A veces, se ponía aquella banda sonora para comprobar que aún le entraban ganas de montar en bicicleta. A veces, también, cerraba los ojos y creía sentir el viento del acantilado enredándole el cabello y erizándole la piel. A veces, incluso, bajaba el sombrero de paja del altillo del armario, se ponía frente al espejo y lo estrechaba entre sus brazos. Y a veces, pero muy pocas veces, se echaba la colonia de entonces, con la que se envolvía cada mañana y cada noche y que aún compraba y escondía entre sus prendas.
No había vuelto allí desde el último verano en que fue con su familia. Ellos siguieron yendo, pero ella cambió las vacaciones en la playa por la biblioteca municipal, las copas en bares casi vacíos y los polvos en la cama de sus padres. Después de aquel septiembre en que se despidió de César con un beso en los labios, todo había cambiado. Al principio, no se dio cuenta. Luego, fue consciente y se avergonzó. Hasta que, al final, aprendió a vivir con ello y a explotarlo.
Aquel tiempo la convirtió en adulta. Le abrió los ojos. La hizo consciente. Rompió esa frágil barrera entre saber y no lo que hay detrás de la puerta. Y aunque luego quiso cerrarla, ya no pudo. Bueno, sí, echó la cancela. Pero la memoria está para algo y los recuerdos, aunque creamos que son fáciles, no es cierto. Son como una fuga de agua, nunca sabes ni cuando, ni por dónde saldrá. A ella, por ejemplo, le dio por poner esta canción y que le entraran ganas de montar en bicicleta. Mientras la BH verde botella se pudría, apoyada en la pared del jardincillo del chalet que ya ni siquiera estaba en alquiler.


