23 enero 2006

Nochenueva

(A Doro y María Jesús,
El País Domingo, 22 de enero de 2006)

-¡Ay, bonita! Teníamos que haber madrugado más. Hoy ya no nos va a dar tiempo a querernos todo lo que deberíamos.

Las manos de Antonio cogen las de Matilde y las acercan a sus labios. Les da un beso suave y se las guarda bajo la manta con que envuelve sus piernas. El gesto se repite cada mañana, después del desayuno, desde hace catorce años. Y sin embargo, para Matilde siempre es algo nuevo, una dulce sorpresa que la hace sonreír y fijar la mirada durante un minuto en el rostro de él. Sin sombras.

Le hace feliz. Se hacen felices. Aunque queden lejos las tardes de cuando eran novios. Aunque ya no den paseos por el parque, ni vayan al café los domingos. Aunque sus cuerpos ya no sean los mismos, sino sacos que pesan como si los años estuvieran físicamente dentro, engarzados en los huesos, ahora más frágiles y quejumbrosos. Lo que no cambian son las caricias. Ésas son iguales que entonces, cuando se querían con el rubor siempre acechando en las mejillas.

Antonio es valiente. Mira a la vida cara a cara. Igual que cuando vio a Matilde por primera vez. Caminaba por la calle resuelta. Con la vista en el horizonte y sin pararse en nada. Sus pasos eran firmes y sus gestos decididos. Derrochaba energía y el vuelo de su falda se resentía. Sin embargo, había algo en todo ello que denotaba una profunda dulzura. Quizá fuera su mirada, parda e inocente, igual que la de un niño.

Todas las mañanas Antonio la veía pasar desde su taller y todas las mañanas se decía lo mismo. ‘Algún día le pediré que se case conmigo’. Y un día se decidió. Era San Esteban. Y no, claro que no le pidió matrimonio. Sólo levantó su boina de cuadros para saludarla. Matilde correspondió al saludo, un poco azorada. A Antonio se le subieron los colores y ella sonrió. Se guiñaron un ojo.

Los sábados había baile a unas calles del taller de Antonio. Desde el local podía oírse la música y verse el desfile de damas y caballeros con los trajes de gala. Él, en cambio, no era un habitual de la fiesta. Había ido sólo un par de veces, tal vez tres, pero no sabía bailar. Ni siquiera el pasodoble. Sin embargo, aquella tarde decidió acercarse. Era el último baile del año y, aunque no confiaba en ello, tal vez estuviera Matilde. Dio varias vueltas con Manuel, su amigo desde que coincidieran en el tren camino de Madrid en busca de trabajo.

Había perdido la esperanza de verla cuando, de repente, un grupo de chicas rieron a su espalda. Al volverse, la encontró, envuelta en un abrigo de lana color tabaco. La invitó a bailar, con más miedo que vergüenza, sin ni siquiera saber cómo agarrarla. Ella, franca y natural le colocó las manos y le guió hasta que fue capaz de aprenderse los pasos. Y así fue como Matilde y Antonio comenzaron su historia, casi a la vez que terminaba el año. Por eso, siempre se rieron de que a la Nochevieja se le llamara así. Porque para ellos siempre será la Nochenueva.

Matilde ya no se acuerda de eso. Pero a Antonio no le hace daño, le da igual. A él le basta con ese minuto en que le mira todas las mañanas, después de haberle dado el desayuno, como queriendo recordar quién es el que le coge las manos descarado y se las besa de un modo tan tierno. Nunca un bálsamo para las heridas se elaboró y actuó tan rápido. En ese lapso de tiempo, Antonio también olvida. Olvida, por ejemplo, el Alzheimer de Matilde.

12 enero 2006

Ese no sé qué

Hay sonrisas irresistibles. Y nada tienen que ver con la belleza. Hay sonrisas que tienen algo, ese no sé qué que engancha. La tuya era así: una sonrisa amplia, generosa. Daba calma y ganas de sonreir. Era un paraguas contra la lluvia de enero, contra el frío al salir de trabajar. Era mi manta polar y el edredón hasta las orejas. También era un colchón contra el mundo y un bálsamo para los labios. Tu sonrisa me duraba hasta que me dormía. Se posaba en mis párpados, sencilla, cuadrada, tejía el sueño en silencio y me arropaba. Se había apoderado de mí y a la mañana siguiente me despertaba para sacarme de la cama. Se iba a la ducha conmigo, abría el grifo y, luego, me preparaba el desayuno. No le hacía falta azúcar al café. Con tu sonrisa, bastaba.

04 enero 2006

Mandarinas

Estaba sentado como de medio lado, con un gorro de lana en la cabeza, que sólo dejaba entrever mechones de pelo rubio. Fumaba con los aires que se puede dar quien se sabe guapo. Parecía que no esperase a nadie. Miraba al fondo. No al de la calle. Al fondo de la gente, adivinando cuál sería la mueca de los que se percataran de sus ojos indiscretos. Llovía. Como siempre en esta ciudad. El suelo era un espejo. ¡Maldita sea!, pensé. No pueden existir tipos así. Tenía razón, cuando me acerqué, lo único que había eran dos mandarinas.
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