En días como éste, me parecen que mis pies pesen toneladas. No soy capaz de levantarlos y los arrastro por las aceras mientras recogen las miles de quejas que proclaman los adoquines. ¿Alguna vez has pensado en las suelas de tus zapatos? Me refiero a que si alguna vez has pensado en la cantidad de historias que tienen para contar.
Hoy es uno de esos días en que me cuesta todo. Cualquier cosa me resulta difícil y quisiera dejar hasta de parpadear. Uno de esos días donde sería capaz de quedarme inmóvil, aquí, al borde del camino, mirando las punteras de mis zapatos. Salvándome sin proponérmelo, pero sabiendo que así, con esta inercia, no me quedaré contigo, que tú no estarás aquí, junto a este borde del camino cuando vuelva a abrir mis ojos y mire, de nuevo, mis zapatos.
Niño Lluvia, tengo miedo. Imagino que lo sabías. Lo que no intuyes es por qué. Tengo miedo de ti. Por eso miro tanto mis zapatos. Quiero huir, desaparecer, cuando lo hago. Te quiero, pero te temo. Siento miedo de ti y de mi. De lo que pase, de desnudar esa parte que escondo. De desarmarme ante ti y ante el mundo.
Pero no es miedo a quedarme en la piel solamente. Es miedo a que me mires, a que veas mis cicatrices, a que me toques, a que me conozcas. Tengo miedo también de lo que puedas pensar, a que reconozcas en mis manos la torpeza . Y también, a mis cicatrices, a que te asusten, a que te espanten.
Entre lo otro y yo siempre ha habido una pantalla y, ahora, tú haces sombras chinas tras ella. Y yo quiero apartarla, pero tengo miedo. Tal vez, lo que haya tras ella no sea lo que espero. Tal vez, lo que tú esperas encontrar no sea lo que halles. ¿Qué harás entonces, Niño Lluvia? ¿Me quitarás los zapatos o atarás los cordones de los tuyos?
Hoy es uno de esos días en que me cuesta todo. Cualquier cosa me resulta difícil y quisiera dejar hasta de parpadear. Uno de esos días donde sería capaz de quedarme inmóvil, aquí, al borde del camino, mirando las punteras de mis zapatos. Salvándome sin proponérmelo, pero sabiendo que así, con esta inercia, no me quedaré contigo, que tú no estarás aquí, junto a este borde del camino cuando vuelva a abrir mis ojos y mire, de nuevo, mis zapatos.
Niño Lluvia, tengo miedo. Imagino que lo sabías. Lo que no intuyes es por qué. Tengo miedo de ti. Por eso miro tanto mis zapatos. Quiero huir, desaparecer, cuando lo hago. Te quiero, pero te temo. Siento miedo de ti y de mi. De lo que pase, de desnudar esa parte que escondo. De desarmarme ante ti y ante el mundo.
Pero no es miedo a quedarme en la piel solamente. Es miedo a que me mires, a que veas mis cicatrices, a que me toques, a que me conozcas. Tengo miedo también de lo que puedas pensar, a que reconozcas en mis manos la torpeza . Y también, a mis cicatrices, a que te asusten, a que te espanten.
Entre lo otro y yo siempre ha habido una pantalla y, ahora, tú haces sombras chinas tras ella. Y yo quiero apartarla, pero tengo miedo. Tal vez, lo que haya tras ella no sea lo que espero. Tal vez, lo que tú esperas encontrar no sea lo que halles. ¿Qué harás entonces, Niño Lluvia? ¿Me quitarás los zapatos o atarás los cordones de los tuyos?


