30 marzo 2007

Parte meteorológico

Le despertó un repiqueteo en la ventana. Otra vez. No había bajado la persiana y por entre las cortinas se colaba la luz. Tenue. Gris. Llovía. Por séptimo día consecutivo, llovía. Se revolvió en la cama contrariada y dio la espalda a la claridad. El reloj delató su pereza. Indebida, por cierto. Le giró y tiró del edredón hasta taparse las orejas. Las gotas de agua seguían llamando en el cristal.

El café tiño la leche, y ésta deshizo la galleta. Abajo, los coches pasaban escupiendo agua de forma estruendosa. Suspiró. Los tejados brillaban como la piel de las serpientes. Siempre le gustó ver la ciudad desde esa altura. Había horizonte. Sin embargo, tanta nube ahogaba las chimeneas. Les impedía crecer. Caían plomizas sobre la taza. Dio un sorbo. El periódico no anunciaba mejoría. Llovería hasta el miércoles. Otra vez.

En la radio sonó una canción.

29 marzo 2007

Mala racha

Mientras dura la mala racha, pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves, lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras. Yo no sé si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.

(Eduardo Galeano)

Si a mí se me cayese la vida algún día, espero que fuera en el lugar donde se tomó esta foto.

27 marzo 2007

Los hermanos

Estaba acostumbrado a disfrutar de la montaña, tenía un hermano, y con él, todo era a medias, o sea, doble. (…)

¿Por qué he vuelto? Me acerco como un explorador al depósito que dejamos aquí hace un año. Afortunadamente, la nieve acumulada no ha cambiado mucho el paisaje. Sí, debe ser aquí. “¡Entremos en calor!”. Y tras unas cuantas paladas aparece el tesoro, como un mamut que el hielo hubiese conservado intacto: rollos de cuerda, anclajes… y el piolet de Félix.

Voy a decir una tontería: cuando empuño su piolet, me parece que agarro a mi hermano de la mano. Ese pensamiento me lleva a este otro: no voy solo. Voy atado, pero no a Jon Beloki. Siempre llevaré a Félix de cordada. Esto también parece una tontería, pero es verdad. Siempre veré a Félix delante de mí. No sé si será así mientras viva, pero creo que por una buena temporada siempre me vendrá Félix a la memoria cada vez que tenga que decidir algo. Félix no estaría de acuerdo, Félix no hubiese cedido tan fácil. Félix me hubiese reñido…

Todavía pretendo hacer mi trabajo a medias, parece que ando huyendo. Como si quisiera ocultarme en la cueva o bajo la nieve. Nunca anduve solo. Siempre he andado en cordada. Empecé con mi hermano, hicimos muchas cumbres juntos. Lo perdí, tendré que aprender la soledad. Porque con otros no será lo mismo (…)

(Alberto Iñurrategi)

26 marzo 2007

Con los ojos que te miran

22 marzo 2007

Actinio

Sentada en el taburete, con la copa bailándole en la mano, lo miraba todo con indiferencia. Parecía columpiarse en el trago de más del borracho. Sus ojos negros escrutaban el bar y traspasaban las esquinas. Los dedos dibujaban el cristal del vaso, para luego borrarlo con los labios.

Tenía ojeras. Mal disimuladas por el maquillaje, le conferían un ligero patetismo. No se pintaba los labios, aunque sí las uñas.

Y bailaba. Sin descender de su pedestal de acero y PVC. O eso parecía. Ella, en cambio, dice que sólo temblaba. No era ni tan fuerte como la creían. Ni tan segura como aparentaba. Las palabras huían por su boca como ladrones de joyas. Sólo que en vez de oro se llevaban actinio.

20 marzo 2007

Sine nomine


Hoy estoy antojiza. ¿Me regalas el título de un libro?

19 marzo 2007

Ciudades

Allí estaba ella. Mirando al mar con su aire de suficiencia. Desafiando la lluvia que antecedía a la primavera. Allí seguía. Con su paso lento y su silencio impenetrable. Con su piel manchada de salitre. Como siempre. Noble y elegante unas veces. Rancia y estirada otras. Igual, ocho años después. Con las mismas mujeres de pelo rubio ceniza y cardado tras las ventanas. Y el Mouro esperándolas... Plaza de Italia.

15 marzo 2007

Canción para Milagros

'Madrid, años 50' aún no tienen banda sonora. ¿Tú cuál le pondrías? Yo te propongo algunas...











13 marzo 2007

Hoy

03 marzo 2007

Madrid, años 50

“Cruzó los brazos para no matarla. Cerró los ojos para no llorar. Temió ser débil y perdonarla. Y abrió la puerta de par en par (…) Cuando se marchaba no intentó mirarla. Ni lanzó un quejido. Ni le dijo adiós. Entorno la puerta y para no llamarla se clavó las uñas en el corazón”

Ricardo Valverde, de 89 años, murió la semana pasada. Fue en su piso de Madrid, uno de esos en cuyo portal todavía puede verse un escudo con el yugo y las flechas, en pleno Moratalaz. La muerte le sobrevino de noche, cuando estaba viendo las noticias. No hubo nadie que le acariciara la mejilla.

Su mujer, Rosaura Guillén, había fallecido tres años antes. Un tumor cerebral la consumió en apenas nueve meses. Fueron 283 días de agonía. Dulce unas veces, cuando se empeñaba en bailar en mitad del salón como si estuvieran en la romería. Amarga otras, cuando le asustaban las rudas manos de cristalero de Ricardo, las mismas que le ayudaban a levantarse del sofá.

Su cuerpo lo descubrió la vecina. Tres días después. Preocupada por no tener noticias del hombre y ver su buzón lleno de publicidad, preguntó en la panadería y en el café de la esquina. Nadie supo decirle y, entonces, llamó a la puerta. No hubo respuesta. Dentro el teléfono sonaba. Pero nadie lo cogió. Recordó que tenía una llave en algún cajón de la cocina y fue a buscarla.

‘Si se hubiera ido, habría dicho algo’, se decía la mujer. ‘Y si estuviera malo, habría llamado’, repetía nerviosa mientras revolvía la gaveta. ‘Como otras veces’. Como cuando cayó en cama por la gripe el invierno anterior. ‘Ay, virgencita de la Almudena. ¿Y si se cayó?’, suspiraba. Al final la encontró. Asida a un llavero de metal. ‘Recuerdo de Covadonga’.

Cuando abrió la puerta oyó el televisor. “¿Ricardo?”. No hubo respuesta. “Ricardo. Soy yo. Milagros”. Tampoco contestó. La puerta de la sala, frente a la de entrada, estaba entreabierta. Milagros se aproximó y desde el dintel vio al hombre sentado en el butacón verde. “¡¡Ricardo!!”. Corrió hacia él. “¡Ay, Dios mío, que se me ha muerto!”, gritó. Le agarró el rostro: frío, rígido y macilento. Tenía, curiosamente, los ojos cerrados. No así la boca, que parecía exhalar un suspiro.

“¡¡Antonio. Antonio. Que se murió. Antonio. Llama a una ambulancia!!”. El marido de Milagros acudió corriendo. Bueno, intentándolo al menos. Sus piernas ya no estaban para bromas. Al ver la escena, se volvió y agarró el teléfono. El número de emergencias estaba pegado encima del teclado. El 112 respondió de inmediato.

Los sanitarios tardaron quince minutos en llegar. Tampoco había prisa. Durante ese tiempo, Milagros no se separó de Ricardo. Lloró a sus pies. En silencio. Como le había amado todo este tiempo. Desde que se conocieran de recién casada, cuando se fue a vivir con Antonio justo al piso de al lado. Nunca le dijo nada a nadie.

Envidiaba a Rosaura, siempre tan pizpireta y tan bien puesta. Tan lozana y entrada en carnes. Con un marido tan buen mozo y tan correcto. Tenía hasta la ropa interior bonita: combinaciones de encaje, camisones de raso, sostenes con apliques de ganchillo... La veía cuando la colgaba en el patio.

Por algo trabajaba en una corsetería del barrio de Salamanca, se decía. Ella, en cambio, remendaba hasta los sostenes. Y jamás vio muestras de afecto en su Antonio como las del vecino con su mujer… Como el día en que Rosaura volvió del sanatorio, tras perder al hijo que esperaba. Al abrir la puerta, un ramo de rosas rojas le nubló la vista.

Por eso, cuando Ricardo le contó que tenía un cáncer “y de los malos” se le encogió algo en el pecho. Se lo había dicho casi sin voz. No quería que ella lo supiera. No la iban ni a operar y él quería hacerla feliz los últimos meses. Le pidió a Milagros que lo ayudara. Y la buena mujer aceptó. Por él, que se había entregado a su mujer, aunque ésta le hubiera engañado durante años con Germán, el dueño de la corsetería.

El día en que Rosaura murió, Ricardo ya se lo espera desde hacía semanas. Apenas podía hablar y Milagros tenía que inyectarle la morfina. Se le fue de tarde. A eso de las siete. Se quedó dormida entre sus brazos, mientras él le recordaba cómo se conocieron. Ella se rió al escuchar otra vez la historia, cómo él casi se cae por la escalera con un cristal que subía al séptimo por no dejar de mirarle los andares. No lloró. La acomodó en la cama y llamó a Milagros para que le echara una mano con la mortaja.

La mujer acudió al instante, apurada. El hombre, que atusaba un traje de cheviot, le señaló una caja y ella la abrió: había una combinación blanca de seda y encaje, envuelta en papel cebolla, con la etiqueta todavía puesta. “No sé si le valdrá… Era de las que usaba antes”, dijo él. Cuando trabajaba en Salamanca. Milagros la desplegó y se cayó una nota manuscrita. Al ir a recogerla, Ricardo le avisó: “Es de Germán. Habrá que llamarlo por si quiere verla”.

02 marzo 2007

Norma Desmond

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