28 mayo 2007

Tocadiscos

-¿Qué es lo mejor de Martirio?
-(Se lo piensa. Breve silencio. Responde) Las ganas. Tengo muchas ganas.
(Entrevista en televisión)
Colocó la aguja sobre el vinilo y se acurrucó en el sofá. El disco comenzó a sonar. Primero el característico crepitar del diamante contra el polímero. Y luego la música. Cerró lo ojos y se abrazó a las rodillas. Las notas resbalaron por ella como si le llovieran encima. Quiso llorar. Al menos, se dio cuenta, le habían quedado las ganas.

26 mayo 2007

Notas al margen

"Hay lugares de la ciudad que uno descubre por sí mismo en sus caminatas solitarias y otros que le son revelados como un regalo generoso de la amistad o el amor. Se puede regalar lo que uno más ama, cierta perspectiva al fondo de una calle, un parque pequeño junto a un puente, un café, un club de música, hasta un instante de luz. Ese regalo intangible enriquece a quien lo ha hecho y se vuelve un tesoro enaltecido por el agradecimiento para el que lo recibe, en un recuerdo y también en la posibilidad de otro regalo. En el lugar estará siempre quien nos lo descubrió y el momento de nuestra vida en el que gracias a su mediación lo conocimos".

'Ventanas de Manhattan', Antonio Muñoz Molina

Y de fondo...

25 mayo 2007

Zoom in

(En la más estricta intimidad, 1945)

A veces me gustaría tener ojos de fotógrafo. O por lo menos, de alguno. Por ejemplo, los de Robert Doisneau. Este profesional, que trabajó junto a Henri Cartier-Bresson y Robert Capa, se dedicó a captar la vida de las calles de Paris con su cámara. A la vez que retrataba rostros anónimos con una extrema sensibilidad, inmortalizaba la belleza y elegancia de la alta sociedad para Vogue. También formó parte del movimiento Fotoform, fundado por el médico alemán Otto Steinert, uno de los padres de la fotografía subjetiva y por el que hoy llega aquí.

24 mayo 2007

Álbum de fotos

Siempre le había gustado tener las paredes más o menos limpias. Supone que para contrarrestar el 'horror vacui' del mobiliario de sus casas. Su habitación nunca estuvo llena de fotos. Tan sólo un par de imágenes clavadas en un corcho: la portada de Steve Mc Curry en el número de junio del National Geographic de 1985, y un retrato de una ostra y Carmelo Gómez publicada en El Semanal, con motivo del estreno de 'Territorio comanche', que todavía conserva.

Durante la universidad, aprendió a colocar cuadros. Era una forma de poseer lo que, en el fondo, no era y nunca sería suyo. Y así, su primer salón, pintado en un horrendo color salmón, acogió, de nuevo, la imagen de Sharbat Gula y luego, el cartel de 'Todo sobre mi madre'. Le daba cierto toque 'kitsch' a algo que era, simplemente, feo. Más adelante, una bola gigante y dorada, de un árbol de Navidad público, completó el cuadro.

Al regresar a casa, decidió que su antigua habitación era demasiado clásica. No podía cambiar mucho, los muebles eran nuevos y las paredes, blancas. Así que decidió colocar alguna que otra imagen. Detrás de la puerta las puso a ellas, que siguen esperándole. Y dentro del armario, junto a un cuadro hecho a base de papel albal pintado con lápiz, pegó un folleto de esta otra. El afiche no pudo robarlo. Aún se pregunta cómo hacerse con una copia.

Al año, se fue. Se mudó de nuevo, con un póster del festival de teatro aficionado de su ciudad, y un cuadro de un caballo que le regalaron cinco años antes en la maleta. Éste último sigue con ella. El cartel se quedó colgado del piso que dejó hace ya casi tres años. Cuenta que se veía desde la calle. A veces, cuando pasa en autobús por su antiguo barrio, mira por si sigue allí. Pero lo han quitado. No hay lugar para el romanticismo en un piso alquilado.

El que sí se trajo es este otro. Lo secuestraron para ella un conde y una cabeza de corcho. Hoy, en su salón, se acompaña de más fotos enmarcadas, de un póster vertical gigante del Empire State, del caballo irlandés y de un paisaje nevado que colocó un fan de Macaco. Sin embargo, aún le queda un hueco, por si Cesc, cruza sus pasos con los suyos en esta ciudad o en esta otra.

Canciones de película

Michael Nyman fue el encargado de poner música a la historia de Mathilde y Antoine, que esbozó Patrice Leconte en 1990. Sin embargo, hay melodías que dibujan mejor a los personajes, como ésta. Canciones de película.

22 mayo 2007

Una foto de Ray

Se recostó de nuevo y la vio salir descalza por la puerta de la habitación. Pisaba levemente de puntillas. Pensó que aquel vestido le sentaba muy bien, pero no lo dijo. Segundos después, ella se puso los zapatos que llevaba en la mano. El ruido de sus pasos llegó hasta la cama acolchado por la alfombra del pasillo. Le hubiera gustado verla así, encaramada a los tacones. Suspiró y se volvió hacia la ventana. Las luces de la calle llegaban tenues hasta sus ojos. Se durmió.

-Buenos días. Son las ocho y esto es...

El sol le cegó de pleno, a pesar de las cortinas. Se estiró con más pereza que de costumbre. Las sábanas le devolvieron el perfume de ella. Apagó el radio despertador y se fue hacia la ducha con los pasos cansados. Hoy no llegaría tarde a la oficina. No se miró al espejo, aunque sí miró hacia él. Abrió el grifo del agua caliente. Le hubiera gustado encontrar alguna nota. Un post it con algún apunte tachado hubiera bastado. El vaho empezó a empañar el cuarto. Se puso bajo el chorro y mientras le ensordecía el golpe del agua en su cabeza pensó que lo peor de los besos es cuando se te quedan en los labios.

21 mayo 2007

Un cuadro de Degas

Se sentó desnuda al borde de la cama, con las manos agarradas al colchón. Él se dio media vuelta y la miró. Paseó su mano por la espalda, recorriendo el surco de su columna vertebral. Ella echó la cabeza hacia atrás y suspiró de una manera casi imperceptible. Los dedos se detuvieron a la altura de las caderas para dibujar garabatos en horizontal. Le recordó a un cuadro de Degas. La ropa parecía haber llovido sobre el suelo. Se agachó para recoger la suya desde la cama.

-Ya te vas...
-Sí,
-Es pronto...

Se incorporó para besarle la nuca. Acababa de ponerse el vestido. No la alcanzó. Se levantó antes y la prenda resbaló hasta quedar en su sitio. Afuera soplaba ligeramente el sur y de vez en cuando se oía pasar algún coche. Se despidió de él con una caricia del rostro al omóplato. Cogió el bolso y la chaqueta depositados en el mueble de la entrada. Echó un vistazo al móvil. No había llamadas ni mensajes. Cerró suavemente la puerta al salir y mientras esperaba el ascensor pensó que debería haberle besado, con la certeza de que el mundo se acabaría mañana y sin importarle.

19 mayo 2007

Lado be

En el centro de la ciudad, a sólo unos pasos de la calle de las compras, hay una iglesia neogótica que cobija a cuatro figuras que nada tienen que ver con los perfumes de Chanel y Dior de los escaparates cercanos. Son cuatro habituales de los fines de semana. Cuatro personajes que encuentran en la puerta del templo, de piedra blanca y ladrillo visto, un buen lugar de trabajo. Llegan, se acomodan y esperan a que alguna moneda les caiga en la mano, la caja o la bandeja. En sus ojos se pueden leer historias de esas que arañan la piel. No hacen falta palabras para saber que sus vidas recorren círculos concéntricos.

La más anciana tendrá unos setenta años, mal llevados. Apenas mide un metro y medio, y cojea ligeramente de la pierna izquierda. Un velo blanquecino le impide ver correctamente, y en su bisbiseo continuo -seguramente reza- deja al descubierto sus encías rosadas y sin dientes. Se sienta en una silla plegable que tendrá más de veinte años, a juzgar por su diseño y el gastadísimo estampado de la lona. Cuando hace frío, se parapeta entre cartones.

Va de negro de los pies a la cabeza. Aunque cubre su cabello largo y grisáceo con un pañuelo de lana color arena. Pide con el brazo encogido y al echarle una moneda, el samaritano descubre sus dedos deformados por la artrosis y su piel curtida y gruesa. Cuando nota el tacto del metal, la vieja alza la vista, sonríe y da las gracias con voz débil y cascada. Se guarda el dinero en una bolsa que esconde bajo el delantal y sobre el vientre.

A su lado, una gitana de cara redonda y tez morena cruza los brazos, dejando una bandejita azul siempre por delante. Espera paciente el ruido seco de una moneda al caer en ella. Pero no sucede con frecuencia. Tiene un aspecto aseado y está más de diez kilos por encima de su peso. Probablemente tiene hijos, aunque por su rostro sea demasiado joven como para tener varios. No habla apenas. Y tampoco se mueve. Se apoya de un modo hierático en la columna interior del pórtico, de cara a la otra acera, pero en realidad no mira a los viandantes que pasean por ella, ni a la cristalera de la cafetería que hay justo en frente.

Es uno de esos locales donde el jazz lo envuelve todo y los clientes se sientan en amplios sofás de piel a leer la prensa. Está algo de moda los fines de semana. La gente descansa allí de su maratón consumista y hay ocasiones en que desde fuera se ven más bolsas del Zara y del Friday's Project que caras. La gitana sobre todo escucha: el ruido de la calle, los pasos de la gente, los rezos de los fieles... Y no dice nada. Tal vez si lo hiciera, los demás se darían cuenta de que es rumana y que no lleva tanto en la ciudad como para comprender la conversación al pie de la letra.

Quien le habla continuamente es otra mujer: morena, de pelo largo y muy cerca de la cuarentena. Tiene una voz grave y ajada por el tabaco. Cada vez que suspira exhala una bocanada de aire con olor a seis de la mañana en un 'after hour'. Y da igual si son las doce del mediodía o las cuatro de la tarde. Vista desde el otro lado, parece que, en verdad, esté esperando a alguien allí. Lleva rímel en las pestañas, pero poco. Y fuma. Mucho. No para. Cada media hora hurga su bolso beis en busca del tabaco y las cerillas.

Está nerviosa. O tal vez lo es. Pasea la acera de arriba a abajo. Y cuando algún coche deja libre un hueco, se le ven los pies desde el otro lado. Calza chanclas de playa aunque el día no acompañe. Y de pronto estalla de nuevo: las palabras le salen a borbotones por la boca y todo el mundo se da cuenta de que la mujer está loca. Y adelanta la mano cuando se acercan las señoras bien vestidas, que abren los monederos en busca de calderilla. Sin reparar demasiado en la esclava plateada que proyecta la luz desde la muñeca de la mujer, ni en sus anillos de bisutería, que adornan sus dedos largos y finos, rematados con unas uñas ligeramente largas y cuidadas.

Apenas algún viandante se fija en el cuarto miembro del grupo. Es un hombre joven, con camisa de cuadros y vaqueros oscuros. Se sienta en la acera con una caja de cartón a su derecha. No dice nada y ni levanta la vista de las baldosas. Se muerde las uñas compulsivamente. Sólo cambia de postura cuando la anciana le chista y le cuenta algo. O cuando se acaba la misa y la gente abre la puerta del templo. Entonces coge la caja y se levanta. Se pone a unos metros de la gitana, fija la vista en los adoquines y se muerde las uñas de nuevo.

Es el que menos recauda, aunque eso parece no importarle. En verdad, tiene un aire de que nada le preocupa. A veces la loca se lo echa en cara. Le aconseja que se mueva y que acerque la caja a los fieles. Pero él simplemente la mira, atiende y asiente. Rechaza también los cigarrillos que le tiende. Es un hombre gris e invisible, adosado a la propia fachada, como si el mismo Basterra ya hubiera pensado en él al diseñar la iglesia.

De pronto, suenan las campanas de bronce. Y sale una nueva lengua de creyentes, casi todos jubilados y vestidos con traje y corbata ellos, con pieles y perlas ellas. Se alejan con el rostro sereno de quien se sabe limpio por haber confesado sus pecados y por haber pedido piedad para los pobres. Al fondo también hay algún que otro vestido blanco. Estamos en mayo y hay comuniones.

16 mayo 2007

La vida en blanco

"todas las tachaduras se parecen
a la inquietud que sufres
ante la vida en blanco"
('Cuarentena', Luis García Montero)

De tus ojos me gusta que se fijan y que miran. De tus mensajes me gusta que son leves y precisos. De tus películas me gusta su delicado sentido de la estética. De tus regalos me gusta que dicen de ti y me descubren a mí. De tus canciones me gusta que son en inglés y apenas las entiendo. De tus palabras me gusta que calman mi ansiedad y desvelan tus esquinas.

15 mayo 2007

Sin venir a cuento


El Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo (CNPT), que agrupa a más de cuarenta asociaciones profesionales y sociedades científicas del sector sanitario, pidió ayer en una carta a la ministra de Cultura, Carmen Calvo, que las películas en las que aparezcan actores fumando "sin venir a cuento" o con "sobredosis de escenas de tabaco" sean clasificadas como 'no recomendables' y se les añade una 'R' (de 'restricted', restringido), propuesta hecha en EEUU. (El periódico de Catalunya, 15-5-2007)
Casablanca no pasaría el corte...

10 mayo 2007

Hay cosas que no tienen precio

Me ha salido un callo en la ilusión. Justo ahí, donde dan siempre las cosas que duelen. Bueno, que ahora no duelen porque ya no las siento. Lo he descubierto hoy, en una exploración nada rutinaria. Por un momento, me he sentido aliviada. Sin embargo, luego he pensado que tal vez fuera mejor lamentarlo. Me ha quedado la duda.
He encendido el televisor y el Dr. Scholl’s me ha recordado que los callos, al contrario que las bicicletas y los melocotones, no son para el verano. He bajado a la farmacia con la tarjeta en el bolsillo, dispuesta a dejarme en un remedio anti durezas lo que otros se gastan en geles contra la piel de naranja.
Le he explicado a la boticaria el problema y me ha mirado así, entre condescendiente y aburrida. Esto es, con esos ojos con que miran las madres a los bebés que intentan encajar un círculo en un cuadrado por millonésima vez. Me han temblado las piernas y he apretado la 4B como si quisiera derretirla. La mujer ha suspirado y antes de que dijera algo, me ha dado por salir corriendo.

09 mayo 2007

Ojos de alcaraván

"Alfanhuí sabía algo de todo aquello y conocía muchas hierbas con sus nombres y sus virtudes. Pero ahora buscaba mejorar su conocimiento y se quedaba con los ojos pegados a la vitrina y sacaba los tarros, y los olía y desgranaba las hierbas en su mano y preparaba infusiones y extraños alambiques cuando nadie le veía."
Rafael Sánchez Ferlosio ('Industrias y andanzas de Alfanhuí')

04 mayo 2007

( )

Porque me eriza la piel.

02 mayo 2007

Escombros

A Arancha le han dicho que tiene quince minutos para ir a su casa y coger algunas cosas. Las que pueda, las que le dé tiempo, las imprescindibles. Lo dice con la cara congestionada por las lágrimas que no brotan de sus ojos y el miedo aún presente en el pulso. Su marido la contempla con la mirada ausente, aún fija en los escombros que se encontró a las seis de la mañana de ayer, cuando los Bomberos los desalojaron del piso.

Vivían en la calle Gaspar Arroyo de Palencia, justo al lado del portal que se volatilizó a causa, conjeturan, de un escape de gas. Esta noche dormirán en uno de los dos albergues dispuestos por el Ayuntamiento de la ciudad y la Junta de Castilla y León para los afectados por la catástrofe, unos doscientos. Dentro de unos días no saben muy bien qué será de ellos. Tiene quince minutos para coger sus cosas. Un cuarto de hora para resumir sus vidas.






¿Y tú que elegirías?

01 mayo 2007

Doble uve

Donde vemos humo ... es que hay fuego.

"Pertenecen a la generación más preparada de la historia de España. Rondan la treintena, son universitarios y saben idiomas. Pero los bajos sueldos, la sobreabundancia de titulados y los cambios sociales les han impedido llegar a donde pensaban llegar. Comparten piso; no tienen coche, ni casa, ni hijos y ya se han dado cuenta de que el futuro no estaba donde creían" (El País, 23-10-2005, Antonio Jiménez Barca).

Y después de construida la escalera se dan cuenta de que no da a ningún piso. Tienen delante el vacío más absoluto. Están subidos en el último escalón y el vértigo comienza a trepar por sus piernas. Hay quien tiene pasamanos para agarrarse. Otros sólo pueden fiarse de su oído y del sentido del equilibrio que en él se esconde. Construyeron una escalera de caracol que resulta que es innovadora, pero nada útil.

¿Qué hacer entonces? No pueden cubrirse el rostro y llorar. Ni sentarse hechos un nudo a esperar que alguna promotora construya viviendas de lujo. Lo que hay es lo que ven. Nada. Deben fiarse de su capacidad para saltar de tejado en tejado hasta encontrar una buena escalera de incendio y bajar a las trincheras. A echar carbón a una caldera que mueve la misma maquinaria que les ha dado por el culo.

¿Rebelión? ¿Eso no es una novela de Ayn Rad? El acto más subversivo es borrarse de la ETT y comprar sellos para enviar el curriculum por correo ordinario. Y enseñarle el dedo al jefe cuando se da la vuelta, o insultarle sabiendo que está sordo y no lee los labios. ¿Sueños? Un contrato indefinido con los seis meses de prueba superados, una nómina que indique bien claro el 16% que se lleva Hacienda y una hipoteca que encadene a un banco. ¿Inversión? Tal vez, pero para volar se necesita liquidez.

""Los mileuristas constituyen una generación muy pasiva, que se ríe de todo, quejosa, aunque no estamos lo suficientemente mal como para tomar medidas desesperadas. No hay diálogo con los mayores, pero tampoco intenciones de fomentar una revolución real", explica la escritora Espido Freire" (El Correo, 29-10-2006, Gerardo Elorriaga).



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