28 febrero 2008

Alegato

Perdonen que no me levante, como diría un gran maestro. Hoy no tengo muchas ganas. Prefiero acodarme en esta esquina al refugio de los hielos. Curioso mensaje el que tengo que darles… No, no, tranquilos, no me voy. Ni me ausento un momento. Más, quiero decir. Últimamente no tengo el tiempo necesario para escribir poemas en servilletas a las cinco de la mañana. Tal vez porque me levanto a las seis. Así que no se me impacienten si notan que no brindo lo que antaño. Seguramente les tendré más presentes de lo que piensan. Y cuando me escape de mis obligaciones a tiempo, les serviré uno de los muchos tragos que les debo. Sepan disculpar y disculparme si les tengo algo abandonados. Los bares, ya saben, no son lo que antes.

03 febrero 2008

Domingo de periódico

Hay nubes negras en el cielo. El viento sacude con fuerza la ropa recién tendida, olorosa y pesada. Me duele el corte que me he dado en un dedo mientras curioseo el periódico. Entonces, aún emocionada por la noticia de que la primavera me traerá el último libro de Ángel González, me topo con él. Se llama Daniel Álvarez y sus manos, de fumador, son su vida.

No, ni es artesano ni músico. Es sordociego y sólo tiene sus extremidades para asir el mundo. Y cuando éstas no le valen, saca tarjetas de su bolso para que alguien le ayude con tareas tan cotidianas para el resto de la gente como imposibles para el: cruzar la calle, subirse a un autobús. Ser sordo y ciego (y por lo tanto ser casi mudo) es una jugarreta cruel de la vida. Volverla del revés solo está al alcance de seres muy especiales.

Seres que, a menudo, nos pasan al lado y ni nos damos cuenta. A los que no ayudamos a subir unas escaleras ni cedemos un asiento en el metro. De los que no nos preocupamos cuando hacen una acera y no le ponen bordillos, o protestamos porque las baldosas pododáctiles nos hacen daño en los pies. Palabrería barata, pueden pensar de lo que escribo hoy. Tal vez.

Pero si les pica la curiosidad, arrasquen aquí.
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