiniciamos la marcha y llegamos a Puttgarden sin problemas. Y aquí tuvimos una SUERTE impresionante. Llegamos a las cabinas del ferry diez minutos antes de que éste saliera. El hombre que nos atendió fue muy amable y nos vendió el billete para pasar a la parte danesa, Rodby. Que también servía para el ferry de Helsingor a Helsinborg... No teníamos muy claro este tramo porque nosotros pensábamos pasar de Copenhague a Malmö. Sin embargo, como habíamos dicho que nuestro destino final era Suecia el hombre pensó (o a lo mejor se lo dijimos nosotros) que cruzaríamos también en barco. En total eran 62 euros.

Subimos al ferry los penúltimos, atamos la moto  y subimos a cubierta para hacer fotos y ver la perspectiva. La experiencia fue bonita, supongo que por exótica para mí. Aunque hubo algo que llamó mi atención:  el barco estaba lleno de coches con remolques hasta los topes de cerveza. ¿Señal de que en Escandinavia el alcohol es caro? Aquello parecía la Andorra de la bebida. Desembarcamos con fluidez y pusimos rumbo a la capital danesa por una autopista con tráfico, pero sin agobios.

Ferry de Puttgarden a Rodby
Ferry entre Puttgarden (Alemania) y Rodby (Dinamarca)
Todo iba sobre ruedas hasta que llegamos a Copenhague.O más bien a la altura del aeropuerto. Cuando íbamos a seguir en dirección al puente de Öresund, la policía obligaba a desviarse al aeropuerto. En principio pensamos que era una ruta alternativa, pero no. Cuando el atasco empezaba a coger dimensiones y la gente salía calmada y con paciencia de su coche, un taxista nos explicó el misterio: el puente estaba cerrado por el viento. Debe ser algo común cuando el tiempo no es el adecuado, así que una vez que mejoran las condiciones mejoran, vuelven a abrirlo. Todos los 'atascados', por tanto, estaban esperando a que se volviera a abrir, pese a que 'nobody knows' cuando iba a pasar. Tampoco se les veía preocupados...

Ante esto, el taxista nos recomendó ir por Helsingor en ferry, si teníamos 'prisa'. Eso suponía 40 kilómetros por autopista hacia el norte. Y fue lo que hicimos. Llegamos preocupados por si en el hotel cerraba, cogimos el ferry (con el ticket ya pagado: gracias, señor del ferry de Puttgarden). Y cruzamos. Anécdota incluida porque estábamos los primeros y aquello parecía la salida de un gran premio de Fórmula 1, y porque al abrirse la compuerta del barco, un pez cayó del cielo... Y casi nos acierta.

Volvimos a la autopista en dirección Malmö después de comprobar lo bonito que es Helsinborg y nos plantamos a las diez en el hotel, que estaba cerrado, pero con un teléfonillo para abrirnos y gestionar el tema de la llave del apartamento. Nos la habían dejado la en una consigna. Entramos sin problema en un ático precioso y todo de Ikea (como no podía ser de otro modo), cenamos unos calamares en su tinta hechos por el señor Calvo y algunos piscolabis más (el tema comida merece capítulo aparte) y buscamos el sitio desde el que estoy retocando estas líneas escritas a las seis de la mañana porque en Lund, a esas horas ya entra un sol por las claraboyas como si en España fueran las doce del mediodía.

Camino de Lund al 'atardonochecer'
De Malmö a Lund al 'atardonochecer'

Nota mental: Mr Jones, de Counting Crows

02 junio 2011

Rumbo a Noruega II

Segundo día de viaje y segunda vez que clavamos 800 kilómetros a nuestras espaldas. El destino de hoy era un hotel en Ostbebern, un pueblo cerca de Munich, pura Alemania. La diana tocaba a las ocho, pero media hora antes ya estábamos en marcha. No hubo tiempo para conocer Orléans. Cogimos rápidamente la autopista y pusimos rumbo a Bélgica. Velocidad crucero y apenas un par de paradas para repostar y descansar antes de comer fue todo lo que hicimos. Aunque también hay fotos en marcha que aún no he descargado de la cámara.

Sabíamos que antes de salir de Francia teníamos un punto crítico: había que pasar París, aunque fuera por las radiales. Y si en una ciudad pequeña hay atascos, en esta gran urbe ni quería pensarlo. Hasta que nos plantamos a las afueras... Misteriosamente no teníamos problemas de fluidez... al menos en nuestro sentido, porque los que salían de la ciudad de la luz hacia el Sur no pueden decir lo mismo. Con paciencia y el Tom-Tom fuimos tomando las carreteras adecuadas para rodear la ciudad. Es curioso cómo se ve desde fuera. Uno piensa que París es precioso y que sería estupendo vivir allí. Pero claro, eso depende de si tienes que alojarte en el centro o hacer tres millones de transbordos porque vives en las afueras.

Por carretera, parece que no se termina nunca. Ni la ciudad ni los atascos. Porque todo el mundo quiere salir de allí, aunque sólo sea jueves. Hacia el norte también se forman 'bouchons'... Pero en este caso son más lejanos: a cinco kilómetros en dirección Lille. Y se acaban una vez que se pasa el desvío para el Parque Asterix... Esta es la gran diferencia entre los que se marchan de París y los que se refugian fuera de ella al menos unas horas.

De ahí hasta la frontera con Bélgica no hay mucho que contar... Es más de ver. El paisaje deja de ser una inmensa llanura salpicada de molinos de viento (qué bien les aprovechan, oye, porque de eso tienen a mansalva) para convertirse en suaves ondulaciones con sembrados extensos y pueblo con torre de iglesia picuda al fondo. Vamos, una estampa muy de envase de mantequilla. Dejamos atrás los castillo del Loira y los cambiamos por trigo, cebada, remolacha...

Una vez se cruza la frontera, que está en una curva de izquierdas, llega Bélgica y sus autopistas sin peajes, con guardarraíles oxidados, pero firme firme. No suele haber grandes problemas de tráfico, aunque nosotros sí nos hemos encontrado varios tramos en obras. Lo que sí abundan son los árboles a los lados de la carretera. Y se agradecen porque como en el norte de Francia, hay viento para dar y tomar. Al principio no te importa, pero tres horas después empieza a ser incómodo, y a las seis ya te duele el cuello de la resistencia.

Pasamos por Charleroi (para mí era un equipo de baloncesto hasta hoy, a partir de este mediodía es la gasolinera más loca del mundo, con perros en motos, mercedes imposibles, deportivos carisísimos y camioneros a tutiplén) y luego por Lieja. Pero apenas ves nada porque vas encajonado en la vía entre árboles y barreras para evitar el ruido. Y casi sin darte cuenta y sin hacer ruido, giras a la derecha y llegas a Alemania, donde también hay cero peajes, al menos en nuestra ruta.

El viento ha seguido, pero al menos hemos podido compensarlo con las autopistas sin límite de velocidad. Es increíble, pero la gente circula el doble de mejor por ellas cuando no hay límite que cuando sí lo hay. Nosotros hemos intentado no ser una 'chicane' móvil y también hemos probado a ir a más de 130, la velocidad recomendada. Es flipante lo alemana que es nuestra moto: ni se movía la tía. Y creedme si os digo que nos han adelantado muchas veces pese a todo. Ahora bien, una cosa es que vayan rápido y otra que no respeten las señales. Como de pronto hay un disco de prohibido ir a más de ochenta... Ni Dios se atreve a contradecir la norma. Los alemanes son así.

Y si, también tienen carreteras urbanas de un sólo carril por sentido, como la que nos ha traído hacia el desvío del hotel. Bonita, con sus curvas (para descuadara el neumático no, pero para practicar un poco, al menos), sus señales, sus pasos de cebra, sus granjas a los lados... Vamos, todo muy bucólico y pastoril. El sitio donde dormimos hoy es un establecimiento de olé. Cuando lo reservamos pintaba bien, pero una vez en él... Chapeau! Es un señor hotel. Al parecer, antes era una fábrica que han transformado en un lobby, un restaurante (de exquisito gusto en la decoración), un bar con una terracita más que agradable y cuatro edificios de habitaciones decoradas con varias temáticas. La nuestra es la Motorrad... No os digo más. Por cierto, se cena de lujo. Y los vinos alemanes son... curiosos y dan sueño. Buenas noches

Hotel Ostbebern
El hotel era antes una antigua fábrica y ha respetado sus edificios
Nota mental:  Llevo todo el dia tarareando una canción que ni es de mis preferidas, pero ahí va: Fotografía, de Juanes y Nelly Furtado

Rumbo a Noruega I

Para los que no lo sabéis... Oficialmente hoy ha sido mi primer día de vacaciones. Este año el plan es ir a Cabo Norte, en Noruega, y volver, claro. Así que ya estamos en ruta porque, hijos mío, Europa is 'too big'. Hoy duermo en Orléans, aunque no hemos podido ver el centro. Dicen que es una ciudad preciosa... mañana puede que lo compruebe. Hoy me conformo con las vistas de mi ensalada... suroeste. Los franceses tiene conceptos muy raros de lo que son las ensaladas: ésta tenía lechuga, maíz, tomate, bacon, un huevo frito e ¡hígado! Menos mal que me gustaba todo. Y no, no hay foto, había hambre, jajaja.

Hoy nos hemos metido 800 kilómetros entre pecho y espalda... En moto, para los despistados. Y sólo nos llovió en casa. Ejem. Todo un clásico. Así que os podéis imaginar que hemos llegado reventaítos... Aunque eso sí, hemos venido por autopista y parando en áreas de servicio que poco tienen que ver con las españolas. Aquí, en Francia, son zonas casi 'amontesadas' con sus zonas de picnic, sus aparcamientos civilizados, sus baños que huelen a limpio... En fin, un descubrimiento.

También es cierto que aquí las autopistas de cartel azul son de peaje. Pero al menos se puede pagar con tarjeta sin problema. Lo que nadie espere es que no haya atascos porque los hay. En Burdeos, por ejemplo, con tanto tráfico de camión. Y cuando hay un accidente, por pequeño que sea, las colas que se hacen son de escándalo. Sin embargo, la gente parece más paciente. O seré yo, que estoy de asueto.

De paisaje no hay mucho que contar. Francia es un país llano y vasto, por lo general. Hemos transitado en su mayor parte por el valle del Loira, que se identifica por sus castillos. Me gustan estas construcciones. No son como los de mis cuentos, pero tienen mucho encanto. Como las 'cottages', y éstas sí salían en mis libros. El color de hoy ha sido el verde-amarillo. No sé qué cultivan por estas fechas en las huertas francesas, pero son unas hierbas de un amarillo casi fluorescente que tienen reflejos verdes e incluso lilas.

Por cierto, a las diez de la noche es de día todavía. Para mí es un descubrimiento porque siempre trabajo hasta más tarde y no me doy cuenta de estas cosas. Viva junio.

Nota mental: I kiss a girl, versión de William Fitzsimmons
Post antiguo Inicio