Se los dejaría en la puerta. Los posaría sobre el felpudo, como cuando Erika y ella eran pequeñas y le llevaban flores o bolitas de anís, llamaría al timbre y se volvería al ascensor. Esa iba a ser su manera de saludar a Begoña. Dos pisos más arriba escucharía sus movimientos lentos, su quejido al agacharse a recoger los paquetes y su pregunta al aire. Igual debía dejarle una nota, por si desconfiaba. Sacó rápidamente un bolígrafo y su libreta, escribió su nombre y lo metió entre la cinta que ataba el paquete de miniaturas.
Al salir, la calle le devolvió un festín de ruidos diversos, entre ellos, la campana de aviso del tranvía, una motocicleta con el tubo de escape roto y una pareja discutiendo sobre las vacaciones. Bilbao era, como siempre, una ciudad que se dejaba sentir. Aunque había cambiado de sentido. O quizá tuviera dos velocidades. Erika vivía a dos calles de allí, en lo que antes fue el despacho de su padre y donde ambas habían pasado muchas horas de verano. Enfiló Colón.
Y mientras lo hacía, con el traqueteo de la maleta a su espalda, pensó en lo mucho que le gustaría hablar con Martin. Escuchar su voz al otro lado, medio dormido todavía, o desayunando. “Mmmm, me estoy comiendo una napolitana con el chocolate caliente, como te gustan”. Y se reiría. Y ella con él. Pero no iba a ser. Porque Martin a estas horas debía estar tomándose un buen té frente a una gran ventana en su casa en Ballydehob. Y no tenía teléfono. Y su móvil no era tribanda.
Llamó al portero automático y se sintió estúpida. Era uno de esos con cámara y micrófono. Esperaba que nadie preguntase quién era, que para algo tenían la pantalla. Pero alguien lo hizo. Carmen. “Juan Pablo II”, pensó. Pero no dijo nada. Simplemente, “yo”. Cogió el ascensor, se bajó en el primero, dejó los pasteles, llamó y se volvió a montar. Apretó el número tres.
Al salir, la calle le devolvió un festín de ruidos diversos, entre ellos, la campana de aviso del tranvía, una motocicleta con el tubo de escape roto y una pareja discutiendo sobre las vacaciones. Bilbao era, como siempre, una ciudad que se dejaba sentir. Aunque había cambiado de sentido. O quizá tuviera dos velocidades. Erika vivía a dos calles de allí, en lo que antes fue el despacho de su padre y donde ambas habían pasado muchas horas de verano. Enfiló Colón.
Y mientras lo hacía, con el traqueteo de la maleta a su espalda, pensó en lo mucho que le gustaría hablar con Martin. Escuchar su voz al otro lado, medio dormido todavía, o desayunando. “Mmmm, me estoy comiendo una napolitana con el chocolate caliente, como te gustan”. Y se reiría. Y ella con él. Pero no iba a ser. Porque Martin a estas horas debía estar tomándose un buen té frente a una gran ventana en su casa en Ballydehob. Y no tenía teléfono. Y su móvil no era tribanda.
Llamó al portero automático y se sintió estúpida. Era uno de esos con cámara y micrófono. Esperaba que nadie preguntase quién era, que para algo tenían la pantalla. Pero alguien lo hizo. Carmen. “Juan Pablo II”, pensó. Pero no dijo nada. Simplemente, “yo”. Cogió el ascensor, se bajó en el primero, dejó los pasteles, llamó y se volvió a montar. Apretó el número tres.
(to be continued)


