30 enero 2007

Puntos suspensivos

Tengo una amiga que asegura que los puntos suspensivos son esenciales. Es más, que hay mensajes que no se entenderían sin ellos. Según ella, aportan un contenido que difícimente se podría explicar de otra manera. Sí, los puntos suspensivos tienen mucho significado, argumenta. A la vista de esta teoría, no es lo mismo decir / escribir 'ya sabes' que 'ya sabes...' Pero claro, en la escuela, de siempre, te dicen que los puntos suspensivos se usan para no decir cosas. Por ejemplo, para evitar ser exhaustivo en una enumeración: 'Me llevé papel, boli, goma de borrar, sacapuntas...' Bien, pero ¿y cuándo hablamos de personas? 'Vinieron Ana, Eva, María...' ¡¡A nadie le gusta ser los puntos suspensivos!! ¿No?



27 enero 2007

Cuestión de solidaridad

Siempre había miguitas en el alféizar de su ventana. Las dejaba allí cada domingo para que vinieran a comer los pájaros del parque cercano. Era una cuestión de solidaridad: nadie les echaba palomitas a los gorriones, sin embargo, las palomas se ponían las botas con las chucherías de los niños. Luego, volvía a la cama, sacaba algún libro del cajón y se ponía a leer hasta oír algún repiqueteo en el cristal. Eran puntuales. Levantaba la vista y les miraba con atención. Entonces y sólo durante aquellos breves instantes, la vida le parecía de verdad y no un telefilme de Antena 3 a las cuatro de la tarde.


20 enero 2007

Impares

"-Pide un deseo -le dijo el genio de la lámpara.
-Quiero regresar a casa -replicó Aladino."
Y la niña pensó que ella, en su lugar, hubiera pedido la colección completa de 'Los cinco'.

13 enero 2007

Ventana

Era uno de los últimos supervivientes de las Brigadas Internacionales. Había venido a España para conmemorar el sesenta aniversario de su otra llegada a Madrid, en noviembre del 36. La tele local donde por entonces yo trabajaba había concertado una entrevista con él. Un miembro del equipo se había puesto enfermo, y me enviaron a mí a sustituirlo. Se trataba de mi primera entrevista, algo que ningún periodista del mundo puede olvidar jamás; recuerdo que eso decían los reporteros veteranos.

Uno de ellos, muy misteriosamente, me había dicho una vez: "La primera entrevista no solo es inolvidable. También conitene claves de lo que será tu desarrollo profesional y tu vida. Solo que no lo sabrás hasta encontrate en el final del camino".

(...)

El viejo se hospedaba en una pensión cochambrosa del centro, en la calle Fuencarral. No tenía dinero para algo mejor, pero según hube de enterarme más tarde, había otra razón, una de índole sentimental, romántica.

(...)

Al decirle que no queríamos grabar en la habitación ha sonreído tristemente, encogiéndose de hombros.
-Es una pena. En esta pensión me hospedé cuando vine a luchar a Madrid. En esta misma habitación. Lo sé con seguridad porque queda enfrente de la calle, justo en línea recta. ¿Ves? Mira, ven. Nos hemos asomado juntos.

(...)

-Hace sesenta años, el día en que llegué, pedí dos deseos apoyado en esta misma ventan, Amparo. La batalla había comenzado, y era casi seguro que Franco iba a entrar en Madrid, nadie daba un centavo por la ciudad. Pero pedí que ganáramos. Y ganamos. Franco no entró en Madrid en noviembre del treinta y seis -ha subrayado como si sospechara que a alguien podía quedarle alguna duda. No sé por qué, me lo he imaginado de pronto pegándose más de una vez en una tierra, en Estados Unidos, con alguien que hubiera dicho que venir a Madrid a luchar por la República era una idiotez. Si hubiera de hacerlo hoy de nuevo, Tom, a sus ochenta años, lo volvería a hacer.
-¿Y el segundo deseo?
-El amor, Amparo. Encontrar el amor.

(...)

Pero cuando nos disponíamos a salir me ha agarrado con solemnidad del brazo.
-Amparo -ha dicho con gesto grave.-. Te regalo esta ventana. Es toda tuya.
Le he mirado sin entender
-Es una ventana mágica, ¿no lo entiendes? ¡Concede los deseos! ¡Venga! ¡Pide dos! Como hice yo.
Me he asomado a la ventana entre cohibida y pudorosa, mirando al frente, hacia la calle. No lo he dudado.
('El mundo se acaba todos los días', Fernando Marías)

11 enero 2007

vidas cruzadas

Ten cuidado. Las letras de las canciones son espías... Y de las indiscretas.

07 enero 2007

¿Subirías al autobús?

Respiró hondo, tan hondo como la dejó su estómago. Se le había hecho inmenso, le presionaba los pulmones y le subía por el esófago... Parecía que iba a salírsele por la garganta. Los tres escalones del autobús que tenía delante se le antojaron siniestros, a pesar de la moqueta y su aspecto pulcro. Tras de sí, algunos niños chillaban, mientras jugaban a pillarse unos a otros.

Sentía un millar de ojos clavados en su nuca. Sólo era una decena, ocultos tras las contraventanas a medio cerrar de las casas de adobe. No sabía si dar un paso. Y de darlo, tampoco tenía claro en qué dirección. Nunca le había visto tan de cerca. Hiciera lo que hiciera no todo estaba bien. En su situación no había una decisión correcta... ni incorrecta. Era una cuestión ¿de principios?

No sabe cuánto tiempo estuvo así, quieta, sin levantar la vista de sus zapatos. Por su cabeza pasaron un montón de imágenes. Y no, no estaba a punto de morirse. Se vio sentada en un pupitre verde, al lado de la ventana, con el patio húmedo y vacío, y los árboles del parque bailando al son del viento, cada vez más feroz. En su mesa había una fotocopia que contaba la historia de un joven francés que se debatía entre abandonar a su madre por sus ideas políticas o quedarse con ella y ayudarla a vivir. Eran los años de la Segunda Guerra Mundial

Alguien la apuró. "¡Vamos!", gritó. Seguía sin poder moverse. El sol caía y las sombras se hacían cada vez más alargadas y menos nítidas. Giró su cabeza hacia la derecha y vio la casa de barro con la ventana cerrada. Una vieja acaba de salir de ella. Caminaba despacio y encorvada. "¿Subes o no?", chilló de nuevo la voz.

Volvió la cabeza y miró los ojos de quién le apresuraba. Respiró hondo de nuevo. Se acordó del título de una película. "No", dijo. La puerta se cerró y el autobús dio marcha atrás. 'La vida mancha'.

03 enero 2007

A dieta

Te regalo todos mis sueños. Me duelen. Se me clavan al dormir en los costados. Y cuando me levanto, dan vueltas y vueltas y vueltas hasta que me mareo. Me he cansado de mirar al frente si lo que hay no es el mar. Eso sí, te aviso. No intentes venderlos en el rastro. No creo que te den mucho por ellos. Hay demasiados en los puestos. Fíjate en las cajas que se exponen. Hasta las de conchas tienen alguno dentro. Cógelas y abre sus tapas. Observarás que no pesan mucho. Algo asi como 21 gramos, los que dice un director que perdemos al morir. Míralo por el lado positivo, tal vez ahora entre en cintura. Quiero decir, la de mi talla.
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