29 octubre 2006

Live and learn

I came home in the morning
And everything was gone!
Oh, what have I done?
I dropped dead in the hallway
Cursing the dawn
Oh come on sun

Why must I burn
I'm just trying to learn

I stare into the light
To kill some of my pain.
It was all in vain,
'Cause no senses remain.
But an ache in my body
And regret on my mind
But I'll be fine

'Cause I live and I learn,
Yes, I live and I learn,
If you live you will learn
And I live and I learn.

God kicked you in the head
So I started a fight,
Cause I knew I was right
But I learned I was wrong,
I remember a slaughter
I remember I fought
Fought for the money I brought
I got blistered and burned
And lost what I earned
But I lived and I learned
Yes, I lived and I learned

I got, I got it now.
I got, I got it now.
(She's got, she's got it now!)
I got, I got it now. / She's got it now!
I got, I got it now.
(She's got, she's got it now!)

I came to on a corner,
Want some help from a man
God damn I don't seem to have learned
That a lady in need
Is guilty indeed,
So I paid and got laid in return
And I don't know what I've learned...

Well... you get what you give!
And hell, yes, I'll live
But if you live as you learn,
I don't think I can learn
All with the sun in my eyes
Surprise, I'm living a life.
But I don't seem to learn,
No, I don't think I can learn...

The Cardigans
(Long gone before daylight)

22 octubre 2006

Trampas

Y de fondo: 'Tantas cosas'


Sigo aquí. En la sombra, aunque tú no lo creas. Aunque te parezca que haya pasado demasiado tiempo y que ya no tiene sentido. Pero es que no es necesario que lo tenga. Hoy me sorprendí sonriendo mientras me acordaba de ti. Y no me costó reconocerlo ni desempolvar la historia. No me costó quitarle las cenizas del libro que prendí aquel febrero. El mismo que no tuve valor para ver arder.

Y lo conté. Sin necesidad de susurrar ni de parar en medio del relato. No me detuve en los detalles ni en los reproches. Lo conté como una historia que no me pasó, como la película que vi ayer en el cine. Y a la vez reconocí lo mucho que me cambió, lo que aprendí, lo que me enseñaste. Supongo que el tiempo pasa para todos, que ya no es lo mismo. Y ahora que lo escribo me punza la nostalgia.

Es curioso cómo nos aferramos a los sentimientos. Sean los que sean. Cómo los hacemos un hueco cada noche en la almohada y lo raros que nos sentimos cuando una noche no duermen en casa. Lo que me angustia, o me asusta, o, incluso, puede que me guste es precisamente la certeza de que ya no volverán. De que la madrugada pasada fue la última. Que no habrá más desvelos ni más cafés de las seis.

Es como nuestros monstruos, como los miedos infantiles. Nos cuesta entenderlos porque no prestamos atención. Porque no queremos pensarlos. Porque si lo hiciéramos los razonaríamos y hasta los racionalizaríamos. Y si los pasamos por ese cedazo ya todo está perdido. Habríamos caído en nuestra propia trampa. Se dice que uno crece y madura cuando deja de tenerle miedo a la oscuridad y a los bajos de la cama.

Entonces, se dice que hemos sentado la cabeza y todo ha de ser pensado y planeado. Todo tiene que seguir un orden. Y decimos que es natural. Pero es mentira. Porque lo natural es el miedo y lo racional entrar en el cuarto sin prender la luz.

15 octubre 2006

Mujeres sin nombre

(Al matrimonio Hamlin,
Magazine de La Vanguardia, 15 de octubre de 2006)

Hasta que él apareció, era una mujer sin nombre. Una mujer gris con miedo a mirarse a los ojos. Vivía en un lugar donde sólo había mujeres, más mayores y más jóvenes, en una choza hecha con adobe, piedra y maderas. Por el tejado se colaba el sol y la lluvia a partes iguales. En su cama no había descanso.
Se sorprendió de que alguien se atreviera a abrir la puerta de su casa. Le miró con cara de susto. Detrás de él había otra mujer. Recordaba su rostro. Ella también había vivido allí. Fue su vecina durante un par de años, pero hacía mucho que no la veía. Las otras mujeres habían dicho que una noche vinieron a buscarla y se la llevaron. Lloró. Era su amiga.
Le preguntó cuánto tiempo llevaba allí. No supo contestar. Cuando llegó, los cafeteros estaban recién plantados… Y la de este año sería la séptima u octava cosecha. Se sentía avergonzada. Intentó taparse con la manta hasta la barbilla y ocultar, también, el sucio jergón. “No te preocupes. Entiende”, le dijo su amiga. Pero agarró la manta con más fuerza.
Alguna vez había oído hablar de él. De gente como él, que visitaba poblados como el suyo. Le habían contado que eran buenos. Que te hablaban. Te daban la mano. Y no ponían caras raras cuando te levantabas de la cama. Decían que podían ayudarte, que aquello no era un castigo, sino una enfermedad… ¡con cura! Siempre se los imaginó vestidos con ropas blancas.
Sin embargo, él usaba pantalones azules y camisa de cuadros. Y sus pies estaban ocultos en unas gruesas botas marrones. “Vengo a ayudarte”, le dijo. Y le tendió la mano. Su amiga sonrió. Nunca le había visto aquellos dientes tan blancos. “¡Qué bonitos!”, pensó. Y entonces le miró su vestido: era de muchos colores. También le acercó su mano.
Estaba temblando. Su amiga se aproximó y le tocó la cara. “No tengas miedo. Me ayudó a mí y ahora viene a por ti”, susurró. Era verdad lo que contaban, entonces. Él dio un paso. Y luego otros dos. Y dos más hasta que llegó al colchón. Se sentó y le acarició el pelo. Ella sacó su mano y le cogió el brazo. Entonces, él le agarró de los hombros y la ayudó a levantarse.
Fuera les esperaba un coche. Tardarían unas horas en llegar a la capital. La arroparon con una manta limpia y se durmió en el hombro de su amiga. Cuando volvió a abrir sus enormes ojos negros, estaba en la cama de un hospital, sobre sábanas que olían bien y rodeada de gente vestida de blanco. Como los había visto en sueños tantas veces.
Dos semanas después de aquello, el hombre que la vino a buscar le dio un paquete. “Ábrelo”, le pidió. Ella obedeció. Sus manos desdoblaron rápidamente el papel brillante, con las ganas con que lo hace un niño el día de su cumpleaños. Al fin y al cabo, ella no era tan grande. Tenía 23 años. Era un vestido amarillo mostaza. “¡Que suave”, se pasó la tela por la cara. Olía bien, a perfume. Lo desdobló lentamente, con miedo a que se pudiera romper.
Cuando salió del hospital, llevaba puesto el traje. Ya nadie la miraría mal, como le pasó después del parto. Se pasó casi diez días con dolores y el bebé murió entre sus piernas. Días más tarde, descubrió que todas las mañanas se levantaba mojada. Su marido la devolvió a su familia. Y su hermano la llevó al poblado donde conoció a su amiga, la única que había tenido y que la esperaba a la puerta con una pequeño espejo como regalo.

03 octubre 2006

Givenchy

Aquella mujer tenía las manos anchas, como si estuvieran permanentemente hinchadas. Eran unas manos como de hombre, ásperas y de uñas anchas y cortas. Los dedos, deformados por la artrosis, parecían las ramas de un árbol. Daban un poco de miedo porque uno tenía la sensación de que se habían peleado entre sí y por eso no eran capaces de alinearse. Miré su cara despacio y su gesto me devolvió una sonrisa serena. Tenía muchas arrugas, sobre todo alrededor de la boca y de los ojos. Parecía que se hubiera reído mucho antes. Tenía la piel curtida por el sol, sin duda, eso la hacía más vieja aún. Y, además, la edad se había encargado de estamparle por el cuerpo manchas béis.

Le toqué la frente. Estaba fría. Debía haber muerto hacía horas… Su marido se la encontró así después de ir a la cocina a por un vaso de agua. No supo bien que hacer, se la llevó a la cama, la amortajó como pudo y se quedó velándola hasta que un vecino le fue a buscar para dar una vuelta. Ahora, estaba en la esquina de la habitación, con los ojos fijos en mí, pero sin verme. No lloraba. Simplemente, no era capaz de hacer nada. Entre sus manos, apretaba con fuerza un frasco translúcido cuyo diseño daba pistas de que tenía, tal vez, más de veinte años. Era la colonia de su mujer y se la había echado. Olía fuerte y dulce. Probablemente fuera de Givenchy, no soporto esta marca. Sin embargo el aroma del perfume no había borrado el rastro de otro más penetrante: el de la lejía. Me recordó otro tiempo… cuando era niña.

Entonces pasaba los veranos con mi abuela en el pueblo. Se había quedado viuda de joven, poco después de que naciera mi madre. A mi abuelo lo mataron en la guerra y no supimos nunca donde lo enterraron. En aquella época, yo no tendría más de ocho años, mi abuela se movía ligera, no le temblaba el pulso y me llamaba por el nombre. Me gustaba estar con ella. Todo era una fiesta. Incluso fregar la cocina y quitarse aquel olor penetrante a lejía de la piel. El truco era restregarse limón. “Mano de santo”, decía, y luego se rociaba de colonia. Olía parecido. Cuando se murió -de repente, en la butaca de la cocina, hace apenas unos días-, yo también la eché su perfume.

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