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29 febrero 2016

El taller del último cubero

- ¿Qué vino es mejor?
- El que te gusta.

Fin de semana en Briñas (La Rioja

Hace dos semanas estuve visitando una bodega. No era la primera vez. Allá por la prehistoria, hice un viaje por trabajo a Argentina en el que estuve cinco días en la provincia de Mendoza y conocí las asociadas a la Great Wine Capitals (entre ellas, la de la familia Zuccardi, que siempre recordaré por su trato familiar y el magnífico asado que nos prepararon). Fue una experiencia fantástica, pero que no supe aprovechar en su totalidad por la falta de experiencia. Así que ahora, diez años después, me apetecía volver a probar, sobre todo porque ahora bebo vino con más consciencia.

La elegida fue Muga, en Haro. Me hacía ilusión ver cómo se hacía el vino que disfruto de vez en cuando (sobre todo, el crianza). Estuvo interesante y fue muy entretenido. La guía era una mujer simpática y muy afable, de las que huyen de la pedantería, pero que explicaba todo muy bien, sin dejarse nada. Daba la sensación de que la bodega era como su casa y la gente que allí trabajaba, parte de su familia (no era el caso, aunque tampoco sería raro porque esta bodega sigue en manos de los Muga, sus fundadores, que tienen muy a gala mancharse las manos con su producto).

Fin de semana en Briñas (La Rioja

Entre las cosas que aprendí es que el vino bueno es algo muy personal. Si no te gusta uno, por muy reserva que sea o muy caro que lo vendan, no tienes que sentirte mal. De lo que se trata es de disfrutar con la copa que te tomes, como si es un vino joven que no ha visto la madera ni en fotos. La verdad es que este es el mejor consejo que le pueden dar a una persona a la que le gusta este brebaje y le acompleje hablar de él por falta de conocimientos. De lo que se trata es de dejarse llevar por los sentidos, como en todas las cosas buenas de la vida.

Fin de semana en Briñas (La Rioja

Pero más allá de estas reflexiones de aficionada de pacotilla (y a mucha honra, oiga), hubo un espacio de todos los que visitamos que me encantó: el del cubero. Se trata de una habitación donde este hombre se aplica en remendar las barricas viejas y reemplazar las inservibles por otras nuevas. Las hace mano a mano desde cero, que en este caso es desde que les traen en tronco de roble francés. Según la bodega, es el único que está en plantilla de una bodega.

Fin de semana en Briñas (La Rioja

Me encantó pisar aquel taller y ver todas las herramientas dormidas, el calendario de toda la vida colgado en la pared, las duelas ordenadas, la madera aún caliente después de haber sido cocida... Cada vez valoro más a la gente que trabaja y hace cosas con sus manos, a los artesanos (aunque esta palabra ha perdido parte de su significado en los últimos años). Dice La Vanguardia que del taller de Jesús salen mil toneles al año. El País asegura que es el último tonelero de España. Le quedan cinco años para cumplir la edad de jubilarse y tiene tres ayudantes, uno de ellos es su hijo, lo que en cierto modo asegura el relevo generacional. Me parece magia pura.

Fin de semana en Briñas (La Rioja

Fin de semana en Briñas (La Rioja

Fin de semana en Briñas (La Rioja

04 agosto 2015

El encanto decadente de Eaux Bonnes

Cuando viajo por Francia tengo la sensación de estar en la patria de la belleza decadente. Los pueblos por los que paso no se afanan por esconder sus arrugas, a lo sumo las maquillan con una mano de pintura pastel, coloridas macetas de flores y cortinas a cual más delicada. No son los pueblos de la perfección, sino de la coquetería. Y a mí me encanta, claro.

Estas vacaciones pasé por muchas de estas villitas, aunque hoy solo quiero hablar de una, Eaux Bonnes (435 habitantes), en la región de Aquitania y en plenos Pirineos. En realidad, quizá sea la menos cuidada de todas por las que he pasado este julio, pero tiene una magia increíble. Con y sin sol. Estuve durante dos días y me alojé en el Hotel Richelieu, un establecimiento que data de primeros de siglo XX y que, como se diría en francés, es 'très joli'. Los dueños han hecho un esfuerzo por actualizarlo, pero sin perder su identidad de local antiguo. Si vas buscando algo moderno, olvídalo. Pero si no, es un lugar muy agradable y con un restaurante para cenas sencillo, pero de cocina sabrosa.

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Eaux Bonnes está a cinco kilómetros de Laruns y 12 del col del Aubisque, una de esas cimas gloriosas del Tour de Francia que recibe el peregrinaje habitual de ciclistas aficionados, moteros y turistas en general. Lo primero que se percibe en este pueblo, construido alrededor de los rectangulares Jardines de Darralde, es el abandono. Su etapa de esplendor queda muy lejos de nuestros días, allá por el siglo XIX, cuando las aguas termales lo elevaron como destino turístico para los personajes de la época. Hoy, sin embargo, muchos de los edificios presentan un estado un poco tristón (alguno amenaza derrumbe, incluso). 

Pyrenees - 037
Foto de Jame Drumsara
Entre ellos está el grandioso Hotel des Princes. Fue construido en 1860 y se convirtió en el más lujoso de la época en Europa. En él se alojaron muchos nobles, entre ellos, la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, que también puso de moda el veraneo en Biarritz (hoy, su palacio ya no es privado, sino el exclusivo Hotel du Palais). Su fachada neoclásica todavía impresiona cuando uno pasa por delante. En su momento, tuvo hasta pista de tenis (queda la puerta), una instalación que se ganó a la propia roca que encajona el pueblo y que hoy está cubierta de hierbajos.

Cuando estaba a punto de cumplir los cien años (un cumpleaños memorable para cualquiera), le llegó la hora del cierre. La crisis del termalismo era más que incipiente: los médicos ya no recetaban las aguas para curar las dolencias, sino aspirinas y demás medicamentos, así que el número de interesados en estas terapias fue reduciéndose sin miramientos. Desde entonces, sigue esperando un nuevo resurgir. Ha habido algunos intentos, pero no le ha sonreído la suerte.

El último tuvo lugar a principios de la década del 2000. Las autoridades locales, que lo han declarado como un edificio de interés y valor arquitectónico, lo vendieron a un fondo de inversores inmobiliarios que prometió rehabilitarlo y recuperar su esplendor, pero el proyecto pinchó. Digamos que sus nuevos dueños salieron rana y el hotel hoy casi amenaza ruina, entre polvo, telarañas, grietas y humedades.

Eaux Bonnes: Hotel des Princes
Foto de Gonzalo de las Heras
El local no ha tenido la suerte de otros edificios vecinos cuyos dueños los han reconvertido en apartamentos de alquiler para aficionados a los deportes de invierno, fundamentalmente. Sin embargo, las autoridades locales no pierden la esperanza. Ahora confían en que se salve más temprano que tarde gracias a su plan para relanzar el turismo termal. De hecho, el balneario de Eaux Bonnes, que se ha mantenido abierto estos años, está en plena reforma, un proyecto ambicioso y caro (unos 7 millones que en parte financiará el gobierno regional de Aquitania) que avanza, aunque con cierto retraso.

Este año, la temporada de curas se ha tenido que anular cuando ya había 650 reservas, según informa el periódico Sud-Ouest. Una ruina pero que podría solventarse cuando acaben los trabajos. Sobre todo después de ver la burbuja futurista con piscina incluida (de momento solo está el esqueleto, eso sí aunque creen que podría estar terminada para octubre). Más de uno no va a perder el tiempo en estrenarla cuando la inauguren así nieve... Buena pinta tiene. Por cierto, el nuevo proyecto ya no pretende vender Eaux Bonnes como una ciudad balneario para curarse en sus aguas, sino para relajarse en ellas gracias a su spa termal (la denominación de moda).

Eaux Bonnes tiene también un casino, como las grandes ciudades. Pero más allá de jugarse allí a la ruleta, los mayores hacen juego a las cartas y al dominó, y los jóvenes... pues lo usan como centro cultural. El inmueble es imponente (aunque alguna parte está tapiada y se ve que tiene goteras) y tiene una larga historia porque también sirvió de alojamiento a los soldados americanos durante la Gran Guerra, tal y como informa una placa en la fachada.

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Foto de Hans Porochelt
El casino es, asimismo, el punto de partida del Paseo Horizontal, una ruta casi llana, con poco desnivel, algo singular en un pueblo tan pindio.

Eaux-Bonnes, Pyrénées-Atlantiques: près du casino.
Foto de Marie-Hélène Cingal
Hacerla no tiene complicaciones. Son casi 4 kilómetros (aunque en su momento llegaba hasta la vecina Eaux Chaudes, en la carretera que sube al Portalet) cómodos, abrazados por la sombra de los árboles y con grandes vistas de la zona. Merece la pena el paseo. Si lo que buscamos es algo un poco más fit, el ayuntamiento ha instalado un pequeño circuito deportivo al estilo 'crossfit' con explicaciones y todo. Muy divertido, por cierto.

Eaux Bonnes: paseo horizontal

Eaux Bonnes: paseo horizontal
Fotos de Gonzalo de las Heras

En los alrededores del municipio también hay algunas casas de gran belleza y valor arquitectónico. Una es Villa Meunier, un chalet de estilo inglés, situado en la ruta a Gourette y cuyo primer dueño fue el médico Valéry Meunier; otra, Villa Escarapela, una construcción de 1937 hecha para el escritor inglés Dornford Yates en el camino de Aas; y la última, Villa Preller, a la entrada del Paseo de la Emperatriz (al fondo del pueblo).

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30 julio 2014

El Tour de los Pirineos

Cuando uno cree que no puede, siempre puede más. No se trata de una frase hecha ni de un lema barato de esos que tan de moda están en Instagram. Es la verdad. Yo lo he aprendido en los últimos tiempos. Y me lo ha enseñado el deporte. Suena a eslogan cutre, pero no todo lo cierto suena bien. 

Hoy, a falta de un día para volver al trabajo, repaso las fotos de mi último viaje y los objetivos que tengo por delante (deportivos, de los otros no gasto ya, pero eso es harina de otro costal) y me doy cuenta de ello. De cómo he sido capaz de superar retos que dibujaba inalcanzables. Y me siento orgullosa. Por habérmelos metido en el bolsillo, simplemente. 



Ya he dicho en alguna ocasión que corro y que me gusta hacerlo. Sufro también, y me cuesta vencer la pereza, pero lo hago. Cuando empecé, avanzar un kilómetro en 5'30 me parecía un sueño. Hoy es un ritmo habitual en mis salidas. Sus esfuerzos me cuesta, vaya, que no es que vaya haciendo crucigramas mientras tanto, pero voy bien. También me parecía entonces que correr 10 kilómetros era todo un hito, y que hacer una media maratón era de marcianos. Y sin embargo he hecho dos y tengo una tercera en mente para noviembre.... 



Todo ello requiere de paciencia, motivación y entrenamiento. En una palabra, de esfuerzo. No se puede conseguir sentado en una terraza o tumbado en el sofá. Y hay días que maldices el momento de levantarte y calzarte las zapatillas: porque estás cansada, porque hace malo, porque hace mucho calor... Pero a los diez minutos de estar corriendo se te pasa todo. O ese día decides tomártelo libre y al día siguiente lo coges con más ganas. 

Por supuesto, todo esto no se puede hacer sin tiempo. Y administrarlo requiere de cierta pericia, sobre todo si no te sobra y no quieres renunciar a otras formas de ocio. Sin embargo, mi experiencia me demuestra que siempre se saca de algún lado y con gusto. El número de entrenamientos, al fin y al cabo, te lo pones tú en función del objetivo y, no lo olvidemos nunca, esto es una afición. Sin obsesiones. 

Este último viaje ha reafirmado mi posición al respecto del 'si quieres, puedes' (al menos, en materia de superación). La propuesta era ir a Pirineos y subir una serie de puertos. Entre estos pasos de montaña había alguno que le sonará hasta al más despitado: el Aubisque y el Tourmalet. No había pretensiones. Se trataba de hacerlo al ritmo que cada uno pudiera, con la única meta de disfrutar y pasarlo bien. 



Yo tenía muchas dudas. Correr he corrido, pero andar en bici... desde la fallida experiencia del verano pasado -con la BTT y unos pedales automáticos que me hicieron renunciar al primer día- no había vuelto a salir. Bueno, sí, para probar a la Suiza, una preciosidad de carretera que llegó por mi cumpleaños. Pero me lancé. Eso sí, con rastrales, nada de calas y trampas similares. 



El resultado ha sido más que satisfactorio. He reído, he sufrido, he cantado, he maldecido... Me lo he pasado genial. He descubierto que me gusta andar en bici, aunque me da pereza salir sin compañía porque no me gusta el tráfico; que soy torpe, pero un poco menos de lo que creo; que la cabeza tira más que las piernas y yo soy muy testaruda; que juntos es mejor, pero sola no se me da mal; que hay cimas que apenas levantan 400 metros del nivel del mar; que bajarse o parar un rato no es una derrota sino el principio de la victoria... Y que puedo, incluso cuando creo que no puedo. 

23 abril 2014

Mi road movie por el sur de Portugal

Si me dieran a elegir un género cinematográfico con el que guionizar mi vida elegiría una road movie. Los momentos a los que me agarro cuando me encantaría fundirme con el sofá y la manta hasta las orejas son siempre en movimiento. Yendo hacia algún sitio. A veces ni siquiera uno concreto.

Tejados de Tavira
Tejados de Tavira

Hoy, por ejemplo, me encantaría despertarme en el Algarve. Esa luz me arrebata. Y no porque haga sol. Me desayunaría en Tavira un galao con pan y buen aceite a la orilla del río mientras la ciudad se va despertando y llegan los turistas. 

¿La carta, por favor?
Carta a la vista en Tavira

Luego, me iría al mirador sobre la playa de Monte Clérigo, cerca de Ajezur, a escuchar las olas y a leer un rato. Pero lo haría por carreteras secundarias y parando a tomar un segundo café en cualquier bar de cualquier pueblo, mientras las mujeres vuelven del mercado.

Playa de Monte Clérigo
Mirador de la playa Monte Clerigo

Comería en Vila do Bispo unos percebes y un buen pez a la brasa, el del día, el que hayan pescado esa mañana. Luego, pondría rumbo a la playa de Mareta o la de Tonel, en Sagres, para echar la siesta. Y después, me calzaría las zapatillas para correr por la carretera que te lleva al Cabo San Vicente mientras el sol me deslumbra y el viento -que no para nunca en esa punta de la tierra- me seca el sudor y la boca.

Al fondo, la fortaleza de Sagres
La fortaleza de Sagres desde el Cabo San Vicente

23 agosto 2013

De norte a sur y a norte. Capítulo II. Surcando las dos Castillas

El martes amaneció hermoso. Vamos, que no había una sola nube en el cielo, lo que suponía una novedad interesante después de semanas de verano-invierno. Nos levantamos pronto. Antes de que sonara el despertador ya estábamos despiertos. Desayunamos como siempre y a mí me dio tiempo a dejarlo recogido sin prisas. Cogimos las maletas y cerramos la casa. Habíamos dejado el coche en la calle de atrás, aparcado junto a un contenedor de vidrio para facilitarnos la labor de meter las cosas. Dejamos los macutos y sacamos las bicis del garaje. Las metimos dentro bien colocaditas y sujetas. Tocaba cargar el cedé. Elegimos cinco y arrancamos.

Mientras salíamos de la ciudad yo puse el regalito que le habíamos comprado a Sato: un pino. Ajá, somos unos clásicos y el día anterior habíamos cogido un ambientador con solera. Somos así... De 'freakies'. Ya os lo he dicho. Por delante nos quedaba una buena cantidad de kilómetros. Habíamos partido el viaje de ida en dos y elegimos Cuenca para hacer noche. No conocíamos la ciudad y habíamos hablado más de una vez de ir.



En esta casa conduce el hombre de la casa. La mujer, o sea yo, soy una inútil que se sacó el carné hace doce años y no ha vuelto a coger un vehículo. Además, no me atrevo a hacerlo sin dar unas buenas clases de recuerdo, pero como lo voy dejando porque me da miedo... pues así me luce el pelo (pasopalabra, aunque el mes que viene iré a pedir hora a la autoescuela).

La idea era ir lo más directos posible, aunque sin pasar por Madrid. No nos importaba que en ciertos tramos tuviéramos que dejar las autopistas y surcar carreteras menores (siempre y cuando hubiera gasolineras o el depósito estuviera lleno). Por eso salimos en dirección Logroño-Soria lo más directo que se podía. El recorrido nos lo conocíamos de algunas excursiones, así que no nos importaba perdernos algo. La primera parte de la mañana fue tranquila. Había poco tráfico y eso lo agradecimos. Había que ir cogiendo confianza. El pino de Sato era de los buenos... parecía que estuviéramos lo menos en Las (pobladas y frescas) Landas.

Una vez llegados a la capital riojana pusimos rumbo a Soria. No era autopista, pero sí una carretera más o menos rápida. Con tráfico al principio y más tranquila después. El paisaje hacía ya bastantes kilómetros que se había vuelto más amarillo y plano. Y el calor apretaba con fuerza. Pasada la ciudad, volvimos a la autopista. Primero la A-15 y luego la A-2. Fue en ésta última en la que decidimos que había que llenar el estómago. Intentamos buscar algún sitio donde desviarnos un poco para encontrar algún bar porque no queríamos hacerlo en una gasolinera, pero tampoco sabíamos muy bien dónde.

Medinaceli hubiera sido un buen sitio porque el primer sitio estaba muy cerca de la salida de la autopista y tenía parking... pero eso lo vimos una vez que nos saltamos la salida. Así que enseguida vimos un área de servicio en una zona en obras y ahí que repostamos. El sitio era normal. Una gasolinera con un bar-restaurante de batalla. Era pronto, antes de las dos, y solo había dos mesas más ocupadas: un camionero y una familia de británicos en la que el único que hablaba castellano era el hijo.

Acabado el ágape, tomamos un café con hielo y volvimos al horno... digo al coche (gracias, aire acondicionado). Empezaba la parte más divertida del viaje. Había que llegara  a Cuenca, pero no había autopistas directas. Cogimos la N-204, poco transitada y con sorpresa.  No era un recta interminable, sino que también tenía sus curvas y... su embalse. El de Entrepeñas. Somos muy fans de este tipo de cosas, así que se nos hizo entretenido.



Luego, pusimos rumbo a la ciudad manchega por la N-320. Realmente nuestro destino no era ella, sino siete kilómetros más allá, en dirección al pueblo de Buenache de la Sierra. Al principio, pensamos que pasaríamos el centro urbano de largo. Una lástima, pero ya estábamos con ganas de llegar al destino y aprovechar la piscina que anunciaba el hotel. Pero conforme el GPS iba acercándonos a Cuenca nos dimos cuenta de que íbamos a cruzar todo el casco histórico.

Después de un problema con sus indicaciones ya en pleno callejeo, volvimos a encontrar la ruta... Y yo pasé más miedo que en la montaña rusa. ¿Por qué? Pues porque nos metió por todo el centro antiguo, que eran unas callejuelas empinadas, adosadas y estrechísimas, con semáforos de paso alternativo, autobuses y muuuchos peatones. Y yo llevo muy mal el tema de quedarse parado cuesta arriba y salir embragando y con freno de mano. Ejem.

Después de ¿cinco? minutos que a mí se me hicieron dos horas llegamos a la parte más alta y cruzamos el último arco. Salimos a una carretera de doble sentido pero estrecha. La Cueva del Fraile estaba a siete kilómetros. Fue lo mejor del viaje. La vía serpenteaba por la Hoz del Huécar y dejaba paisajes maravillosos. De hecho, desde alguna recurva se veían hasta las casas colgantes. La estampa de Cuenca era imponente. Volveremos porque nos quedamos con ganas de correr por ella, de hacerla en bici, de pararnos en los improvisados miradores que ahora sí conocemos...

La llegada al hotel fue tranquila. Aparcamos, sacamos las maletas y nos registramos. El sitio era muy interesante. Se trataba de una especie de antiguo monasterio, con varias dependencias. Para ir a ellas había que pasar por el patio, que estaba empedrado, lleno de árboles y hiedra, y recién regado para refrescarlo. Un oasis ante los treinta y muchos grados que hacía. En la parte trasera del edificio estaban la piscina, un bar y un salón para convites. Sin duda es un lugar ideal para 'BBC' o reuniones de grupos grandes de amigos.


Experimentando

Nuestra habitación daba al bosque. Dejamos los bultos y no tardamos en bajar a darnos un chapuzón. Aunque al final nos quedamos en la orilla -cosas de que alguien se olvidara el bañador- con un buen refresco y un libro. En mi caso: 'Nacidos para correr'. El día acabaría en una refrescante tormenta y con una cena reconfortante cuyo postre parecía haber sido cortado por alguien muy de Bilbao. Media sandía me pusieron. Y se quedaron tan anchos. Yo también empezaba a encontrarme ciertamente ancha... y solo era el primer día.



[Anteriores: Capítulo 1]

16 agosto 2013

De norte a sur y a norte. Capítulo I: de cómo se hacen las maletas para desmantelar un coche

Esta crónica de viajes podría perfectamente titularse algo así como 'yo iba para cinco días a Granada y tardé tres semanas en volver'. Fueron mis vacaciones de este verano. Salí un martes 9 de julio y volví un sábado 27 al hogar. Lo que hice entre tanto fue una aventura como ésas que tanto me gustan cada vez que me dan la carta de libertad por unos días. 

Esta vez, sin embargo, mi maleta no era un macuto ni iba en moto. Unas semanas antes de darme a la fuga, mi costillo y yo nos habíamos comprado un coche de segunda mano. Sato. Daewoo Tacuma. Para más señas. Doce años, verde azulado y de asientos extraíbles. Esto último será importante. 

El plan inicial era claro. Queríamos hacer la ruta Pedales de Granada en cinco días. Es decir, cinco días andando en bici de montaña por La Alpujarra y Sierra Nevada. El año pasado ya habíamos hecho algo parecido, Pedal's de Occitania. Nos gustó mucho y, sobre todo, estaba dentro de mis límites. Porque yo no soy ningún portento físico. 

Estaba muy motivada, aunque no había entrenado ni una 'miajita'. Esta vez menos que la anterior. Tan alta de moral andaba que me compré unas calas automáticas y unas zapatillas adecuadas cuatro días antes de salir. Después de una prueba de ¿una hora? en el garaje me dije: 'Esto ya está más que controlado'. Molaba mogollón. Estéticamente. Y luego me fui a cortarme el pelo a una peluquería que ni conocía. A lo loco. Sí, estaba crecida como un río en pleno deshielo.



El día anterior a salir era lunes. Hicimos los últimos recados. Cosa de poco porque en las últimas semanas ya nos habíamos proveído de lo necesario. Incluida una guía de carreteras de España y Portugal que a la postre sería importantísima. Lo más complicado era lo de siempre: hacer las maletas. Cada uno llevaba dos: la de 'civil', con su neceser y sus accesorios; y la de ciclista, con sus trajes, sus mochilas, sus botellas, sus 'camelback', sus cascos… y sus bicis. 

A mí, como siempre, me costó más dejar a punto esta última. En pleno proceso descubrí que tengo más ropa de ciclismo de lo que pensaba y que algunas cosas son más que bonitas. Cosas del costillo, que para eso tiene un ojo envidiable. Todo ello debería haberme dado una pista de lo que podía avecinarse, pero seguí sin verlo. ¿Cómo era posible que en un año no me hubiera vuelto a poner algún trajecito de estos y que otros, los de invierno, estuvieran todavía con las etiquetas?

Luego llegó el momento del aparataje electrónico. Esta parte es inherente a esta pareja. Nos gusta más una cosita de estas que una onza de chocolate. Dentro de lo más importante estaba el GPS, que yo no manejo, pero que estaba listo y cargado (de batería y de los tracks que nos había facilitado Antonio, el 'alma mater' de Pedales de Granada, otro personaje estelar). También los pulsómetros. El mío, un Polar F40, se había pasado semanas sin pila, pero la semana de antes, ya de vacaciones, le había llevado al servicio técnico y había comprado una nueva banda de pecho de mi tamaño (por primera vez).



Pero hay más. Somos aficionados a la fotografía, así que las cámaras no podían falta. La duda era si llevar solo las cámaras compactas y las Go Pro, o incluir las réflex. Respondí rauda y veloz: "Yo creo que es mejor dejarlas. En la bici no las vamos a llevar y para dejarlas en el coche o que nos las lleven día a día de un hotel a otro con el riesgo que eso conlleva…". Aún me arrepiento. Y creo que no me queda vida para expiar la culpa. Moraleja: no salir de viaje sin ella… NUNCA.

Dicho lo que dije, nos repartimos las compactas. Gonzalo se quedó con la irrompible -le llamamos la blindada-, que es una Nikon Coolpix AW 100 que se puede mojar y golpear sin que te dé un infarto del miedo a que no funcione. A mí me cedió la Canon S90, un lujo, porque permite toquetear la velocidad y la apertura dentro de unos límites, además de que el enfoque puede ser manual si lo quieres. Fue un regalo que le hice en un viaje anterior y que encontramos en Livigno, un paraíso al estilo Andorra, pero en la frontera italiana. Lo que molaba, de todos modos, era llegar allí por aquellas carreteras de montaña.

El otro asunto peliagudo (para dos 'freakies' como nosotros) era elegir los cedés que nos íbamos a llevar en el coche. Sato tiene un radiocedé de la pera. Es más, también puedes poner cintas, lo que supone que puedes comprar un adaptador para que suene la música del iPod a través de él. Sin embargo, como nada más cogerlo yo me cargué el cargador pues no podíamos usarlo porque íbamos a fundir la batería en menos de lo que salíamos de la cuidada. 

Me tocó hacer la selección previa de la música. Y ahí me di cuenta de que pese a que tenemos cuatro baldas enormes llenas de discos, hace años que apenas compramos en soporte cedé. Las últimas incorporaciones desde hace unos cinco años vienen a través de iTunes y Spotify. Me veía grabando con el ordenador algunas listas de reproducción hasta que decidimos escoger joyitas de la discoteca física. 

Eso suponía que no iba a llevarme a Supersubmarina ni Lori Meyers, pero sí que Los Planetas se venían. Otra cosa no, pero discos de ellos teníamos en abundancia. Y si vamos a Granada, cómo no escucharlos. En total llevamos unos ocho cedés más de Extremoduro, Coldplay, Radio Futura, Sabina, Bunbury y Quique González (además de los 'granaínos'). Lo bordamos, ya lo puedo decir.




Lo último que nos quedaba por preparar era el maletero, que iba a ser dos tercios del coche. Decidimos quitar los asientos traseros para llevar las bicis dentro. Ya habíamos estudiado cómo transportarlas bien sujetas para que no dieran problemas ni nos pudieran multar. Podiamos haber comprado un soporte para la baca, o el que permite llevarlas en el portón trasero, pero eso suponía dejarlas demasiado a la vista, una tentación para los amigos de lo ajeno. Y nada aseguraba que fuéramos a estar siempre a menos de 500 metros de Sato. 

El proceso de sacar los asientos del todo fue un show. Sobre todo porque había que subirlos a casa en el ascensor y esa parte me tocó a mí, que no mido más de metro y medio. ¡Cómo pendan los condenados! Al final lo logré sin rayar nada ni magullarme, pero hubo un momento en que pensé que moriría aplastada en el elevador porque no podía salir al rellano para descargarlos. Sí, la capacidad espacial no es muy fuerte. 

Con las cosas repartidas en un orden -cada cual el suyo- lógico, los asientos colocados en la parte del salón que yo llamo la montaña basura y las bicis a punto en el garaje nos fuimos a dormir. Al día siguiente íbamos a salir pronto y aún quedaba acomodarlo todo en el coche.
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