31 julio 2007

Cronaca di un amore






Se despiden los ojos de 'Blow Up'.
Y de cosas como éstas.







25 julio 2007

El rey de las noticias

¡Ay Jaime! ¿Quién iba a decirte que al final te ibas a enamorar como un colegial? ¿Que ibas a robar por amor bancos en media España? ¿Que hasta serías capaz de matar por mantenerte limpio y poder algún día coger ese vuelo de Barajas a Congonhas? ¿Quién sería capaz de descerrejarte esa verdad a la cara sin que te volvieras para abofetearlo? ¿Sin que le encañonaras después con tu 'guitarra', que tanta gloria te dio en los últimos diez años, en periódicos de provincias donde el director era el hijo de la partera?

Te pusiste El Solitario porque andabas casi sin sombra. Porque nadie quiso ayudarte nunca con tus muletas a la hora de entrar en los bancos. Porque tu mujer, aquella inglesita tan mona que se parecía a Raquel Welch -o al menos eso la dijiste el día que te la llevaste a la cama-, te abandonó cuando dejaste de leer novelas y la cambiaste por un manual sobre sistemas de seguridad.

Tú, que ni siquieras querías ponerle persiana a tu negocio de bombas hidráulicas a las afueras de Madrid. Que te resistías a cambiar la puerta del chalet por una blindada y jamás echaste el cerrojo en el baño. Que te molestaba el candado de los vecinos en la verja. Que siempre dejabas las llaves en el contacto del Suzuki Samurai hasta que un día, sin saber cómo ni por qué, desapareció y lo cambiaste por un Vitara.

¡Quién, Jaime, iba a decirte que acabarías así! Acorralado a las puertas de la oficina de la Caixa de Crédito de Agrícola de Figueira da Foz. En Portugal, precisamente, donde uno se siente a la vez nacional y extranjero. Tú que dominabas, casi, el idioma, que te habías trocado la cara y puesto el chaleco de Kevlar. Entre seis policías, "fornidos y con mucho valor", según la Prensa, y con la Magnum 357 en la 'sobaqueira', para los medios lusos.

Lástima. No podrás jugarte unas fichas a la ruleta en el Casino. Ni llamarle, con las olas rompiendo al fondo, para contar que ya lo tienes todo a punto. Que has conseguido un billete para agosto. Que se compre algo de ropa y te espere en la cama. No, Jaime. Por mucho que fanfarronees delante de las cámaras, te han cazado. Caíste en la red y ya no tienes escapatoria. Les has costado diez años, 36 atracos, dos muertos, varios heridos y muchas pesetas. De las antiguas.

Aunque eso sí, estos días serás el rey de la actualidad: abrirás los periódicos, serás el gran titular en todos de los telediarios, las radios no harán otra cosa que hablar de ti y de tus fechorías -para algunos, casi hazañas-. Puede que incluso te hagan una película: como a El Vaquilla, El Lute y El Garfia. Formarás parte de los archivos policiales y de las hemerotecas. Te estudiarán en los colegios y en las academias. Serás -seguirás siendo- El Solitario, el atracador más buscado de España, que escuchaba a Eric Clapton y Chuck Berry.

Sólo tu archivo personal se quedará cojo. Y para su renquera no sirven esas muletas que te dejaste en tu casa de Madrid. Se mire por donde se mire...

23 julio 2007

Sweet home, Alabama

Dio un portazo y arrancó. Las llaves estaban puestas, como de costumbre en el coche de su tío. Un ruido bronco salió del motor y aceleró. Los neumáticos chirriaron de placer. Al salir, el Chevrolet golpeó el buzón. Pero Jessie estaba demasiado enfadada como para darse cuenta. Y tal vez un poco borracha. Había bebido un par de cervezas.

La comida se había vuelto un infierno. La gente no paraba de hablar con la boca llena de pastel de calabaza. Sus tíos discutían porque no estaban de acuerdo si eran mejores los San Antonio Spurs o los Utah Jazz. Su madre reprendía a su nueva pareja por no ayudarle ni a recoger la mesa. Y su hermana estaba colgada del teléfono hablando con Charlie, su novio, que acaba de comprarse un Mustang viejo que sonaba como una carraca.

Mientras tanto, la abuela se había sentado delante del televisor y había subido el volumen. Se levantó de la mesa y fue hasta el recibidor. Se lo pensó dos segundos y abrió la puerta. Tal vez un poco de aire le vendría bien. Había una temperatura agradable. Se oía a los vecinos reír mientras jugaban al Monopoly. Habían comido en el jardín.

Salió de la urbanización bastante deprisa, pero no llamó la atención a nadie. La mayoría de las familias estaban amodorradas en sus salones o dormidos al sol. En cuanto pudo, tomó el desvío a la autopista. Nadie se dio cuenta de su marcha. Hasta que pasó por delante de una patrulla de policía, apostada en el arcén de la carretera.

Había sido una mañana aburrida para el agente Coller, 50 años y más de 30 años de experiencia: Ninguna multa por exceso de velocidad ni ningún accidente. Tan sólo había asistido a un par de pinchazos y había dado el alto a una mujer que conducía con un intermitente trasero roto. La amonestación y el parte se lo había dejado a su nuevo compañero: Stoner, un chaval alto, rubio, de apenas veinte años, que acababa de salir de la academia.

Apuntaba maneras. Era disciplinado y obediente. Pero también, algo seco. Le faltaba el descaro que da la experiencia y le sobraba timidez. Se había criado en la granja familiar, entre cerdos y gallinas, en un pueblo de apenas treinta habitantes. La ciudad le quedaba todavía un poco grande. Como el uniforme: sus compañeros de la comisaría le habían dado el cambiazo y los pantalones le hacían bolsas por todos lados.

Coller rumiaba regaliz parA no fumar. Y en esas andaba cuando un Chevrolet Monte Carlo color aceituna pasó como un Sputnik. «¿Has visto eso?», le dijo a Stoner. El chico asintió y Coller encendió el motor y las sirenas. Iba a más de 80 millas, cuando el límite estaba en 65. Pisó el acelerador para alcanzar al Chevy. Pero el conductor no parecía darse por aludido. El joven hacía cualquier tipo de señas para que aparcara en el arcén, pero el vehículo no aminoraba la marcha.

Coller pisó aún más hasta pegarse casi a la trasera del Monte Carlo. Apenas veían una cabellera rubia por encima del asiento. «El conductor... debe ser muy bajito», susurró Stoner. Y de pronto, el Chevrolet hizo un extraño. Coller frenó de golpe y miró rápidamente por el retrovisor. No venía nadie detrás. Se oyó un fuerte golpe: su perseguido había chocado contra un poste de teléfono apenas a un kilómetro. Arrancó violentamente hasta llegar al coche aceituna. Aparcó detrás. No había tráfico.

Salieron despacio. Stoner tenía una mano sobre el arma. Coller se dio cuenta y le ordenó ponerse detrás. El conductor del Chevrolet no se movía. Pensaron que podía estar herido. Cuando apenas estaban a medio metro de la puerta, se dieron cuenta de quien era. Apenas medía metro cincuenta.

«¡Dios mío, es una niña!», exclamó Stoner. Jessie estaba algo aturdida. Por el golpe y por las cervezas. Cuando los agentes abrieron la puerta no supo qué decir. Sólo les miró. Su rostro, congestionado y algo pálido, daba cuenta de su edad: apenas doce años. «En todos los años que llevo de servicio no había visto nada igual», masculló Coller. Jessie levantó la mano a modo de saludo y simplemente dijo: «Me enseñó mi padre. Ahora está en la cárcel».

Más aquí.

17 julio 2007

Artistas de circo

–Salta –le dijo.
–Me da miedo –respondió.
–¿Por qué?
–No hay red –susurró mirando abajo.
–¿Y si te doy la mano? –le propuso.
Y el funambulista saltó.

16 julio 2007

Juego de niños

Tiro los dados que me lanzó anso hace ya tiempo. Me han salido dos cuatros –aunque no me gustan los pares–, así que tengo que contar ocho cosas sin las que este rincón no sería mi rincón. Ahí van:
  • Me gustan los aviones porque están más cerca de los pájaros que tengo en mi cabeza. Y porque significan movimiento. Me cuesta estar parada.
  • Soy hiperactiva. Es habitual que ande haciendo varias cosas a la vez. Para leer, por ejemplo, puedo tener encendida la televisión en modo ‘mute’, mientras en el ordenador suena algún disco o el modo aleatorio. Además, subrayaré parte de los párrafos que leo de modo casi compulsivo, siempre con lápiz. Y si encuentro algo interesante sobre lo que investigar, lo escribiré en mi cuaderno de apuntes, que estará no muy lejos.
  • No puedo pasar sin comerme una galleta (o diez) al día y a destiempo. Sí, cometo el pecado de picotear entre horas y, sobre todo, cuando estoy haciendo la comida. Dicen que es cosa de familia...
  • He cumplido más de un sueño. Y no sólo míos... En fin, es lo que tiene haber trabajo durante ocho meses en la sección de hadas madrinas de mi empresa. Por eso, ahora sé que los delfines también se apadrinan. De los propios, el balance es positivo...
  • Soy bajita. Camino un palmo por encima del suelo. Y me gustan los gatos.
  • Sé comer con palillos chinos... Aunque disfruto más chupándome los dedos cuando los meto en la masa de un bizcocho. O en las claras a punto de nieve que hace mucho que no hago. Creo que tendría que haberme hecho repostera.
  • Tengo unos cuantos cafés pendientes... Uno de ellos, en Asturias, ¿verdad covi? Otro al lado del mar, ¿verdad almasy?
  • Me gusta correr. Y 'Ca plane pour moi'.

03 julio 2007

En las noticias...

No extraño tu figura, son tus cosas las que me dicen que no estás. No me dolió que cerraras la puerta, fue el traslado. Hoy el periódico habla de un matrimonio muerto en un incendio. Huían, en su coche, del fuego que arrasaba el bosque y su finca. No les dio tiempo y se abrazaron. Cuando las llamas se extinguieron, los bomberos encontraron a la pareja calcinada, el uno sobre el otro. Tú y yo nos prendimos fuego también: el uno al otro.


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