31 julio 2006

El barrio pesquero

No es, probablemente, lo más bonito de Santander, pero el barrio pesquero tiene el encanto de desnudar a la ciudad por dentro. Ni siquiera, la demolición de la antigua lonja de pescado ha conseguido suavizar un ápice de su carácter: franco, transparente y casi de pueblo.

Las ciudades vivas no sólo se miden por el número de personas que se mueven por sus grandes avenidas -repletas de comercios y cafeterías 'in'-. La vida de las ciudades también se calibra por la actividad que bulle en sus calles más viejas o menos turísticas. Y en eso, el barrio pesquero de Santander tiene galones.

Puede que las piedras del edificio echado a tierra se levanten ahora de otro modo. Que hayan servido para fijar el cemento de las novísimas -y rojísimas, para recelo de madres y lavadoras- "canchas deportivas". Es decir, dos pistas de futbito para que los niños jueguen mientras ven pasar los barcos, camino del pequeño astillero que hay al fondo de la calle.

No hay césped, ni árboles, sólo cemento y unas vallas para evitar que las pelotas terminen nadando en el agua -y no entre ruedas de automóvil-. Esos niños crecerán como los que lo hicieron hace más de veinte o treinta años en el barrio, con la mirada puesta entre los cáscara de nuez y sus botines.

Por eso, tal vez, cuando mayores, sientan ese ahogo que hoy sienten sus predecesores cuando no ven el mar cerca. No les pasa a menudo. No es diario, ni semanal, ni siquiera, periódico. Pero el caso es que cuando sienten esa asfixia, sólo hay un remedio que les alivie el sofoco: una visita a algún muelle para recordar que alguna vez fueron niños y que sus horas de juego curtieron no solo sus rodillas, sino toda la piel de su cuerpo.

18 julio 2006

On the rocks

"... un corazón podrido de latir..."
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