Un beso dura lo que dura un beso. Pero ¿cuánto duran estos besos que no se dan, que se ahogan en los labios o en los vasos de ginebra? Son ésos los besos rotos que se guardan en un cajón, los que agrietan los labios y no hay vaselina que los repare. Esos besos tan intensos que rayan el espejo de nuestra pupila, que descorren los visillos de la sinceridad y nos demuestran el agujero que se oculta en la arena de playa. Son los besos que descubren la nada, el vacío, el silencio congénito. Son los besos que gritan sin hablar, la sospecha y la certeza de otros besos serpentinos y lascivos, los besos del engaño, los besos falsos de lo que se bate en retirada, en definitiva, los no besos.
29 marzo 2005
25 marzo 2005
Uve con rabito
Las estaciones están siempre llenas. Día y noche, las almas penitentes viajan y, tal como hacen los caracoles, llevan en su espalda el equipaje. Valijas de ruedas, mochilas, bolsas de deporte… Algunos van ligeros, otros portan grandes bultos. Las estaciones nunca están vacías y siempre hay alguien que espera: al autobús, a la familia, a unos amigos o, simplemente, desespera.
Es curioso observar a la gente cuando eres tú la que lo hace. Por su pasarela, desfilan todo tipo de personas y personajes. Nunca puedes estar segura de quien se sienta a tu lado. Tal vez sea un frustrado escritor o una madre ansiosa por ver al vástago. El caso es que todos responden al mismo perfil. En cuanto se acerca un autobús de la compañía adecuada, se levantan de sus asientos y encaminan sus pasos a la dársena.
Son como animales. En manada, siguen al jefe hasta dar con el interlocutor válido.
−¿Oiga, este es el número trece?
−Sí, caballero; lo tiene puesto en el parabrisas −no hay un simple gracias.
−Eh, ¿éste es el que va a Llanes?
−¿Qué número tiene, señora?
−Hijo, no sé, yo he pedido para Llanes.
−Ya, pero hay varios autocares que hacemos esa ruta a esta hora.
−Bueno, pero va a Llanes ¿no? Pues me subo y ya está.
−A ver, señora. Eso no puede ser −la mujer insiste hasta que el amable conductor le pide el billete, masculla entre dientes y la guía hasta su vehículo −. Aquí, señora, aquí. Este es su número. Este la lleva a Llanes.
−De verdad, no sé para que tantas ‘moderneces’. En mis tiempos…
−En sus tiempos iba en burra, no te jode −piensa el conductor−. Y lo de ahora es por tocar los cojones.
Que es lo mismo que se le viene a la cabeza a una cuando ha conseguido dormirse a mitad de viaje y le despierta la voz nasal del ‘profesional del volante’. Siempre me ha hecho mucha gracia esta expresión.
−Buenas tardes, señores pasajeros. Les habla Carlos de Tal y Cual. Este autobús realiza el trayecto entre Irún y Gijón, de unas siete horas de duración. Les informo que está prohibido fumar en el vehículo por orden del Real Decreto X. La temperatura exterior es de unos 18 grados y brilla el sol. Que tengan un buen viaje. Gracias.
−Din don din −añades, jodida porque te acaban de levantar la siesta y porque tienes un no tan extraño dolor en el cuello que te sube hasta la sien de lo cómodos que son los asientos.
Lo curioso de ellos, de los asientos, es que no son confortables para casi nadie. Los altos se quejan de que tienen poco espacio. Los ‘moraos’ de sus rodillas, que diría Sabina, lo delatan. Y si, encima, te toca el autobús de refuerzo más cutre, date por listo. Entrarás agachado y saldrás jorobado. Para los bajitos, la cosa no está mucho mejor. Si el reposapiés no funciona, la única opción que les queda es cruzar las piernas a un lado y a otro para tener una posición mínimamente llevadera. Eso o romper las normas de la educación, subir los pies al respaldo que tiene en frente y hacerse una uve, con rabito a la derecha y todo, como nos enseñaban en el colegio. Que es donde deberías haberte quedado a dormir la siesta que nunca dormías cuando eras pequeño.
Es curioso observar a la gente cuando eres tú la que lo hace. Por su pasarela, desfilan todo tipo de personas y personajes. Nunca puedes estar segura de quien se sienta a tu lado. Tal vez sea un frustrado escritor o una madre ansiosa por ver al vástago. El caso es que todos responden al mismo perfil. En cuanto se acerca un autobús de la compañía adecuada, se levantan de sus asientos y encaminan sus pasos a la dársena.
Son como animales. En manada, siguen al jefe hasta dar con el interlocutor válido.
−¿Oiga, este es el número trece?
−Sí, caballero; lo tiene puesto en el parabrisas −no hay un simple gracias.
−Eh, ¿éste es el que va a Llanes?
−¿Qué número tiene, señora?
−Hijo, no sé, yo he pedido para Llanes.
−Ya, pero hay varios autocares que hacemos esa ruta a esta hora.
−Bueno, pero va a Llanes ¿no? Pues me subo y ya está.
−A ver, señora. Eso no puede ser −la mujer insiste hasta que el amable conductor le pide el billete, masculla entre dientes y la guía hasta su vehículo −. Aquí, señora, aquí. Este es su número. Este la lleva a Llanes.
−De verdad, no sé para que tantas ‘moderneces’. En mis tiempos…
−En sus tiempos iba en burra, no te jode −piensa el conductor−. Y lo de ahora es por tocar los cojones.
Que es lo mismo que se le viene a la cabeza a una cuando ha conseguido dormirse a mitad de viaje y le despierta la voz nasal del ‘profesional del volante’. Siempre me ha hecho mucha gracia esta expresión.
−Buenas tardes, señores pasajeros. Les habla Carlos de Tal y Cual. Este autobús realiza el trayecto entre Irún y Gijón, de unas siete horas de duración. Les informo que está prohibido fumar en el vehículo por orden del Real Decreto X. La temperatura exterior es de unos 18 grados y brilla el sol. Que tengan un buen viaje. Gracias.
−Din don din −añades, jodida porque te acaban de levantar la siesta y porque tienes un no tan extraño dolor en el cuello que te sube hasta la sien de lo cómodos que son los asientos.
Lo curioso de ellos, de los asientos, es que no son confortables para casi nadie. Los altos se quejan de que tienen poco espacio. Los ‘moraos’ de sus rodillas, que diría Sabina, lo delatan. Y si, encima, te toca el autobús de refuerzo más cutre, date por listo. Entrarás agachado y saldrás jorobado. Para los bajitos, la cosa no está mucho mejor. Si el reposapiés no funciona, la única opción que les queda es cruzar las piernas a un lado y a otro para tener una posición mínimamente llevadera. Eso o romper las normas de la educación, subir los pies al respaldo que tiene en frente y hacerse una uve, con rabito a la derecha y todo, como nos enseñaban en el colegio. Que es donde deberías haberte quedado a dormir la siesta que nunca dormías cuando eras pequeño.
24 marzo 2005
Paradojas
Cuando Terri Schiavo sufrió el colapso que la dejó en coma vegetativo deseaba tener un hijo con su marido, Michael. Pero, también, deseaba ser como esas modelos que aparecían en las páginas de revistas como Vanity Fair o Vogue. Tenía 26 años y un miedo atroz a ganar peso. Vivía con hambre continua y, si ingería alimentos delante de su familia, se purgaba después sin que nadie la viera.
En la soledad del baño, en cada vómito, una bulímica siente que toca el cielo, que vuela y sonríe. Aunque por su rostro resbalen las lágrimas del esfuerzo. Aunque el regusto ácido del flujo le melle los dientes. Aunque en uno de esos estertores su estómago corra el riesgo de romperse. Aunque le duela la faringe por los arañazos de sus uñas y una herida cercana al nudillo del dedo corazón revele que ha estado haciendo lo que no se debe.
Una noche, cuando Terri dormía, su corazón dijo basta. No pudo más y se paró. Estuvo un rato así, suspendido y sumergido en la pereza. Cuando la llevaron al hospital, los médicos confirmaron que los daños sufridos eran irreversibles. Que la joven, de 26 años, se quedaría en estado vegetativo para siempre. Lleva 15 años. Su marido lleva el mismo tiempo luchando porque se la deje morir en paz. Sin embargo, los padres de Terri no observan que Michael lo haga por su hija, sino por él mismo.
Los cochinos (y abundantes dólares, concretamente 1,2 millones) enfrentan a las dos partes. Los progenitores acusan a su yerno de querer quedarse con ellos y Michael opina lo mismo de sus suegros. Y eso, a pesar de que ya casi se han agotado. Este dinero se obtuvo en los tribunales y su destino era la rehabilitación médica de la chica. El marido de Terri demandó a los médicos que la habían atendido por no haberle hecho un simple análisis de sangre, una prueba que hubiera detectado la grave deficiencia de potasio que le produjo el fallo cardiaco. Ganó.
Michael sigue, después de 15 años, a los pies de la cama de su mujer pero en compañía. La vida tiene estas paradojas. Al principio, Terri fue cuidada por el hombre que eligió para casarse y por la mujer que la trajo al mundo. Luego, Michael se hizo cargo de ella y, en este largo camino, se hizo acompañar de una nueva mujer. En realidad, no están casados. Él sigue unido “ante Dios y ante la Iglesia” con Terri. Es su compañera, con la que tiene dos hijos. La ética, en este caso, no es cuestión sencilla. Porque la situación puede resultar difícil de entender si uno no viste la misma piel que los protagonistas.
La lucha por dejar morir a Terri acorde con lo que le comentó en vida a su marido, según cuenta éste, continua. Han intentado desconectar a Terri dos veces más −en 2000 y en 2003− de la sonda que la mantiene viva. Un aparato que la mantiene alimentada por el ombligo. La última vez estuvo varios días sin ese cordón umbilical. Ahora lleva cinco y, según dicen, ya comienzan a notarse síntomas de deshidratación en su cuerpo. Al final, la forma que tienen para dejarla morir es la misma que ella practicó en vida: de hambre.
En la soledad del baño, en cada vómito, una bulímica siente que toca el cielo, que vuela y sonríe. Aunque por su rostro resbalen las lágrimas del esfuerzo. Aunque el regusto ácido del flujo le melle los dientes. Aunque en uno de esos estertores su estómago corra el riesgo de romperse. Aunque le duela la faringe por los arañazos de sus uñas y una herida cercana al nudillo del dedo corazón revele que ha estado haciendo lo que no se debe.
Una noche, cuando Terri dormía, su corazón dijo basta. No pudo más y se paró. Estuvo un rato así, suspendido y sumergido en la pereza. Cuando la llevaron al hospital, los médicos confirmaron que los daños sufridos eran irreversibles. Que la joven, de 26 años, se quedaría en estado vegetativo para siempre. Lleva 15 años. Su marido lleva el mismo tiempo luchando porque se la deje morir en paz. Sin embargo, los padres de Terri no observan que Michael lo haga por su hija, sino por él mismo.
Los cochinos (y abundantes dólares, concretamente 1,2 millones) enfrentan a las dos partes. Los progenitores acusan a su yerno de querer quedarse con ellos y Michael opina lo mismo de sus suegros. Y eso, a pesar de que ya casi se han agotado. Este dinero se obtuvo en los tribunales y su destino era la rehabilitación médica de la chica. El marido de Terri demandó a los médicos que la habían atendido por no haberle hecho un simple análisis de sangre, una prueba que hubiera detectado la grave deficiencia de potasio que le produjo el fallo cardiaco. Ganó.
Michael sigue, después de 15 años, a los pies de la cama de su mujer pero en compañía. La vida tiene estas paradojas. Al principio, Terri fue cuidada por el hombre que eligió para casarse y por la mujer que la trajo al mundo. Luego, Michael se hizo cargo de ella y, en este largo camino, se hizo acompañar de una nueva mujer. En realidad, no están casados. Él sigue unido “ante Dios y ante la Iglesia” con Terri. Es su compañera, con la que tiene dos hijos. La ética, en este caso, no es cuestión sencilla. Porque la situación puede resultar difícil de entender si uno no viste la misma piel que los protagonistas.
La lucha por dejar morir a Terri acorde con lo que le comentó en vida a su marido, según cuenta éste, continua. Han intentado desconectar a Terri dos veces más −en 2000 y en 2003− de la sonda que la mantiene viva. Un aparato que la mantiene alimentada por el ombligo. La última vez estuvo varios días sin ese cordón umbilical. Ahora lleva cinco y, según dicen, ya comienzan a notarse síntomas de deshidratación en su cuerpo. Al final, la forma que tienen para dejarla morir es la misma que ella practicó en vida: de hambre.
22 marzo 2005
Rusell (y 4)
Y yo, que no acertaba a encajar esa última frase, me pedí una caña para acompañar a la tortilla. Ella titubeó, no sabía si pedirse un té de rosas o una infusión de manzana.
−¿Y para comer?
−Mejor nada… O bueno, sí, quiero una de estas rodajas de tomate con huevo cocido.
−Pero si no te gusta −me arrepentí en ese mismo momento de haber abierto la boca−... el tomate.
−Oh bueno, eso era antes −¿antes de qué, de volverte gilipollas? −. Javi y yo somos vegetarianos. Bueno, yo soy ovolácteovegetariana. El, en cambio, también come pescado, pero carne… −siguió con su frase mientras yo ahogaba una risita maliciosa en la garganta. Que no come carne el chaval, lo que no hace es dejar las sobras en el plato, guapa−. ¿Y tú?
−No, yo como de todo −¿Yo, qué? ¿Qué me había preguntado?
−¡Qué payasa que eres, todavía! Pues deberías. Chica, que ya no somos unas crías. Va siendo hora de estabilizarnos. Que luego pasa lo que pasa…
Quise cambiar de tema, pero no era posible. Marisa no paraba de hablar de Javi y su boda. Ya la habían organizado. Lo tenían “todo pensado, hasta donde colocar a los proscritos de las familias”. Realmente, me di cuenta de que no escuchaba. No sé cuántas veces repitió su nombre. Que si Javi esto, que si Javi lo otro, que si Javi quiere, que si Javi no quiere…
−¿Y tú? ¿Qué quieres?
−¿Qué? −me miró alucinada, como si tener voluntad fuera delito, como si le preguntara si había sido ella la asesina de Kennedy y de Palmer. Luego sonrió, agitando la mano de forma despectiva−. A mí me da igual. Javi dice que…
Sentía cómo mi boca ardía. Y, peor aún, sentía que no iba a poder reprimirme. Que, de un momento a otro, lo iba a vomitar todo. En la mesa. Sobre su cursi té de rosas, “con sacarina, por favor”...
−¿Y qué tal follas?
−¿Cómo?
−Que si follas con Javi. Perdón que si Javi te folla. Supongo que lo vuestro es lo tradicional.
−Blanca…
−Aunque a él le va más el rollo experimental, el tantra y esto. Por lo menos, con mi amiga Lucía. Con el resto, no lo sé… ¿Lo sabías, no?
−…
−No me mires así, lo deberías saber…
Pero no lo hice. Simplemente le cogí la mano, acaricié su callo de Rusell y le deseé buena suerte. No sin antes sentir pena de que, además, hubiese recuperado su tormentosa adicción a vomitar para entrar en su maravilloso y carísimo vestido de novia. Eso sí, Carmen estará orgullosísima de su hija. Por una vez.
−¿Y para comer?
−Mejor nada… O bueno, sí, quiero una de estas rodajas de tomate con huevo cocido.
−Pero si no te gusta −me arrepentí en ese mismo momento de haber abierto la boca−... el tomate.
−Oh bueno, eso era antes −¿antes de qué, de volverte gilipollas? −. Javi y yo somos vegetarianos. Bueno, yo soy ovolácteovegetariana. El, en cambio, también come pescado, pero carne… −siguió con su frase mientras yo ahogaba una risita maliciosa en la garganta. Que no come carne el chaval, lo que no hace es dejar las sobras en el plato, guapa−. ¿Y tú?
−No, yo como de todo −¿Yo, qué? ¿Qué me había preguntado?
−¡Qué payasa que eres, todavía! Pues deberías. Chica, que ya no somos unas crías. Va siendo hora de estabilizarnos. Que luego pasa lo que pasa…
Quise cambiar de tema, pero no era posible. Marisa no paraba de hablar de Javi y su boda. Ya la habían organizado. Lo tenían “todo pensado, hasta donde colocar a los proscritos de las familias”. Realmente, me di cuenta de que no escuchaba. No sé cuántas veces repitió su nombre. Que si Javi esto, que si Javi lo otro, que si Javi quiere, que si Javi no quiere…
−¿Y tú? ¿Qué quieres?
−¿Qué? −me miró alucinada, como si tener voluntad fuera delito, como si le preguntara si había sido ella la asesina de Kennedy y de Palmer. Luego sonrió, agitando la mano de forma despectiva−. A mí me da igual. Javi dice que…
Sentía cómo mi boca ardía. Y, peor aún, sentía que no iba a poder reprimirme. Que, de un momento a otro, lo iba a vomitar todo. En la mesa. Sobre su cursi té de rosas, “con sacarina, por favor”...
−¿Y qué tal follas?
−¿Cómo?
−Que si follas con Javi. Perdón que si Javi te folla. Supongo que lo vuestro es lo tradicional.
−Blanca…
−Aunque a él le va más el rollo experimental, el tantra y esto. Por lo menos, con mi amiga Lucía. Con el resto, no lo sé… ¿Lo sabías, no?
−…
−No me mires así, lo deberías saber…
Pero no lo hice. Simplemente le cogí la mano, acaricié su callo de Rusell y le deseé buena suerte. No sin antes sentir pena de que, además, hubiese recuperado su tormentosa adicción a vomitar para entrar en su maravilloso y carísimo vestido de novia. Eso sí, Carmen estará orgullosísima de su hija. Por una vez.
21 marzo 2005
Rusell (3)
Sus manos la sostuvieron con desgana. Su mirada volaba entre las líneas. La mía las devoraba. En cinco años, las cosas habían cambiado mucho. Marisa ya no era la chica rebelde y libertaria a la que no preocupaba nada y le importaba todo. Ya no reñía con su madre a todas horas, ni vestía con aire relajado. Todo en ella se había vuelto más sofisticado y la relación con su familia había tornado a ser casi idílica, por lo menos, eso había dicho. Tampoco me extraña: se había vuelto todo lo que su madre soñaba.
Durante el instituto, las penas de ‘la bruja’, como ambas la llamábamos en un alarde de escasa originalidad, se centraban en lo “imperfecta”que era Marisa. Y es que Carmen quería una hija modelo y modélica: rubia –Marisa era morena-, alta y espigada -Marisa era de estatura media y cuerpo curvado-, correcta -Marisa siempre decía lo que pensaba, aunque no fuera lo idóneo-, sin ambiciones laborales -Marisa ansiaba llegar allí donde estuviera el horizonte-, conformista -Marisa podía ser cualquier cosa menos esto- y dependiente -en el vocabulario de Marisa no entraban palabras como marido y deberes, sino compañero y sueños compartidos.
Cada día, esa casa se convertía en un pequeño infierno por cualquier motivo... Por eso, nos pasábamos el día fuera, haciendo cualquier cosa: sentadas en un banco mirando la gente pasar, tiradas en el parque bajo la sombra de los tejos, tras el cristal de un bar resoplando por el frío, de tiendas probándonos todo para no comprar nada… O en la biblioteca leyendo. Llegábamos a casa para la cena.
Ya no se vestía con vaqueros raídos y camisetas de algodón. Era más 'chic': las deportivas no formaban parte de su ropa de diario, sino de su uniforme para el gimnasio. Y siempre llevaba pendientes: dice que le dolió hacerse los agujeros de nuevo. En su mano también estaba escrito su futuro…
-Me caso -me dijo al ver que no quitaba ojo de una sortija de oro blanco y pedrería en azul en su anular izquierdo-. Se llama Javi y es arquitecto.
-Esto… Enhorabuena, me pillas… -debió ver mi cara de espanto porque siguió hablando de las virtudes del tal Javi como si tuviera que vendérmelo. Lo que ella no sabía es que yo ya sabía…
Javi no sólo era casi de mi cuadrilla -estuvo saliendo durante un tiempo con una compañera de trabajo hasta que descubrimos que el maromo tenía novia y Lucía, que así se llama mi colega, lo dejó aconsejada por nosotros-, sino uno de los profesionales de su gremio más aclamado, pese a su insultante juventud. Que papá fuera ingeniero ayudaba, claro. Así que Marisa era la novia… Ahora entendía todo el juego. Javi -o Falces, todos le llamábamos por su apellido- nunca habló de su novia, ni había rastros en su casa de que la tuviera. Claro, luego nos enteramos de que vivía en Londres, que era diseñadora de moda y que se llamaba Meri. Así que mi Marisa era Meri Sa, la modista más ‘in’ del momento. Por lo menos, se dedicaba al arte, lo más cercano a lo que estudió, contradiciendo a Carmen, claro.
-¿Y estás segura? -tenía que preguntárselo.
-¿Segura? Pues claro. Es el hombre de mi vida: atento, cariñoso, correcto, educado, culto...
-Y un cabrón -mascullé entre dientes, pero no me oyó.
-Además, le gustan los niños. Le encantan, vamos… -¡oh, dios! No podía haber dicho esto. No podía-. Queremos ser padres jóvenes -quedaba claro que sí lo había dicho.
El camarero se acercó para recoger nuestras peticiones.
Durante el instituto, las penas de ‘la bruja’, como ambas la llamábamos en un alarde de escasa originalidad, se centraban en lo “imperfecta”que era Marisa. Y es que Carmen quería una hija modelo y modélica: rubia –Marisa era morena-, alta y espigada -Marisa era de estatura media y cuerpo curvado-, correcta -Marisa siempre decía lo que pensaba, aunque no fuera lo idóneo-, sin ambiciones laborales -Marisa ansiaba llegar allí donde estuviera el horizonte-, conformista -Marisa podía ser cualquier cosa menos esto- y dependiente -en el vocabulario de Marisa no entraban palabras como marido y deberes, sino compañero y sueños compartidos.
Cada día, esa casa se convertía en un pequeño infierno por cualquier motivo... Por eso, nos pasábamos el día fuera, haciendo cualquier cosa: sentadas en un banco mirando la gente pasar, tiradas en el parque bajo la sombra de los tejos, tras el cristal de un bar resoplando por el frío, de tiendas probándonos todo para no comprar nada… O en la biblioteca leyendo. Llegábamos a casa para la cena.
Ya no se vestía con vaqueros raídos y camisetas de algodón. Era más 'chic': las deportivas no formaban parte de su ropa de diario, sino de su uniforme para el gimnasio. Y siempre llevaba pendientes: dice que le dolió hacerse los agujeros de nuevo. En su mano también estaba escrito su futuro…
-Me caso -me dijo al ver que no quitaba ojo de una sortija de oro blanco y pedrería en azul en su anular izquierdo-. Se llama Javi y es arquitecto.
-Esto… Enhorabuena, me pillas… -debió ver mi cara de espanto porque siguió hablando de las virtudes del tal Javi como si tuviera que vendérmelo. Lo que ella no sabía es que yo ya sabía…
Javi no sólo era casi de mi cuadrilla -estuvo saliendo durante un tiempo con una compañera de trabajo hasta que descubrimos que el maromo tenía novia y Lucía, que así se llama mi colega, lo dejó aconsejada por nosotros-, sino uno de los profesionales de su gremio más aclamado, pese a su insultante juventud. Que papá fuera ingeniero ayudaba, claro. Así que Marisa era la novia… Ahora entendía todo el juego. Javi -o Falces, todos le llamábamos por su apellido- nunca habló de su novia, ni había rastros en su casa de que la tuviera. Claro, luego nos enteramos de que vivía en Londres, que era diseñadora de moda y que se llamaba Meri. Así que mi Marisa era Meri Sa, la modista más ‘in’ del momento. Por lo menos, se dedicaba al arte, lo más cercano a lo que estudió, contradiciendo a Carmen, claro.
-¿Y estás segura? -tenía que preguntárselo.
-¿Segura? Pues claro. Es el hombre de mi vida: atento, cariñoso, correcto, educado, culto...
-Y un cabrón -mascullé entre dientes, pero no me oyó.
-Además, le gustan los niños. Le encantan, vamos… -¡oh, dios! No podía haber dicho esto. No podía-. Queremos ser padres jóvenes -quedaba claro que sí lo había dicho.
El camarero se acercó para recoger nuestras peticiones.
(to be continued)
20 marzo 2005
Rusell (2)
Sólo entonces me di cuenta de lo cambiada y pálida que estaba. No se ajustaba a los recuerdos que yo guardaba. Marisa, la rotunda, la morenaza, la que se los llevaba a todos de calle, la que, ‘encima’, era maja y mi amiga. La siempre accesible y cálida Marisa. Le propuse comer algo y aceptó, aunque con reticencias.
−Vamos al bar ese donde ponían aquellos pinchos tan ricos…Mmmm ¿hacia dónde quedaba?... Para allá, ¡vamos!
−Eh… No sé de qué sitio me hablas.
−Sí, mujer, al que íbamos siempre. El de la tortilla con puerro y perejil −respondí resuelta, como si no hiciera cinco años desde la última vez.
−Buff, ¿pero sigue abierto?
−¿No me digas que no has vuelto? ¿En serio que no te has pasado ni una sola vez desde entonces?
−Hace mucho… sí…. −se sonrojó ante mi tono de vehemencia y yo la cogí de la mano. Tiré de ella divertida y sus tacones resonaron en el empedrado antiguo. Era ligera como un algodón, pero sabía marcar su paso para que la vieran.
Buscamos entre el laberinto de callejuelas. Divertidas, entablamos sendos relatos sobre lo que nos había pasado en el último lustro y recordando cuando fuimos amigas. La vi reírse con fuerza en aquel paseo y descubrí en su rostro de piel fina y pálida a mi Marisa, la de las clases, los descansos y las aventuras.
Realmente, no tenía ni idea de dónde se encontraba el bar exactamente. La orientación nunca fue mi punto fuerte y, por ello, la conocí. Fue durante una actividad de Educación Física en el primer año de instituto. Algo así como una competición de robinsones en una mañana. Nos tocó hacerla juntas, como pareja. Ella tenía ingenio y conocimientos sobre la brújula. Yo, sentido común y paciencia. Así que, después de habernos reído hasta que nos dolieron las mandíbulas, llegamos a la meta entre los cinco primeros equipos, escribiendo nuestro nombre en la lista de ‘habilidosas a tener en cuenta’.
Dimos un par de vueltas más por el Casco Viejo, las suficientes para re−conocernos, y encontramos el bar. Como entonces, había lleno absoluto en la barra y media entrada en las mesas. La semi−arrastré a una situada frente a una cristalera con visión sobre la calle y cogí la carta.
(to be continued)
17 marzo 2005
Rusell
(Este es sólo el primer capítulo de una historia con asterisco y sin punto final. Dos rombos en realidad)
Hacía mucho que no la veía. Tanto, que no recordaba con exactitud su rostro. Pero me la encontré de frente en una de las calles del casco viejo de la ciudad. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, absorta en sus pensamientos y la mirada fija en algún punto del horizonte. Me pareció ella y, por eso, la toqué, temiendo que se esfumara al fijar la vista en mí, como si estuviera soñando y ella fuera parte de la aparición. Bajó a la tierra. Primero, me miró desconcertada. Después, ella también me reconoció.
¿Hola?−me preguntó con timidez.
Hola −respondí con más aplomo−. ¿Marisa?
Casi sin escaparse los fonemas de mis labios, ella desplegó una sonrisa enorme. De oreja a oreja. Lo que en su cara pequeña y enjuta no significaban demasiados centímetros. Dos arrugas verticales acompañaron el gesto con una mueca de tristeza infinita que me pinzó el pecho, sin saber por qué. Sus ojos, en cambio, brillaban… Bailaban con el sol… Eran negros y profundos, enmarcados en unas pestañas pobladas y largas, sin rimel.
¡Qué sorpresa! −exclamó sacando sus manos de los bolsillos y acercando una a su boca.
(to be continued)
15 marzo 2005
Besar a un hijo
Yo tengo una caja aquí. Sobre mi vientre. Es un arcón pequeñito, de madera de arce y apliques dorados. Por dentro está forrada de una tela cálida y preciosa. Un retal de lana de llama, traído de forma expresa de Perú para mí. Parece una nube encerrada. Porque mi caja no es una caja cualquiera. Es LA CAJA. Así, con mayúsculas. El arca de los besos. Donde encierro las caricias de mi madre-maga. Mi caja esconde besos para tiempos de pobreza. Es un refugio cuando llega la tormenta y la maleta con la que viajo a cualquier lugar que vaya. Y, encima, ni pesa ni ocupa.
Esta caja me la regaló mi madre cuando era pequeño. Lo hizo porque nunca quise darle un beso. Porque, como si los besos los vendieran en el kiosko como cromos, alegaba que no tenía, que se los habían llevado ya todos. “Se me acabaron, mama”, le decía. Así, mama, sin tilde, como la que me mantuvo en vida. Entonces, mi madre, que era un corazón con extremidades, me escondía entre sus brazos y no había rincón de mi piel que no besara. Aunque la gritara y soltara mis puños al aire pidiéndole libertad.
Uno por la eme, dos por la i, tres por la g, cuatro por la u, cinco por la e, seis por la l, siete por… Era capaz de hacer memoria de toda la familia y recitar de carrerilla las letras de cada uno de los ocho apellidos que recordaba. No sé de dónde sacaba las fuerzas, una mujer tan delgada y pequeña. Ella me dice que sólo con mirarme a los ojos sentía la capacidad para mover la cantera de mármol de Connemara.
Hoy, mira al horizonte cuando me voy con los ojos perdidos en el cielo. Llora en silencio y en seco, pero me sonríe. Sabe que para que vuelva tiene que dejar que me vaya. Pero también es consciente de que siempre regresaré cuando se me acaben los besos, porque la caja que me regaló sólo pesa cuando está vacía. Entonces, parece que porte toneladas…
Porque el amor no es retener, sino mantener.
Esta caja me la regaló mi madre cuando era pequeño. Lo hizo porque nunca quise darle un beso. Porque, como si los besos los vendieran en el kiosko como cromos, alegaba que no tenía, que se los habían llevado ya todos. “Se me acabaron, mama”, le decía. Así, mama, sin tilde, como la que me mantuvo en vida. Entonces, mi madre, que era un corazón con extremidades, me escondía entre sus brazos y no había rincón de mi piel que no besara. Aunque la gritara y soltara mis puños al aire pidiéndole libertad.
Uno por la eme, dos por la i, tres por la g, cuatro por la u, cinco por la e, seis por la l, siete por… Era capaz de hacer memoria de toda la familia y recitar de carrerilla las letras de cada uno de los ocho apellidos que recordaba. No sé de dónde sacaba las fuerzas, una mujer tan delgada y pequeña. Ella me dice que sólo con mirarme a los ojos sentía la capacidad para mover la cantera de mármol de Connemara.
Hoy, mira al horizonte cuando me voy con los ojos perdidos en el cielo. Llora en silencio y en seco, pero me sonríe. Sabe que para que vuelva tiene que dejar que me vaya. Pero también es consciente de que siempre regresaré cuando se me acaben los besos, porque la caja que me regaló sólo pesa cuando está vacía. Entonces, parece que porte toneladas…
Porque el amor no es retener, sino mantener.
13 marzo 2005
Rumbo al sur
Gritaré tu nombre en el andén. Gritaré hasta que mis gritos se ahoguen en su propio sonido. Hasta que el eco de la estación estalle en mi garganta. Hasta que me quede sin aire. Gritaré porque te vas y, si no te vas, gritaré porque te quedas. Hagas lo que hagas, yo ya no soy la misma. Ya no te espero sentada, en silencio, con una margarita desmayada en mis manos. Ahora me revelo de esa estúpida languidez. Me revelo de mí misma. Dejo el miedo en un cajón, lo guardo bajo llave para que no se vaya nunca pero, a la vez, para que no me arañe cada vez que te veo. Ahora mis manos no sujetan margaritas.
Odio la lentitud de esta despedida. Quiero que arranque el tren. Quiero perderlo. No quiero pagar este billete tan caro. Ni quiero aceptarlo como regalo. No quiero ir contigo, ni quiero irme sola. Quiero que seas tú quien se vaya. Tus abrazos eran una cárcel y tus palabras los barrotes de mi ventana. No me mires así, ahora no me culpes a mí de tus penas. Sabes que yo no tengo la culpa. También sabes, como yo, que tú tampoco la tienes.
No me odies, ni esperes que te odie. Hemos vivido durante tiempo adormilados, en una maldita connivencia donde no sentíamos nada. Es indiferencia. Es, tal vez, el peor sentimiento. Lo sé, sé que lo sabes. Lo sabes y lo odias, pero es lo que hay. No vamos a negar las evidencias. Este asesinato no lo hemos cometido ninguno de los dos. Simplemente, es un suicidio. Como Charly, se tiró por la ventana, sólo que abajo no lo esperaba ninguna piscina. Se quedó aquel día sobre el suelo.
No intentes recuperarlo. Es como el mercurio, se multiplica cada vez que lo tocas. No puedes hacer nada. Y yo no quiero hacer nada. Dejémoslo así, no intentemos nada más. Ni te despidas. Qué me vas a decir. Seamos amigos.... Para qué. Amigos no somos, no lo fuimos. Nos hablamos... ¿Nos hablamos alguna vez? Te escribiré... Eso tampoco funciona.
¿Te acuerdas del planetario, verdad? Piensa en ello alguna vez, si es que quieres recordarme. Piensa en la fascinante historia que nos inventamos. Piensa en niña lluvia y niño sol. Piensa que es casi imposible que uno y otro se den a la vez. Y que, cuando lo hacen, hay un arco que los une. Y nosotros rompimos ese arco aquella vez en el planetario.
Y ahora, vete. El jefe de la estación camina hacia el final del andén. Está dispuesto a dar la salida. Vete, por favor. No mires hacia atrás. Yo no voy a mirar. Llámame cruel. Di que soy la mala. Ahora estoy cansada de no ser nada y puede que, incluso, me apetezca ser la mala. Me da igual lo que piensen los demás. Me da igual lo que pienses tú. Ya ves, las tornas han girado y yo estoy aquí. En el mismo lugar, pero rumbo a otra dirección.
Igual que tú. Río abajo, rumbo al sur.
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