“Cruzó los brazos para no matarla. Cerró los ojos para no llorar. Temió ser débil y perdonarla. Y abrió la puerta de par en par (…) Cuando se marchaba no intentó mirarla. Ni lanzó un quejido. Ni le dijo adiós. Entorno la puerta y para no llamarla se clavó las uñas en el corazón”
Ricardo Valverde, de 89 años, murió la semana pasada. Fue en su piso de Madrid, uno de esos en cuyo portal todavía puede verse un escudo con el yugo y las flechas, en pleno Moratalaz. La muerte le sobrevino de noche, cuando estaba viendo las noticias. No hubo nadie que le acariciara la mejilla.
Su mujer, Rosaura Guillén, había fallecido tres años antes. Un tumor cerebral la consumió en apenas nueve meses. Fueron 283 días de agonía. Dulce unas veces, cuando se empeñaba en bailar en mitad del salón como si estuvieran en la romería. Amarga otras, cuando le asustaban las rudas manos de cristalero de Ricardo, las mismas que le ayudaban a levantarse del sofá.
Su cuerpo lo descubrió la vecina. Tres días después. Preocupada por no tener noticias del hombre y ver su buzón lleno de publicidad, preguntó en la panadería y en el café de la esquina. Nadie supo decirle y, entonces, llamó a la puerta. No hubo respuesta. Dentro el teléfono sonaba. Pero nadie lo cogió. Recordó que tenía una llave en algún cajón de la cocina y fue a buscarla.
‘Si se hubiera ido, habría dicho algo’, se decía la mujer. ‘Y si estuviera malo, habría llamado’, repetía nerviosa mientras revolvía la gaveta. ‘Como otras veces’. Como cuando cayó en cama por la gripe el invierno anterior. ‘Ay, virgencita de la Almudena. ¿Y si se cayó?’, suspiraba. Al final la encontró. Asida a un llavero de metal. ‘Recuerdo de Covadonga’.
Cuando abrió la puerta oyó el televisor. “¿Ricardo?”. No hubo respuesta. “Ricardo. Soy yo. Milagros”. Tampoco contestó. La puerta de la sala, frente a la de entrada, estaba entreabierta. Milagros se aproximó y desde el dintel vio al hombre sentado en el butacón verde. “¡¡Ricardo!!”. Corrió hacia él. “¡Ay, Dios mío, que se me ha muerto!”, gritó. Le agarró el rostro: frío, rígido y macilento. Tenía, curiosamente, los ojos cerrados. No así la boca, que parecía exhalar un suspiro.
“¡¡Antonio. Antonio. Que se murió. Antonio. Llama a una ambulancia!!”. El marido de Milagros acudió corriendo. Bueno, intentándolo al menos. Sus piernas ya no estaban para bromas. Al ver la escena, se volvió y agarró el teléfono. El número de emergencias estaba pegado encima del teclado. El 112 respondió de inmediato.
Los sanitarios tardaron quince minutos en llegar. Tampoco había prisa. Durante ese tiempo, Milagros no se separó de Ricardo. Lloró a sus pies. En silencio. Como le había amado todo este tiempo. Desde que se conocieran de recién casada, cuando se fue a vivir con Antonio justo al piso de al lado. Nunca le dijo nada a nadie.
Envidiaba a Rosaura, siempre tan pizpireta y tan bien puesta. Tan lozana y entrada en carnes. Con un marido tan buen mozo y tan correcto. Tenía hasta la ropa interior bonita: combinaciones de encaje, camisones de raso, sostenes con apliques de ganchillo... La veía cuando la colgaba en el patio.
Por algo trabajaba en una corsetería del barrio de Salamanca, se decía. Ella, en cambio, remendaba hasta los sostenes. Y jamás vio muestras de afecto en su Antonio como las del vecino con su mujer… Como el día en que Rosaura volvió del sanatorio, tras perder al hijo que esperaba. Al abrir la puerta, un ramo de rosas rojas le nubló la vista.
Por eso, cuando Ricardo le contó que tenía un cáncer “y de los malos” se le encogió algo en el pecho. Se lo había dicho casi sin voz. No quería que ella lo supiera. No la iban ni a operar y él quería hacerla feliz los últimos meses. Le pidió a Milagros que lo ayudara. Y la buena mujer aceptó. Por él, que se había entregado a su mujer, aunque ésta le hubiera engañado durante años con Germán, el dueño de la corsetería.
El día en que Rosaura murió, Ricardo ya se lo espera desde hacía semanas. Apenas podía hablar y Milagros tenía que inyectarle la morfina. Se le fue de tarde. A eso de las siete. Se quedó dormida entre sus brazos, mientras él le recordaba cómo se conocieron. Ella se rió al escuchar otra vez la historia, cómo él casi se cae por la escalera con un cristal que subía al séptimo por no dejar de mirarle los andares. No lloró. La acomodó en la cama y llamó a Milagros para que le echara una mano con la mortaja.
La mujer acudió al instante, apurada. El hombre, que atusaba un traje de cheviot, le señaló una caja y ella la abrió: había una combinación blanca de seda y encaje, envuelta en papel cebolla, con la etiqueta todavía puesta. “No sé si le valdrá… Era de las que usaba antes”, dijo él. Cuando trabajaba en Salamanca. Milagros la desplegó y se cayó una nota manuscrita. Al ir a recogerla, Ricardo le avisó: “Es de Germán. Habrá que llamarlo por si quiere verla”.